Jude Bellingham
No sé en qué momento decidí que quedarme quieto era peor que arriesgarme.
La gala sigue a mi alrededor como si nada. Música suave. Copas chocando. Risas que no me pertenecen.
Pero yo solo la veo a ella.
Marta.
Está hablando con alguien del equipo de prensa, asintiendo, sonriendo como si no acabara de atravesarme con la mirada hace cinco minutos.
Y Quevedo a su lado.
No la toca demasiado. No necesita hacerlo. Está cerca. Suficiente.
Me digo que respire. Que no vine aquí a montar una escena. Que no soy un crío.
Pero tampoco vine a mirar desde lejos.
Kylian me da un codazo suave.
—Ahí la tienes.
—Ya lo sé.
—Entonces ve ya joder. Alguien nos va a preguntar que cojones hacemos aquí.
Tiene razón.
La pierna me molesta más de lo que aparento. No debería estar tantas horas de pie todavía. Pero el dolor físico ahora mismo es secundario.
Lo que me duele es verla reír con él como si no existiera nada pendiente.
Como si no hubiera preguntas.
Como si no me hubiera mirado hace un rato de esa forma.
Me acuerdo del hospital. Del techo blanco. De pensar que quizá ya era tarde.
Quizá lo es.
Pero no vine para quedarme con la duda.
Camino.
Cada paso parece más largo de lo normal. Más consciente. Más definitivo.
Ella se da cuenta antes de que llegue del todo.
Siempre ha sabido cuándo la estaba mirando.
Se queda quieta un segundo. Quevedo también lo nota. Sus ojos pasan de ella a mí, tranquilos. No desafiantes. Solo atentos.
Me paro a un metro de distancia.
Demasiado cerca para fingir que es casual.
Demasiado lejos para que sea íntimo.
—Hola —digo.
Mi voz suena más baja de lo que esperaba.
Ella tarda un segundo en responder.
—Hola.
Silencio.
No el incómodo. El cargado.
—No sabía que estabas invitado —dice al final.
—No lo estoy —respondo, y es lo más honesto que he dicho en días.
Quevedo mira de uno a otro, midiendo el ambiente. Luego asiente apenas.
—Voy a por algo de beber —dice, sin dramatismo.
Y se aleja.
Eso me sorprende.
Me quedo solo frente a ella.
Más cerca ahora. Puedo ver el brillo en sus ojos, el maquillaje perfecto, el pulso ligeramente acelerado en su cuello.
—Estás... —me detengo. No quiero sonar como un comentario más de alfombra roja—. Estás bien.
No es lo que iba a decir.
