Intangibles

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Aquel día abrió el nuevo restaurante. En un pueblo pequeño, con apenas dos bares y cinco casas, era el único establecimiento de este tipo. Parecía un local normal, con sus mesas de madera, sus sillas y una barra. La cocina era lo suficientemente grande como para que tres personas pudieran cocinar sin cruzarse; sin embargo, tenía una particularidad: no servían comida.

Era como cualquier otro sitio: te sentabas con tu familia o amigos y pedías una ración de "aire" o un poco de "espacio", y te lo traían. No se comía; el lugar servía para pasar el rato charlando hasta que los pequeños se aburriesen. Al terminar, pagabas y te ibas. No era caro; el precio dependía de lo consumido: si pedías un plato de aire y un bol de salud, pagabas 25 euros; si tomabas tres platos, el coste subía a 50 euros. Era uno de los locales más baratos que el pueblo recordaba.

La única pega era que, en el fondo, no se sentía diferente a ningún otro restaurante. A todos nos habría encantado que fuera especial de verdad. Un día, un australiano entró en el local, pero al leer la carta, se marchó. Lo más seguro es que se fuera porque, como nosotros, esperaba algo que realmente fuese distinto.

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