Tú brillas más que ellas.

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En algún momento tenía que enfrentarme a la realidad,
comprender que madurar
conlleva darte más de una hostia contra una pared.
Entender que hay algo más importante que saber qué hacer: cuándo hacerlo.
A distinguir entre lo que merece la pena
y quién se merece la pena.
A darte cuenta de que hay algo peor a que alguien busque excusas,
que las convierta en motivos.
A aprender que las casualidades no son pretexto para algunas acciones.
Eso sí,
por mucho tiempo que pase,
no dejará de ser bonito el saber que hay algunos aviones
que son confundidos con estrellas,
que hay niños esperando en la puerta del colegio con un dibujo de su madre en la mano,
que cualquier edificio necesita un plano para poder especificar dónde están las salidas de emergencia.
Hay personas que también.
Hay corazones que parpadean en mitad del túnel
y que son la salida en caso de urgencia.
Mi abuela era una de ellas,
y hoy,
desde arriba,
ha hecho brillar el sol en una Iruña fría y hasta ahora nublada,
una Pamplona que parecía un túnel sin final.
Me manda señales y me dice:
Mi niña,
puedes con todo,
haz el favor y no llores por nada.
Y acto seguido susurra:
Nena, había un poema...
Y lo recita de memoria.
Abuela,
que si yo no confundo aviones con estrellas
es porque tú brillas ahí arriba mucho más que ellas.

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