Capitulo 3

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Capítulo 3.-la reencarnación aparece


Incluso cuando perdimos a uno de sus hermanos... incluso entonces, nuestro propósito no vaciló. Sabemos que las vidas se entrelazan eternamente, y que algún día los encontraremos a ambos. Nuestra lealtad hacia ellos es eterna, y haremos lo que sea necesario para asegurarnos de que nunca vuelvan a enfrentar la soledad y el sufrimiento que experimentaron en vidas pasadas.

Ella es nuestro tesoro más valioso.
Nuestra pequeña princesa.
Nuestra Rosa eterna.

Así, continuamos nuestro viaje, buscando en cada rincón de este vasto mundo, con la esperanza de que un día, nuestros esfuerzos serán recompensados y volveremos a verla, a sentir su presencia y a cumplir nuestras promesas. Para nosotros, su regreso es más que un deseo, es una certeza arraigada en nuestro ser, una llama que arde en nuestros corazones y nos guía en cada paso que damos.

Y regresar a ella...
es nuestra razón de existir.

Años después

Una niña de unos cinco años corría bajo la luz tenue de la tarde. Era realmente hermosa, con su largo cabello rosado sostenido por un listón negro que contrastaba con su piel pálida. Su vestido de pliegues suaves, en tonos rosas casi idénticos a su cabello, se movía con gracia a cada paso. Pero lo que la volvía única eran sus ojos: cambiaban de color constantemente, como fragmentos de un cielo inquieto.
Sus gestos dulces podían derretir un glaciar, pero su vida estaba lejos de la felicidad que aparentaba.

Su padre, un obrero de alma noble arrastrado por la sombra del alcohol, era la fuente de muchas de sus penas. Ella lo adoraba, lo admiraba incluso, pero su adicción lo hacía olvidar cosas tan básicas como su alimentación. La niña veía cómo aquel hombre que amaba se perdía día tras día, hundido en un abismo que él mismo no sabía cómo evitar.

Y su madre... Su madre era un torbellino de caos. De ella provenían los gritos, los golpes sobre la mesa, los desórdenes y los extraños hombres que desfilaban por la casa sin la menor consideración por la pequeña Seulpeun Hyeonsil. Cada puerta que se abría, cada sombra masculina cruzando el umbral, era una amenaza latente. La inseguridad se volvió parte de la atmósfera diaria de la niña.

Pero a pesar de su corta edad, Seulpeun era mucho más perceptiva de lo que cualquiera supondría. Observaba. Comprendía. Recordaba. Había aprendido a leer las emociones ajenas como si fueran colores en un papel.

Pero volvamos al momento presente. La niña, Seulpeun Hyeonsil, se encontraba en su hogar, en su santuario de escape. Pero no en cualquier rincón de la casa, no. Estaba en su pequeño cuarto, un espacio que ella había convertido en su refugio seguro. Las paredes, adornadas con dibujos y colores alegres, contrastaban con el caos y la oscuridad que reinaban en el resto del hogar.

Esta vez, la puerta estaba cerrada con llave. La niña sabía que lo que ocurría fuera de su santuario no era algo que quisiera enfrentar. Desde su pequeña ventana, observaba con ojos llenos de lágrimas cómo su madre, sin el menor cuidado por la presencia de la niña, traía a otro hombre a casa. Cada risa, cada palabra intercambiada, cada sombra que pasaba frente a su cuarto, eran testigos silenciosos de un mundo que ella entendía más de lo que su corta edad sugería.

Ella sabía lo que venía después.
Y sabía que no quería estar allí cuando sucediera.

Sus sollozos se mezclaron con sus propios susurros temblorosos. Aun así, esta vez su voz se elevó más fuerte que nunca:

—Auxilio... por favor... vengan a ayudarme... Por favor... por favor...

Las palabras desgarradoras salieron de los labios de en un grito desesperado. Su voz temblorosa resonó en las paredes de su pequeño cuarto, cargada de angustia y miedo. Las lágrimas inundaban sus ojos mientras pronunciaba esas palabras, como un llamado a la esperanza en medio de la oscuridad que la rodeaba.

La Historia PerdidaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora