Capitulo III

40 6 4
                                    



La brisa que desprendía la tarde hacía pensar que todo el universo estaba a la expectativa, que todo el mundo había parado sus actividades para presenciar algo mágico, algo fuera de lo normal algo absolutamente rutilante y fastuoso.

Y ahora que lo pienso yo no estaba adecuado para tan magnánimo evento, llevaba una camiseta gris sencilla y unos pantalones de mezclilla de tono claro, los zapatos eran deportivos, también grises y por si se lo pregunta no, no estaba triste solo estaba en un estado de elección en el que me pareció más sensato escoger la ropa más discreta del armario, y es que a decir verdad en ese momento lo último que quería era arriesgar y perder, así que aposté a lo seguro.

Muchos de quienes están siguiendo la historia, dirán que soy un cobarde, que escogí (y que escogeré) la opción más fácil, y que por lo tanto todas mis acciones y posiciones en la historia serán más que predecibles y que la misma se va a tornar algo aburrida y monótona, pero déjeme decirle querido interlocutor, que la vida rara vez es predecible y que nunca habrá una vida cuya gráfica sea toda con la misma concavidad...

Para mi defensa diré que decidí hacerle un comentario agradable sobre su belleza, ya que a pesar de verse como algo demasiado tímido y poco útil, yo en cambio lo veo como algo sutil y delicado, a veces la sutileza es la mejor arma del hombre para proyectar ideas e intenciones...

Recuerdo que pensé mucho durante el almuerzo de ese día, y no precisamente por el tema que iría a explicar, porque lo dominaba perfectamente, sino porque me preguntaba cómo sería la experiencia de estar en esa casa, para empezar me preguntaba, ¿cómo era la casa?

Ella me dio la dirección, era en uno de los barrios más lujosos de la ciudad, y , al menos en la gramática; todo pintaba muy bien, sin embargo hay un detalle en el que repare cuando ella anotó su dirección, y era el hecho que su caligrafía no era lo que pareciese a primera vista o lo que cualquiera presupondría, era una caligrafía alargada, rasgada, escrita de forma rápida, y a decir verdad muy poco entendible, entonces, esa nota se veía muy bien en materia gramatical (un barrio lujoso que daba mucho que esperar) y muy mal en materia caligráfica (me costó trabajo leerlo en una primera inspección).

El almuerzo por consiguiente se hizo eterno, y hablando ya de cosas eternas, quiero hacer mención a que en los días anteriores al encuentro se me había hecho el tiempo tan infinito como para quien con ansia espera al cartero que posee una misiva de su amada que está muy distante

Durante este período, había tratado de imaginar todas las posibles combinaciones del suceso y de las posibles variables al mismo, a veces pasaba por mi mente la posibilidad, que era remota pero no imposible, de que ella cancelase a última hora nuestro encuentro y de paso se cancelaran de forma cruel y definitiva las maquinaciones...

Pero dicha cancelación nunca llegó y a medida que el tiempo iba pasando, de forma lenta, casi tan lenta como la forma de pensar de algunos políticos, los nervios se iban disparando, cada que el tiempo tendía al momento preciso, los nervios aumentaban al infinito y así fue pasando hasta que ya me encontraba en la estación del metro esperando la ruta adecuada, una vez me subí en esta ,me entró un sentimiento típico en los cobardes, el sentimiento de regresar y arrepentirme al último momento, inventar alguna excusa reforzada o simple (a veces funcionan mejor) para justificar el motivo de mi desplante, ahora que lo pienso de haber cedido de ese sentimiento que en ese momento se me presentó tan ruin , tan bajo y tan cobarde que me negué a seguirlo, pero a decir verdad, a la larga de haberlo aceptado, me habría ahorrado una que otra experiencia dolorosa, aunque también hubiera perdido la oportunidad de haber sido feliz y de descubrir muchas cosas, sin embargo de pensar en todo lo que perdí es normal que se arrugue un poco el corazón en el pecho, porque se sabe que son cosas que nunca vas a recuperar, las ilusiones una vez muertas empiezan a hacerle peso a las alas de la felicidad y en un punto el peso será tal que el sujeto en cuestión caerá en el abismo que sobrevuela....

Pero no me arrepiento, pienso que siempre fueron más y mejores los buenos momentos que los malos, y eso deja mucho que decir en las relaciones humanas, ya que a medida que vamos creciendo descubrimos la maldad tan enorme que puede generar el alma humana con tal de satisfacer, muchas veces, el más banal y estúpido de los deseos.

Además decir que me arrepiento sería renegar de ella y de los momentos a su lado, y allí habría un problema, que nadie puede quejarse de ser feliz con alguien por un problema con esa persona, ya que, invariablemente, se gané algo importante y único, algo de igual valor debe ser perdido, además yo no renegaría de ella porque al final ella era perfecta, pero en su mundo, pero en este, en el real, en el cruel, ella estaba perdida o más bien estaba oculta, tras una incógnita, enmascarada bajo sumas de momentos y restas de soledad.

Y todo esto pensé hasta que me vi en frente de su puerta, me armé de valor y toque la puerta como quien llama a la suerte, como lanzar una moneda, sería fatal el sello, pero me sentía tan feliz de solo pensar lo que sucedería si cayera la cara, que el riesgo me pareció de sobre justificado.

El ProblemaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora