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Nunca le di gran importancia a una fiesta. Pensaba: « ¿Qué chiste tiene ir a un lugar lleno de chicos y chicas vomitando, y hormonas rebosando? » Siempre escuchaba a mis amigos hablar sobre quién se ha enrollado con quién: 

-Jeremy se ha enrollado con Leila –decía Lara después de cada fiesta (porque Jeremy no podía enrollarse con otra chicas más que con Leila), con una sonrisa triunfante, como si estuviese orgullosa de los «logros» de su amigo. Luego-: Ya todo el instituto lo sabe. A ella no le importa –añadía cuando yo hacía mi mueca de reproche.

Nunca faltaban los rumores sobre quién había hecho el ridículo en estado de ebriedad, que, en su mayoría, protagonizaba Abby. Y así, de párrafo en párrafo, lo que sucedía en las fiestas, dejaba de ser un secreto para ser el escándalo semanal. Y se atreven a preguntarme por qué odio las fiestas.

Yo los sábados tengo cosas que hacer. Comer frituras en el sillón mientras veo the nanny (como por séptima vez) con mi familia es suficiente diversión para mí.
Ahora llevo un par de horas despierto, mirando el cielo desde la ventana, acostado en mi cama y con una sonrisa que, estoy seguro, me hace parecer un grandísimo idiota. Ah, y con ganas de ir a esa fiesta –cabe destacar.

Mi habitación huele a pie recién horneado de manzana. Algo común los sábados por la mañana. Mamá se desenvuelve muy bien en la cocina, pero solo lo demuestra los fines de semana y en días festivos. Inhalo el dulce aroma del pie, mi pecho se expande y retengo el dulce olor, luego suelto el aire. Suculento.

-¡Logan, mamá quieres que bajes a desayunar! –escucho los gritos de Molly a través de la puerta.

-¡Hoy es sábado, puedo levantarme a la hora que se me dé la gana! –le grito, para que hasta mamá escuche mi disgusto.

-Yo solo cumplo con decirte –no hace falta verle para saber que se ha encogido de hombros sin darle importancia al asunto y se ha marchado. Cosas típicas de Molly.

Pongo los ojos en blanco y entro al baño. Me doy una corta ducha y, cuando bajo a la cocina, mi familia ya está sentada en la mesa.

-Buenos días –digo para todos, luego tomo asiento al lado de Molly.

-Buenos días –dicen papá y mamá al mismo tiempo. Molly, también, pero con los cachetes inflados de tanto pie, por lo que suena todo distorsionado y unas cuantas migajas salen disparadas en dirección a la mesa. Tiene suerte de que mamá no la esté viendo en este momento.

-¿Más café? –le pegunta mamá a papá. Ella está frente a la estufa revolviendo no-sé-qué-cosa.

Papá asiente con la cabeza, ahora su boca también está atiborrada de pie, y entonces entiendo de quién lo heredó Molly. Los fines de semana son los únicos días en los que tenemos papá de tiempo completo, sin tabletas, sin laptops, y sin celular. Solo él.

Mi madre se gira y pone sobre la mesa un plato con pan tostado, huevos y beicon, luego le sirve un poco de café a papá. Yo tomo el plato con pan tostado porque sé que es para mí, y me dispongo a comer mientras papá me sirve jugo de naranja.

No es como si fuese la primera fiesta de mi vida, pero sí la primera en mucho tiempo. La última fiesta a la que fui fue en primero de preparatoria; mi hermana dijo:

-No tienes que ir a todas las fiestas, pero sí a esta. Velo como una táctica para asegurar amigos –dijo cuándo, por mi mirada, se percató de que aún no me convencía-, ¿o quieres ser un marginado por el resto de tu vida y que todos te recuerden como «Logan, el chico sin amigos»?

Con eso me convención totalmente. Pero también recuerdo a mis padres, y el alboroto que armaron en aquel entonces. El sueño frustrado de mamá es que salga de casa con mis amigos hasta el fin del mundo si eso es posible. Pero nunca estoy de humor para el alboroto que suelen armar, bueno, que mamá suele armar. Así que, al final los factores que afectan mis salidas a fiestas son: mis padres (mamá, para ser exacto), y que prefiero estar echado en el sofá viendo maratones de series de los noventa con mi familia.

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⏰ Última actualización: Jul 20, 2017 ⏰

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