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Las clases con el profesor Arthur, de psicología, nunca han sido la gran cosa.
Me he pasado dos horas mirando el techo con un tic nervioso en mis dedos; Dallas se ha dado cuenta, pero no se anima a preguntar, cosa que agradezco infinitamente.

En mis años como estudiante del Weslly High nunca había estado tan nervioso por algo. Imaginaba de lejos cómo sería estar en los zapatos de las personas a las que, de rumor en rumor, han destruido, y, para evitarlo, para que nunca me llegase a pasar, para nunca estar realmente en sus zapatos, me mantuve al margen de las cosas que creí afectarían mi reputación, esto incluye chicas y fiestas con alcohol.

Ya sé, ya sé que un simple like no arruinará mi vida, me lo he estado repitiendo toda la maldita noche, después de que mamá decidiera entregarme el celular y después de haber borrado el like; pero no podía evitar darme de golpes en la frente de solo pensar en la posibilidad de que él ya haya visto el like.

Quizás sí.

Quizás no.

He tratado de no exagerar tanto lo sucedido, ¡pero fue en una de sus fotos más viejas! Y nunca he hablando con él. También cabe la posibilidad de que ni sepa quién soy, y es lo que ayuda a que mi ansiedad, que está en sus niveles máximos, se disminuya en un cinco por ciento; es decir, nada.

La vergüenza está acabando con mi estabilidad mental, y ya no me quedan uñas a las que masticar.

Por ahora estoy tranquilo -dentro de lo que cabe-, y es un alivio que Killian sea un año mayor que yo, de lo contrario no sabría dónde meter la cabeza. Fuera del salón de clases todo se volvía una persecución mental, sí, mental, porque sé que todo está en mi cabeza. Cualquier rincón del Weslly me parecía lugar perfecto para pasar el tiempo libre con el fin de no encontrarme de frente con Killian.

Lara está sentada detrás de mí, y ella, a diferencia de Dallas, no puede retener sus impulsos de detective metiche.

-¿Qué te traes entre manos? Te noto extraño.

Si Lara centrara su interés en saberlo todo en sus estudios sería un prodigio y tendría una bacante en la NASA. Seguro que sí.

-¿Qué quieres decir con raro? –le pregunto, sin volverme a mirarla, y me percato de que Dallas pone los ojos en blanco.

-Desde que llegaste te has estado escabullen...

Me vuelvo hacía ella y planto mi dedo en sus labios. Ella se pasma y abre los ojos con asombro.

-Estamos en clases, Lara, luego hablamos –intento que mi tono de voz suene amable.

Por sorprendente que parezca, Lara se incorpora en su asiento con los brazos sobre el pecho y el ceño fruncido, y me deja la vida en paz por el resto de la clase. Diez minutos después escucho el timbre hacer eco en el aula de clases, y apenas oírlo un nudo se sube a la boca de mi estómago. Mis compañeros de estudios no pierden tiempo en recoger sus cosas y marcharse, incluyendo mis «amigos». Yo guardo mis cosas sin levantarme de mi asiento, y no me muevo hasta que me percato de que Dallas sigue en la puerta, esperándome, al parecer.

-¿No vendrás a comer? –me pregunta.

Yo miro de reojo al profesor que ahora nos mira por encima de sus anteojos, con cara de palo. Luego carraspea y Dallas se vuelve a verlo.

-¿Quieren espacio para que puedan tener su ostentosa conversación?

Luego de eso salimos del aula.

Yo muero de hambre, y me creo capaz de matar a quién sea necesario para comer una de las hamburguesas de Marta; pero la cafetería es ese lugar a dónde todos los estudiantes se reúnen a comer y a hablar babosadas, y eso incluye a Killian.
No iré a la cafetería, no me sentaré en una mesa y me rehúso a explicarles a Lara o Jeremy la razón por la que no me atrevo a comer hoy en la cafetería. Decirles la razón sería ponerme la soga al cuello, o posiblemente me digan: «Es solo un jodido like, Logan, no le has pedido matrimonio y él te ha rechazado»

Malas lenguasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora