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      -¡No quiero! –lloriquea Dallas con los brazo enganchados al pilar más cercano del campo de fútbol-. Odio hacer ejercicio, Logan.
Agarro el cuello de su camisa y lo arrastro hasta el centro del campo, donde el entrenador Gregory da una charla sobre la importancia del calentamiento, charla que, cabe destacar, ya había dado unas siete veces.

      -Logan, Logan –susurra Dallas, su voz suena lastimera, como si estuviese en su lecho de muerte-. Déjame ir, juro que no te echaré la soga al cuello, si caigo, caigo solo, pero déjame ir.

      -Nada de eso –niego con la cabeza y lo pongo frente al entrenador.

Hoy se cumple la primera semana de Dallas en el Weslly, y para él no hay peor forma de celebrarlo que con educación física. Sacarlo de la escondite dónde se había metido fue todo un proceso, largo y tedioso, además. Era como llevar a un niño al doctor para que este le ponga una inyección. Sin embargo, aquí está, frente al entrenado, y con cara de querer estrangularme.
Con Dallas la confianza había  casi inmediata. Él es muy sociable, por lo que hacer amigos no se le dificulta para nada. Y es increíblemente cool.

      -Pensé que éramos amigos –susurra en mi oído-. Me has traicionado.

      -Te he ayudado –digo-. El  entrenador es muy jodido con las asistencias; no tienes ni idea de lo que les pasa a los que huyen de sus clases. Créeme, una vez lo intenté, y sufrí las consecuencias.

El entrenador hace sonar el silbato para luego dar palmadas al aire.

      -¡Mark, al frente con el calentamiento! –grita el entrenador-. ¡Cada quien busque a su pareja!

Mark, obedeciendo las órdenes del entrenador, camina al frente y da inicio al calentamiento. Dallas se coloca en frente de mí con el ceño fruncido, y empieza a mover su cabeza en forma circular, de la misma forma en que lo hace Mark.

      -No vas a morir por calentar un poco tu cuerpo –muevo la cabeza de arriba abajo, como si asintiese.

      -Créeme cuando te digo que tengo mejores formar de –hizo dos pares de comillas con sus dedos- «calentar» que esta.

Yo río ante su comentario. Y pienso en Killian, y en su manía de poner todas sus palabras en doble sentido. Sonrío aún más.
En realidad, me he pasado toda la mañana sonriendo. En la ducha, el desayuno, solo, y hasta acompañado. Me pregunto que pensarán las personas cuando me ven sonreír como idiota.

Cuando Mark ordena estiramiento de piernas yo me echo a suelo y estiro mi pierna derecha. Dallas la toma y, con una mano en mi rodilla y la otra en mi píe empieza a estirar e inclinar hacia el frente. Repetimos esto quince veces con las dos piernas.

      -¿Dónde está tu cara de dolor? –pregunta Dallas tendiéndose en la grama artificial.

      -A mí no me llaman Dallas –bromeo.

      -Tú siempre tan graci... –su frase es interrumpida por un gruñido de dolor que sale de su boca y distorsiona su rostro en una mueca cuando (más por maldad que sin querer) le doy un estirón en la pierna-. Eres un hijo de... -otro estirón, otro aullido-. ¡Mierda, Logan!

      -Lo siento –sonrío con inocencia.

Dallas cambia de pierna e iniciamos de nuevo con la serie de quince.

De reojo veo a un grupo de chicos salir del edificio. Entre ellos esta Killian, dándose pequeños golpes a modo de juego con uno de sus amigos. Estos ríen mientras caminan. Yo veo sus bocas moverse cuando hablan, pero no llego a escuchar lo que dicen. Killian lleva su mochila en un solo hombro y sostiene un par de libretas es su brazo.
Pasan por un costado del campo, cerca de las gradas y Killian me ve, sonríe, y me guiña un ojo. Yo sostengo la pierna de Dallas mientras lo veo pasar de largo con sus amigos y rascar la parte trasera de su negro cabello. Fue como una de esas escenas de película donde el chico que te gusta camina frente a ti en cámara lenta mientras sonríe. Osea, no trato de decir que Killian me gusta... Lo que digo es que me recordó a una de esas escenas.

Malas lenguasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora