Jamás había sido participe de algo más hermoso. Libre de toda preocupación, vagaba por aquella pradera infinita. No sabía cómo había ido a parar allí, pero simplemente se limitaba a existir. Los días y las noches pasaban sin más, y solo lo acompañaban los astros. No almacenaba recuerdos, de nada le servían; ya que la cotidianidad transcurría con una monotonía agobiante, pulcra, demasiado perfecta. No recordaba haber visto pastos más verdes, animales más vivos, colores más vibrantes y noches mas estrelladas.
Pero estas últimas eran las que más llamaban su atención. Podía pasar noches enteras observando a un único cuerpo celeste. Lo estudiaba, conocía su trayecto, su destello, hasta su historia. Lo amaba. Pero no solo lo amaba si no que amaba lo que hacía. Anhelaba su cercanía, su contacto. Lo sentía vivo y lo quería cerca. Deseaba tener a alguien con quien compartir todo aquello que trae consigo la vida. Ponía todo su empeño en comunicarse, en relacionarse. Pero del otro lado solo un destello frío y lejano era enviado como respuesta. Aún así no se desanimaba, y seguía luchando por encontrar esa conexión, por llenar ese frío vacío interior.
Una vez, en un ataque de desesperación de esos que solo les suceden a los afligidos, se acercó al borde de aquel lugar, sin pensar en nada mas que en su vacío. Y miró fijamente a aquella estrella que tanto le gustaba, dueña de sus pensamientos. Sin pensarlo mucho, como en un deseo vano y egoísta de apropiarse, estiró su mano. Jamás hubiese previsto lo que sucedió. Como en un milagro supeditado a su amor irracional, la realidad se desdobló, y su mano toco los plateados y cristalinos hilos de la estrella. Aferrándose a su causa perdida tiró con todas las fuerzas de las que era capaz hacia sí. Pronto, la luz de aquel cuerpo ancestral se descosió en un estallido de chispas mientras él tiraba hacia sí en un frenesí irracional. La estrella se deshilachó.
Así comenzó su profesión. Todas las noches se acercaba al borde y, estirando la mano, deshilachaba una estrella. Fue guardando todos los hilos; algunos más brillantes otros más apagados, algunos largos y otros cortos. Todos los almacenaba en su bolsa de arpillera. Hasta que una noche, con todos ellos armó una cuerda muy extensa. La aseguró, y la arrojó por el borde; lentamente y bien aferrado, fue bajando hacia la oscuridad.Jamás volví a ver a aquel deshilador de estrellas.
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