Gélida, gris, apagada; así describiría cualquiera a Enriqueta, la señora del octavo. Su cansada y demacrada expresión denotaba años de sufrimiento y cansancio. Se comentaba en el edificio que hacia más de treinta años que no salía ni a la vereda. Su único contacto con el mundo exterior era a través de su sobrino Miguel, un muchacho bueno y amoroso que la cuidaba y se preocupaba por ella.
Pero Enriqueta no siempre fue así, no señor. Antes ella era feliz. Su marido, Roberto, era el hombre de sus sueños. Hacían todo junto, desde sus trabajos y mandados hasta sus tiempos de ocio. Jamás se separaban. Incluso trabajaban juntos, él como jefe en una fábrica dep bolsas de plástico y ella como su secretaria.
Pero la felicidad no dura para siempre. Llegó el día en que Roberto cayó gravemente enfermo, sin nada que se pudiera hacer para curarlo. Durante los tres meses de agonía que paso en el hospital, la señora del octavo lo acompañó a cada minuto; aferrada a su mano, sin dejar de rezar por un momento.
Pero finalmente, su marido encontró su muerte.
Después de eso la ilustre dama, tan alegre como era, se reprimió en su pena encerrándose en si misma y en una burbuja de fantasías en la que ya nada pudiera dañarla. Cada vez salía menos. A menudo pasaba meses dentro de su habitación, leyendo el diario con los anteojos y la ropa de su marido; encerrada en una cíclica melancolía de la que no podría escapar nunca. La pobre se estaba volviendo loca, loca de tristeza y falta de amor.
Hoy, Enriqueta se ha quitado la vida, dejando sólo una taza de café y una servilleta manchada con tuco con las palabras "te encontraré Roberto" escritas con una pluma de caligrafía. En algún momento fue feliz. Pero gélida, gris y apagada; así describiría cualquiera a Enriqueta, la señora del octavo.
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