CAPITULO 2: "... ¿O acaso era soledad?"

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El muchacho había salido en pos de comprar ciertos artículos que a la pequeña familia le hacían falta, artículos básicos. Claro que su verdadera intención era comprar más hojas blancas que ya le hacían falta para continuar su relato, pues se había acabado las últimas, al ver que no valía tanto la pena dejar la comodidad de su cuarto por un simple paquete de hojas, se ofreció a traer lo que a la madre le faltara. La leche que había olvidado antes, por ejemplo.

Así lo hizo, dejó la casa y se dirigió a la tienda, que, en realidad, no quedaba tan lejos de donde vivía, solo eran 4 cuadras de camino, al menos así él lo recordaba.

La madre entró al cuarto del chico, no solía hacer tal cosa más que cuando se disponía a ayudarlo a acomodar su ropa, lo cual sucedía una vez al mes, más o menos. No había ropa que acomodar esta vez, ropa limpia no al menos, solo ropa sucia que yacía tanto en las esquinas del cuarto como en el ya repleto bote.

— Qué asco. — pensaba la madre al ver tal desastre. Aun así, no estaba ahí para limpiar el desorden tampoco, si había algo que la trajo ahí ese día en específico había sido las ganas que tenía la mujer por saber que clases de cosas se había dedicado su hijo a hacer durante este tiempo. Eso ciertamente podría interpretarse como allanamiento de la privacidad del muchacho, pero no importaba cuando se trataba del bienestar emocional del mismo.

Y así pues, buscó en todo el cuarto, que parecía más un centro de batalla que un dormitorio, por algo inusual, algo que le indicara que su hijo estaba en problemas, o algo así.

Su búsqueda estaba por finalizar, o así lo creía ella, no había nada fuera de lo normal en el cuarto además del desorden. Volteó la mirada por simple reflejo (intuición maternal lo llamaría ella más adelante) y encontró algo, una hoja doblada. La mujer se dispuso a desdoblar la hoja.

"La llave está dentro del portarretrato".

La mujer al leer esto hizo caso inmediato y revisó el portarretrato. No se preguntó porque habría tal nota esperando a ser encontrada, pues sabía que su hijo era bastante olvidadizo, y seguramente él mismo la habría puesto ahí para no olvidar lo que sea que estuviese escondiendo. Se detuvo un instante a apreciar la foto dentro de este. Era una foto de su hijo con Elizabeth, sonreían, ambos, como definitivamente no podrían hacerlo ahora. Sostenían un gato.

— ¿Será el mismo gato? — dijo para sí misma la mujer, mientras su mente recordaba el día en que Elizabeth le regaló un gato a su hijo, naturalmente, había sido un regalo ideal, pues él amaba los gatos, y, amaba a Elizabeth, en un modo que ninguno de los tres entendía (sí, así es, la madre admitía no entender eso tampoco). Había sido hace ya unos meses. Quizá 9. Quizá menos, o más, la mujer no estaba segura de eso.

Después de sentirse mal por ver a su hijo en la foto y notar lo feliz que era antes, abrió el portarretratos y encontró una llave, tal como la hoja doblada decía.

En ningún momento se preguntó a donde pertenecía la llave, pues sabía perfectamente que es lo que abría. Conocía a su hijo tan bien, y aun así no sabía qué clase de cosas estaban pasando por la mente del muchacho. Ciertamente era doloroso para la mujer de ya más de 50 años.

Se dirigió a la caja fuerte que el muchacho guardaba en su armario, se detuvo a pensar si hacía lo correcto. — claro que es lo correcto. — pensó. Tomo la caja con ambas manos, la puso en la cama, no sin antes hacer a un lado la ropa que el chico había dejado sobre ella y la abrió. Se preguntó qué clase de cosas podía haber adentro, ¿drogas?, descartó esa posibilidad casi de inmediato, su hijo no era un drogadicto. Un manuscrito. Eso era el contenido de la caja, pero no cualquier manuscrito, el chico amaba escribir, y lo hacía bastante bien, pero la madre sabía que el resto de sus manuscritos no los escondía, si no que los guardaba en carpetas sobre su escritorio. Eso significaba que lo que tenía la caja era especial.

MelancolíaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora