》CAPÍTULO II: NO HAY QUE TEMER《

1K 101 65
                                    

Wirt estaba en clases, dentro de su escuela. El salón estaba completamente sumergido en la explicación de la maestra, pero él no podía concentrarse en nada. Solo podía pensar en llegar a casa, ignorar cualquier anormalidad a su alrededor y jugar con Mocca.

Las palabras de la maestra eran lo único audible dentro del salón, aparentemente la clase o era muy interesante o demasiado aburrida, ya que por lo general siempre había caos con niños hablando, gritando o lanzando cosas por toda el aula.

Wirt apoyó su cabeza sobre una de sus manos, estaba sentado junto a una gran ventana a su derecha, casi de último en su fila, y a él le gustaba estar allí. Podía ver el clima muy nublado, las nubes grises opacaban por completo los rayos del sol y la brisa mecía con suavidad algunos árboles que estaban en el patio del colegio.

"Una serena brisa refrescaba mis memorias" recitaba Wirt en su mente "memorias que me pertenecían, memorias que no compartiría".

Se comenzó a sentir bastante a gusto con respecto le iba dando forma a ese pensamiento abstracto. En su cabeza se escuchaba increíble ¡Y vaya que lo era! A pesar de ser tan joven se estaba comenzando a interesar por el mundo de la poesía, pues era la única manera de recitar sus sentimientos al mundo de una forma artística, así evitando sentirse juzgado, incomprendido.

Mientras la idea continuaba surgiendo en su cabeza, sacó un cuaderno de su mochila roja, la cual estaba a un costado del pupitre. Comenzó a plasmar las ideas en una de las últimas páginas. No era la única idea que tenía anotada allí, claro que no. Habían muchos otros poemas que se le habían ocurrido durante las clases que anotaba en su libreta especial (en total desorden).

El lápiz en su mano escribía hermosas letras, a Wirt le gustaba cuidar de su caligrafía, de igual forma comenzó a sonreír, no podía creer que aquello que estaba haciendo se sentía tan bien, tan relajante. Estaba gozando del momento, allí, donde solo eran él, el papel y sus ideas.

Pero simplemente no podía ser feliz, no podía quedarse escribiendo, tranquilo, sin que nadie le molestase. Oh no, siempre había algo que lo perturbaba, todo lo que le gustaba siempre terminaba perjudicándole.

— ¿Señor Wirt?— Preguntó su maestra, acercándose al pupitre del pequeño poeta. Aquella señora tenía siempre una mirada de amargura y agotamiento. A pesar de ser muy joven, ya le estaban comenzando a salir canas en su azabache cuero cabelludo. Wirt se tensó y cerró de golpe el cuaderno, gracias a su torpeza el lápiz cayó al suelo, a los pies de su profesora.

Wirt intentó inclinarse para recuperar el lápiz, pero la mirada fija y completamente carente de emociones de su profesora le congelaron en el acto. Con nerviosismo, alzó su cabeza, dedicándole la mejor sonrisa que su rostro pudo ofrecer a la docente— ¿S-sí, señora Kelley?

La señora Kelley carraspeó, visiblemente irritada— Te pregunté por tu opinión sobre la clase de hoy.

Wirt abrió los ojos de par en par, sintiendo en su pecho su corazón detenerse por varios segundos ¡No sabía nada de nada! ¡No había prestado atención en lo más mínimo sobre lo que esa vieja estaba parloteando en el frente de todo el salón! Rezando y tratando de atinar mediante la suerte y un vago intento de dar lástima, contestó— N-no sé qu-qué decirle, profesora, a-a m-mí no me va bi-bien en las matemáticas.

— Eso es más que obvio, señor Wirt, y no se lo cuestiono, pero estamos en biologia.

Toda la clase rió en el fondo, y Wirt solo quiso morirse allí mismo, que la tierra lo tragase o que el techo se cayera sobre él. Sus mejillas estaban teñidas de un brillante carmesí y sentía muy próximas las ganas de comenzar a sollozar, la angustia le comía lentamente por dentro y no se vio capaz de contestarle a la maestra. Muchos otros niños del salón hacían chistes al respecto en voz alta, totalmente audible para los demás, quienes volvieron a estallar en carcajadas.

En el Corazón de una BestiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora