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CAPÍTULO TRES: LA SOLUCIÓN
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Me extendió un sobre con forma de corazón y calcomanías rosas. Era el día de San Valentín y nos encontrábamos fuera, en el jardín trasero.
—Harumi-chan... —comencé.
—Por favor, acepte mis sentimientos —me susurró apresuradamente con ojos brillantes de ilusión.
Suspiré dejando salir el dióxido de carbono con lentitud.
Conocía a Harumi desde que era una niña y tenía conocimientos de sus sentimientos hacia mí, pero había tenido la ilusión de que nunca tuviera el valor de declarárseme.
Era mi amiga y la adoraba, pero era como una pequeña hermana.
—No tiene que contestar ahora —removió su pie con timidez y luego me miró con alegría—, puedo esperar. Esperaré por usted.
Quise negar, quise decirle que no se hiciera ilusiones, que nada pasaría entre nosotros, pero no pude. Quizás por el leve sonrojo en sus pequeñas mejillas, o su temblor cada vez que me observaba a los ojos, quizás porque no quería herirla.
Sicheng apareció en mi rango de visión, acompañado por su nuevo amor juvenil y verlo tan feliz me provocó un dolor inexplicable.
Su mirada se elevó y se conectó con la mía por unos segundos, luego me sonrió.
Aparté la mirada y tragué con dificultad.
Un suave toque en mi hombro me devolvió a la realidad.
—Por favor, piénselo —Harumi me habló nuevamente con esa melodiosa voz que solía portar.
Asentí.
—Lo haré, Harumi-chan —le sonreí lentamente y tomando el sobre de sus manos, me retiré.
Horas después me encontré en mi escritorio con la carta en mi vista.
No quería enfrentarme a aquellas palabras, pero por otro lado, sentía que lo necesitaba.
Las palabras de Harumi me hicieron sonreír, ella era tan dulce y cuidadosa que me encontré encantado al no sentir que sus sentimientos hacia mí eran una carga.
La puerta de mi habitación se abrió y atrás de eso se oyó una combinación de ruidos.
Deposité mis lentes en el escritorio y me levanté.
— ¿Qué están haciendo? —fruncí el ceño.
— ¡No quiere prestarme su colección de autos de carrera! —gritó el rubio menor.
— ¡Eres sucio, vas a mancharlos! —devolvió el mayor.
Rodé los ojos.
— ¡No es cierto! —lloriqueó.
—Sí lo es —le sacó la lengua, burlándose de él.
Los mellisos continuaron peleando y mi cabeza comenzó a doler.
—Suficiente —hablé con un tono autoritario que los calló al instante —,   Renjun, préstale tus juguetes a tu hermano.
El mayor se cruzó de brazos, enfurruñado.
—Pero, onisan... —sus ojos se cristalizaron.
—Sé un buen niño, anda —comencé a echarlos del cuarto —, y tú, Chenle, lávate las manos —decreté antes de cerrar mi puerta.
Adoptamos a Renjun y Chenle cuando aún eran bebés. Sus cuidadores solían decirnos que incluso antes de aprender a gatear, habían aprendido a tomarse de la mano, como si no quisieran alejarse. Como si pensaran que pronto serían separados.
Tenía diez años cuando me anunciaron que sería hermano mayor y me encontré feliz de aquella noticia; por supuesto que poco tiempo después me arrepentí de la temprana alegría, aquellos mellizos eran una bola de mal olor, molestias y llantos continuos. Pero a pesar de todo, los adoraba con mi vida entera y aunque quisiera matarlos la mayor parte del tiempo, estaba seguro que daría todo por ellos.
Mis pensamientos fueron interrumpidos cuando la puerta fue nuevamente abierta.
— ¡Yuta! Te vi con Harumi, además, todos están diciendo que se te declaró, ¿es cierto? —comenzó a hablar eufóricamente como acostumbraba a hacer.
Asentí sin mucho que agregar.
— ¿Piensas aceptarla? Harían linda pareja, sabes, y cuando yo me declare a Yuki-chan, podríamos salir todos, ¿no?
Me dolió ver lo fácil que salió aquello de sus labios.
Sicheng husmeó en mi escritorio y descubrió la carta.
Se acercó a tomarla y cuando la rozó, parecí salir del trance.
Tomé su muñeca con firmeza y lo aparté.
—No.
Sicheng pareció sorprendido, en todos nuestros años de amistad, jamás le había dicho que no a algo.
En cierto punto, me gustó haber podido enfrentarme a él.
Estaba acostumbrado a dejar que Sicheng hiciera lo que quisiera conmigo y ya no estaba de ánimo para que eso sucediera. Necesitaba cuidarme un poco, necesitaba alejarme de él.
Se recuperó de su asombro e intentó sonreír, pero pude notar que aquello le había dolido.
—Yo... lo siento, no quise molestarte.
Frotó sus manos con arrepentimiento y aunque quise gritarle que jamás me molestaría, no lo hice. Dejé que lo pensara. Y me odié un poco.
Necesitaba ser feliz, dejar de sufrir por alguien que nunca me querría como yo lo hacía.
Necesitaba dejarlo ir.
La mañana siguiente a eso, me sorprendí al ver a Harumi frente a mi casillero.
Tenía divido el cabello en dos trenzas y cintas de colores caían en su espalda. De su hombro colgaba el portafolio habitual de estudios y en sus manos descansaba un recipiente envuelto delicadamente.
— ¿Harumi-chan?
La susodicha se giró rápidamente y me sonrió con alegría.
—Yuta-san —comentó—, ayer en clase de cocina me enseñaron a hornear galletas y quise darle algunas —me extendió el paquete y sonreí.
Lo tomé con delicadeza y me incliné un poco.
Harumi comenzó a caminar y entonces pensé que quizás era tiempo de avanzar. De intentar darle un respiro a mi ya bastante dañado corazón.
— ¿Quieres comer conmigo? —la pelinegra se halló un poco sorprendida, pero luego asintió rápidamente.
Esa tarde, fui un poco feliz. No recordé a Sicheng y su sonrisa. Ni a Sicheng y su próxima novia. No recordé a Sicheng... y creo que por eso fui un poco feliz.

Star blossom↝ yuwinHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora