El tronco hueco y carcomido

1 0 0
                                    

–5 años sin ver estas fotos. ¿Por qué justo me pongo a revisar estas, precisamente estas? Hoy amanecí en "modo masoquista" –se reprocha Larissa entre risas mientras continúa pasando una a una las fotos de esa tarde.

Llegar a la raíz de todo, entender lo que pasaba, buscar razones y otras visiones de las cosas, siempre había sido una obsesión para ella desde pequeñita, y conseguir de nuevo la foto del por qué un árbol tan hermosos como ese Araguaney había sido cortado le restrujó el alma.

–Definitivamente, hoy estoy en "modo sufrimiento". Mamá tu odiabas cuando me ponía así de dramática, me decías que parecía Lupita Ferrer.

La foto mostraba un polvo blanco que fue carcomiendo al árbol por dentro. Sin que nadie se percatara de lo que estaba ocurriendo, lo fue debilitando y destruyendo en silencio. Seguía viéndose hermoso por fuera, pero estaba muerto por dentro.

–Para esos males, mejor hay que cortar el problema desde la raíz –reflexionó en voz alta Larissa.

Para el momento de las fotos de esa tarde que marcó su vida, ya se había hecho muy obvia la diferencia entre los dos tipos de habitantes de la ciudad, una situación que todos veían y callaban. Unos pocos eran muy ricos, con camionetas blindadas, escoltas con armas que iban abriendo paso en el tráfico; recién vestidos de millonarios que se reunían en los restaurantes más caros, para beber y comer sin ningún límite, como en las grandes bacanales del imperio romano. Y por otro lado, muchos muy pobres que luchaban todos los días para sobrevivir con la miseria que le daba la vida.

Una tarde de regreso a casa del trabajo, Larissa encontró a una familia: papá, mamá y dos niños, el varoncito de unos 8 años y la niña de máximo 6. Estaban sentados al lado de las bolsas de basura que reunían los edificios en la acera para que el aseo urbano los recogiera. Como en un picinic, habían dispuesto sobre el piso una tela de color azul, un poco rota pero bien estirada. La niña tenía en sus piernas una muñeca a la que le faltaban los brazos y el niño brincaba a su alrededor con dos trozos de madera amarrados en cruz que simulaban un avión. El papá urgaba en la basura y le pasaba a la mamá lo que iba consiguiendo. Ella lo miraba, lo olía, lo limpiaba, y luego se lo ofrecía a sus hijos.

Larissa quedó petrificada: "Parece una escena de la película La vida es bella", pensó con un profundo dolor en el alma. Sacó su cámara y se acercó a ellos.

–Disculpen por interrumpir, les importaría si le tomo unas fotos a sus hijos, son muy bellos y tienen unos ojos tan lindos que...

La sonrisa de la mamá, orgullosa de que le dijeran esas cosas sobre sus hijos hizo que Larissa callara y no supiera qué más decir.

–Claro, pero después me regala algunas de esas fotos– dijo con ojos expresivos y llenos de amor la señora.

Click, click, click, click. Los niños posaron de una forma tan natural que pareciera que estaban acostumbrados a las cámaras. Sonrían y jugaban con tal inocencia que Larissa tuvo que hacer un esfuerzo por contener sus lágrimas. De pronto una de esas camionetas último modelo pasó a toda velocidad sobre un charco que estaba muy cerca y salpicó de agua putrefacta la escena.

–¡Qué impotencia! ¡Qué rabia la indolencia de la gente! –explotó Larissa llena de ira mientras la familia aceptaba con valiente resignación su realidad.

Al regresar a casa, al fin Larissa pudo llorar "a moco tendido"–¡Ay mamá, cómo me haces falta! Si hubieras visto lo que yo ví, qué dolor! ¿Cómo se arregla eso?

Y no me digas que ando en modo lupita, hoy no estoy de humor para eso.

–¡Qué día tan duro fue ese! Recuerda Larissa hoy desde su tranquilo escritorio con vista al infinito azul del mar– Perdón, ¡qué días tan duros fueron esos!

Un click para la eternidadWhere stories live. Discover now