El Ataque

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Planeta Tierra, año 3014

El sol abrasaba su piel quemada, tostada bajo los rayos húmedos de la playa, las olas se sacudían más allá del perímetro seguro que había colocado el gobierno, mientras más se acercaba a la costa más se disminuía su inmensidad.

Colin volteó hacia atrás, vio los ojos negros y secos de su esposa, Linda, su cabello castaño meciéndose contra los postes de la pérgola del patio de su casa en la costa. Luego vio a su hijita, la pequeña Claire.

Se levantó del suelo y se sacudió la arena que se le metía en los calzoncillos, se sacudió el cabello negro y se dirigió a su esposa, la besó en la mejilla y le dio un beso en la frente a su hijita.

Se recostó contra uno de los postes de la pérgola y miró hacia el mar. Las olas celestes y espumosas lo llamaban, el sol naciente le pedía a gritos que se sumergiese en él, las nubes lloraban tenuemente una brisa matinal que despertaba a todos en la costa.

Entonces vio un estallido en el mar.

Una ola rápida y fugaz se alzó por sobre el perímetro y lo hizo pedazos, volteó a ver a Linda, pero ella no estaba, sólo quedaba Claire, llorando, chillando.

— ¡Corre! ¡Corre! — Dijo Colin.

Levantó a Claire contra su pecho y salieron corriendo, atravesaron la pérgola sin ningún esfuerzo, llegaron dentro de la casa y taparon las ventanas que daban a la costa con la mesa del comedor.

— ¿Qué pasa, papi? — Preguntó Claire, asustada.

— No lo sé — respondió él.

Otro estallido rojo sangre cayó más cerca de la costa y tiró la mesa del comedor sobre los sillones de la sala de estar, las ventanas se partieron y una segunda ola se levantó embravecida.

— ¡Al auto! — Escuchó Colin la voz de Linda detrás de él — ¡Rápido!

Colin salió corriendo con Claire en sus brazos, Linda estaba sobre el aeroauto peleando con las llaves y con el control de seguridad que solicitaba los cinturones y los cascos de ser necesario.

— ¡No me vengas con eso, maldición! — Le gritó Linda al aeroauto.

Colin se subió como copiloto y aseguró a Claire en los sillones traseros, le colocó dos cinturones de seguridad y le dijo que se cubriera lo más que podía. Linda logró encenderlo y salieron volando de la costa.

Un tercer estallido más contundente cayó sobre su casa y el techo voló por los aires antes de caer en el mar, las olas se pasaron llevando la pérgola y Colin vio las decenas de naves teñidas de rojo sangre volando en el aire, a miles de kilómetros de altura.

— ¿Q-qué? ¿Q-qué pasa? — Linda dijo, asustada, titubeando.

— Nos atacan... los marcianos nos atacan, Linda — le respondió Colin a su esposa, escéptico. No sabía que más responder.

Las naves empezaron a descender. Vio los faroles y los falos rojos que apuntaban hacia la costa, hacia las casas y toda la vida terrestre.

— ¡Corre! — Gritó Colin.

Dispararon.

Las naves lanzaron cientos de láseres y volutas rojas y anaranjadizas que chocaban contra el suelo y levantaban las casas, destruían cualquier tipo de vida, incluso gérmenes y bacterias diminutas. Entonces vio que las naves descendieron sobre las ruinas y los restos y se quedaron estáticas ahí, en su lugar.

— ¿A dónde? — Preguntó Linda.

— Llamaré a Loan — dijo Colin. Sacó su holoportátil y marcó los doce dígitos holográficos de su amiga Loan, no contestó nadie —. No. A Sean — dijo. Tampoco contestó.

— Prueba con Joanna — le dijo Linda.

Colin marcó el número de su hermana, la voz de Joanna se escuchaba entre cortada por disparos de láseres y gritos de dolor, escuchó la voz frenética de su madre.

— ¿Dónde están? — Preguntó Colin.

En casa, pero no por mucho. Apresúrense — respondió la voz de Joanna por el holoportátil.

La transmisión se cortó.

Colin vio hacia abajo, las ruinas de lo que había sido Los Ángeles se alzaba bajo ellos. Los edificios de metal, hierro y acero flotante empezaban a caer sobre los suburbios, sobre los aeroautos y aerobuses. Volteó hacia las letras de Hollywood, sólo quedaban restos de ellas, la playa estaba plagada con naves marcianas, las aguas se empezaban a introducir de a pocos dentro de la arena y las casas costeñas de California. Todo estaba destruido.

Claire cayó dormida sobre los sillones y Linda siguió volando el aeroauto durante una hora, tal vez un poco más, hasta que llegaron a la frontera con Oregon.

Descendieron sobre un bosque de pinos soldado y arbustos espinosos, se introdujeron entre la maleza, Colin encabezaba la fila, Linda iba cargando a Claire a pocos pasos más atrás.

— ¿Dónde? — Preguntó Linda.

— A la derecha.

Se metieron entre un pila de hojas secas, de piñas y ramas secas de pino. La casa de los padres de Colin estaba ahí escondida, Joanna estaba sentada en el porche, sus padre estarían dentro seguramente.

— ¿Qué pasó? — Preguntó Joanna acercándose y abrazando a Colin, luego abrazó a Linda y Claire.

— Naves de Marte. Destruyeron Los Ángeles — respondió Colin.

— Entren. Mamá preparó chocolate y galletas, papá vendrá pronto — dijo Joanna. Cargó a Claire.

Entraron en la casa, la sala de estar estaba llena de gente que Colin conocía de su niñez y de su juventud, estaban algunos de los vecinos más cercanos de la zona, su madre estaba sentada en una mecedora al fondo de la sala, junto a la chimenea. Un rasguño le pasaba sobre el ojo derecho.

— ¿Qué te pasó? — Colin se acercó a ella.

— M-me atacaron — fue lo único que dijo su madre.

Joanna recostó a Claire junto a otros niños en los sillones amplios. Algunos de los vecinos les llevaron mantas y sábanas, una de ellas les pasó las tazas de chocolate tibio y las galletas secas de almendra con mantequilla.

— ¿Dónde está papá? — Preguntó Colin a su hermana.

— Se fue en la camioneta en busca de provisiones, al amanecer, poco después de que todo empezara — respondió Joanna —, temo que no regrese, Colin... pasó mucho tiempo. Mucho.

— Tranquila — Colin abrazó a su hermana.

Él se sentó con Linda en uno de los sillones desocupados, Joanna se sentó en frente. El aire frío del bosque entraba entre las hojas de pino, los rayos del sol se metían lentamente por las piñas y las hojas puntudas, las nubes lo cubrían en su mayoría. Todo era diferente a la playa en California, ahí había más frío, todo tenía un matiz oscuro y tenebroso.

Escuchó el sonido el motor de la camioneta de su papá acercándose. Joanna se levantó rápidamente y abrió la puerta.

Una ráfaga de láseres rojos y balas entró por las ventanas y atravesó a varios de los vecinos, una rozó la oreja de Colin y otra la nariz de Linda.

Él volteó hacia la mecedora y notó que su madre había muerto, sintió frío subiendo por su garganta y ahogándolo por dentro, navajas que lo cortaban en el vientre y vomitó, lloró por unos momentos y maldijo a los cuatro vientos.

Salió de la casa para acabar con todo. 

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