20. El ruido metálico

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El Planeta parecía mucho menos impresionante ahora que se encontraba sobre él.
A decir verdad, y aunque nunca lo había expresado en voz alta (como para hacerlo), nunca había terminado de creer la historia de Flint.

Era una persona práctica. Creía lo que sus ojos veían, sus oídos oían y sus manos sentían, y la historia sobre un Tesoro incalculable que rebosaba a lo largo de un planeta, le parecía ligeramente inverosímil.

Cierto es también, que en algunas ocasiones había fantaseado con ello.
A esas altas horas de la madrugada, cuando ya solo te quedaba como única opción dormir, se permitía divagar un poquito sobre cómo sería. Un planeta dorado. Con árboles de bronce y ríos de piedras preciosas.
Y qué haría con todo ello después. Bueno, ahí era cuando decidía dormirse. No le gustaba pensar en eso.
Era como esperar demasiado...excesivas cosas tenían que salir bien...
Era pedir demasiado.
Y si al final no salía bien, iba a ser una caída muy alta.

Lo que tenía ante ella era un planeta, sin más, con unos pocos bosques y unos pocos ríos.
No difería mucho de los que ya había visto a lo largo de sus viajes.

Daba vueltas al arma en sus manos, jugando con los casquillos. Prefería las de plasma. Eran mucho más ligeras y silenciosas.
Esta seguía oliendo a pólvora.

Cuando los otros habían escapado, Silver se había llevado a la mayoría de la tripulación con él. Se veía a leguas que no era un plan lógico el dejar el barco prácticamente desprotegido, y que se estaba dejando llevar por esa locura de sed de oro. Obviamente, sus compañeros le habían seguido sin dudarlo un instante. Ellos también se estaban dejando llevar.
Tal vez ella podría haber dicho algo, inculcar un poco de razón en sus mentes obtusas, replantear al menos la mierda de el plan que estaban llevando a cabo.
Pero, sinceramente, no quiso hacerlo. Quería que todo aquello acabase ya.
Además, no iba a ser ella la que se interpusiera entre Silver y su tesoro.

La pistola seguía templada.
Pensó en los momentos previos al motín.
Le temblaba la mano.
Pensó en ella, de pie frente al bote en sus últimos minutos antes de que cayera.
Lanzó la pistola lo más lejos posible, contenido un grito de rabia. 
El olor tardaría horas en desaparecerle de las manos.

Respiró hondo. Una, dos y hasta tres veces. Y en la última se quebró.

Les había disparado. Llegado el momento, no había dudado, les había disparado.
Había tenido suerte de que el barco no parase de moverse, porque había apuntado al pecho de Jim.

Dios Jim.

La había besado la noche anterior.

Agarró el sombrero y se lo apretó contra la cara. Tenía que controlarse.

La mirada de Delbert. No podía.
Justo antes de la supernova le había estado hablando sobre los proyectos que tendría a la vuelta, y lo que necesitaría que hiciera en ellos. Estaba contando con que ella se quedaría a trabajar para él, sin que siquiera tuviera que pedírselo.

Había visto terror en sus ojos la última vez que la había mirado.

Mordió una esquina del sombrero.
¿Por qué estaba haciendo esto?
¿De verdad quería ese tesoro? No lo necesitaba. Le bastaba con tener algo para comer y un suelo sobre el que dormir. Siempre le había bastado y siempre le bastaría.
¿Y por qué lo hacía entonces?
¿Lealtad a Silver?¿Crueldad?¿O es que en verdad no sabía hacer otra cosa?

Había tenido amigos, de los de verdad, y les había hecho eso.

Mordió aún más fuerte. Seguramente ya habría desgarrado la tela.
Estaba demasiado ocupada sintiendo pena de sí misma como para darse cuenta de que había alguien delante suyo.

El Planeta del TesoroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora