Una nueva oportunidad para un asesino.

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-Ya es hora -anuncia el capitán entrando en mi celda.
No respondo, no voy a levantarme por voluntad… aunque quisiera no podría.
-Levántate, sabandija -escucho sus pasos acercarse y siento la patada directamente en mis costillas.
Mi cuerpo resentido por no moverse desde hace días manda una señal de adrenalina, me contraigo protegiéndome, atorando el quejido en mi garganta.
-Levantalo.
Un soldado me toma del brazo intentando levantarme a la fuerza; los pies me arrastran, la falta de la circulación de sangre en ellos los ha adormecido completamente. El soldado no consigue dar dos pasos sin soltarme; mi masa muscular es mayor, ¿qué pensabas, hacerme volar con una mano? El guardia de mi celda se apresura en ayudarle cuando el capitán hace un gruñido de disgusto, conozco los castigos por hacer enojar a uno, será un pensamiento de consuelo que llevarme a mi condena no va a ser el último problema que les daré.
Se detienen al sacarme; el guardia me jala del cabello cercano a la frente, alzo la cara obligado de la fuerza en su muñeca encontrando mis ojos con los de un sacerdote. Está gordo, apenas cabe en lo que supongo es una túnica ceremonial de color amarillo pastel con adornos blancos, bastante feo la verdad; calvo como la fregada, su mirada apenas se nota entre los párpados hinchados por el alcohol, puedo notar su aliento desde donde estoy.
Arrugo la nariz ante nauseabunda visión pero al sacerdote parece valerle que el mundo se acabe ahí parados, acerca su mano a mi frente.
-Edgar Qaran, tus crímenes incluyen desacato de órdenes, rebeldía militar, traición a la corona imperial, el asesinato de tus 6 compañeros de equipo y del maestro de armas; has sido condenado a muerte, ¿quieres limpiar tus crímenes ante la diosa Ginne?
Intento ignorarlo desviando mi atención a mi imagen demacrada reflejada en la copa que sostiene uno de sus ayudantes, me veo desnutrido, pálido, enfermo; mi cabello ha crecido bastante en todo éste tiempo en prisión pero está maltratado y se ve opaco con la suciedad y grasa acumulada.
-¿Y bien? -repite, veo en su cara la impaciencia, ¿estará esperando que suplique compasión de una diosa caprichosa?
Me enderezo movido por mis últimas ganas de burlarme y me acerco lo poco que me dejan los soldados esbozando una sonrisa.
-Mejor dile al verdugo que afile su hacha, si los dioses existen, no están de mi lado.
Los ayudantes parecen asustarse ante tal proclamación, el sacerdote me mira molesto, sé que quiere gritarme, todos son iguales, se sienten omnipotentes sirviendo a una diosa que sólo se complace con regalos caros.
Se hacen a un lado cuando los soldados prosiguen su camino, llevándome al patio donde seré ejecutado sólo a la vista de una persona, petición especial de ese malnacido. Intento seguir el paso, resignado a mi destino; el lunar en la palma de mi mano derecha arde, como si me hubiera lastimado; empiezo a imaginar cómo habría sido la vida si todo hubiera salido bien, tendría un buen puesto en la milicia, tal vez me habría casado… habría hecho sentir orgullosos a mis padres. El nudo en la garganta me hace sentir peor, las lágrimas se me acumulan en los ojos, contengo varias veces mi respiración para no soltar un sollozo involuntario, me dije que no lloraría yendo a la muerte. Mis piernas fallan constantemente, resistirme sólo me haría ver débil y miserable.
Entonces ocurre, no hay nadie alrededor aparte de nosotros tres, por alguna razón el capitán se ha separado; conozco las patrullas de la cárcel como la palma de mi mano, están lejos...
Mis manos no están atadas, los dos que me escoltan son demasiado confiados. Debo intentarlo. Mis piernas reaccionan ante el golpe de adrenalina ansiando la libertad parandonos en seco.
-No te detengas -intentan empujarme, no da resultado, podré estar demacrado, pero lo bien aprendido no se olvida.
Tomo al soldado del uniforme y lo empujo contra la pared más cercana golpeando la parte de atrás de su cabeza, su quejido ahogado resuena por el pasillo mientras se sostiene la parte afectada. Mierda, hay demasiado eco.
El guardia aprovecha que no he soltado al soldado para entrelazar sus manos, toma impulso desde atrás de su cabeza, giro para bloquearlo, tardé demasiado. El impacto en el hombro dobla mi rodilla aturdiendome por un momento, se aleja tomando una posición de defensa, duda un momento si huir o enfrentarme; eso es todo lo que necesito, me levanto avanzando dos zancadas grandes y haciendo contacto directo entre su mentón y mi puño.
He tardado demasiado,me escabullo detrás de la siguiente patrulla a una distancia prudente ahorrandome una sorpresa que pueda echar abajo mi escape.
-¡Hey! Necesitamos ayuda aquí, no veo al prisionero.
-Suena la alarma, que prendan las malditas lámparas también. Ese malnacido no debe andar lejos.
La alarma suena, han encontrado a los que derribe, la prisa de que todos se alerten me hace bajar las últimas escaleras sin prudencia..
-¡Ahí está!
-¡No dejen que escape!
Uno de los faros me ilumina mientras corro directo al riachuelo, flechas comienzan a zumbar sobre mi cabeza disparados ciegamente, me confundo con la maleza haciendo el menor movimiento posible, apenas nadando entre los juncos.
Escapo apenas rasguñado y la punta de una flecha enterrada cerca del codo, una sonrisa ladina me cubre el rostro cansado, debería felicitar a ese arquero, el único que pudo dar en el blanco; recorro el riachuelo hasta el pueblo más cercano, apenas me aventuro fuera cuando veo un grupo a caballo preguntando a la población por mi y otro a pie revisando las cercanías del río.
Decido seguir nadando, el agua fría y el viento me hacen temblar, mis manos se sienten entumecidas con cada segundo que la noche avanza bajando la temperatura.
El bosque me recibe con miles de sonidos, el viento se oye como un susurro serpenteando entre los árboles, las copas se mecen haciendo un arrullo, dejando ver la noche estrellada en los pequeños espacios que se hacen; si no estuviera muriendo de frío tal vez sería un paisaje lindo. Necesito encontrar dónde dormir antes de caer en hipotermia, pues ya no sólo mis manos se han adormecido, sino que mis piernas amenazan con dejarme caer entre la falta de movimiento y el frío excesivo; me abrazo apenas con los ojos abiertos, tal vez estoy alucinando pero veo una especie de cabaña, me resguardaré ahí.
Abro la puerta con lo último de mi energía, es una especie de almacén, hay un montón de paja al igual que una manta doblada sobre ella, todo está callado entonces estará bien si descanso lo que pueda antes del amanecer. Me quito casi toda la ropa mojada echándome a dormir un poco más tranquilo, por la mañana podré curarme y alejarme un poco más a un área donde los soldados no hayan registrado todavía.
Un murmullo suave me despierta, mis ojos intentan adaptarse a la poca luz que hay cuando logro divisar entre sueños una escena que me congela la sangre.
Hay una chica con sus manos puestas sobre el pecho de un niño sufriendo, tiene la frente empapada en sudor, sus quejidos y jadeos resuenan en todo el almacén mientras entierra las uñas en la mesa.
-Sokaris, tú que cuidas de las almas, que curas la pena de ellas; te pido me ayudes aliviando su dolor, terminando lo que le daña.
Una sombra, más oscura que la noche misma se agranda en la pared más cercana a ellos, sus ojos azules oscuro como los de un búho parecen clavarse en lo profundo.
-¿¡Qué es esa cosa!? -no puedo contener mi asombro ni mi miedo al ver semejante criatura emergiendo de la nada.
Tanto la chica como la sombra me prestan atención pero sólo es un momento, después vuelven al niño. Su pecho se infla con un quejido y al momento siguiente saca el aire quedándose dormido tranquilamente; hago cara de asco al ver una especie de babosa verde removiendose entre las manos de la chica, ella sin inmutarse se arrodilla frente a la sombra ofreciendosela, como si de un tributo se tratase.
La sombra no se hace del rogar y se come gustosa el asqueroso bicho, una vez acaba se abalanza sobre mi, grito sólo sintiendo un frío cuando pasa por mi y una mano me tapa la boca.
-No grites, idiota -me reclama enojada la chica para después empujarme de vuelta al pajar en el momento que una mujer y un hombre entran.
-¿Qué ha pasado? -el hombre no parece tener cara de quererse andar con juegos y se acerca amenazante a la chica.
-Nada, he acabado -les señala al niño que se ha levantado ya y se estira tranquilamente.
La madre lo abraza llorando y el padre le entrega a la chica dinero.
-10 monedas, como lo habíamos acordado.
Asiente metiendo el dinero en una pequeña bolsa atada a su cintura; los tres se alejan caminando entre la noche como si fuera un día de primavera.
-Quiero una explicación -exijo cuando se han alejado lo suficiente y ella ha cerrado la puerta.
-Yo debería pedirte eso a ti -me mira como quien se ha metido en donde no le incumbe- digo, estabas durmiendo en MI lugar, con MI manta y para terminar me han parado los soldados de la ciudad preguntando por ti.
Estoy jodido. Lo sabe. Sabe quién soy, que me buscan y la he hecho enojar; perfecto, ya puedo ir volviendo a mi mugrosa celda.
-Lo único que me causa curiosidad es…-se arrodilla para mirarme a los ojos-...¿por qué mis dioses le darían una oportunidad a un asesino?

Ser quien sirve a la muerte.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora