c o r t i s o l ( h )

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El reloj marcaba las dos con cincuenta minutos y continuaba sin poder conciliar el sueño.

No tenía ni una semana que habíamos regresado a clases y ya comenzaba a tener de nuevo esos molestos problemas para conciliar el sueño. Insomnio. Era miércoles en la madrugada, para ser más exacto. Mi primera clase sería de ocho a diez y yo seguía sin dormir. A este paso, sería un milagro si dormía tres horas como máximo.

El blancuzco techo del cuarto comenzaba a ser molesto y no divisaba nada más que las líneas cruzadas que formaban rombos y rombos y más rombos en el techo.

Iluminé la pantalla de mi móvil para ver que no habían pasado más de dos minutos desde la última vez que había visto la hora, pero que había sentido como una eternidad.

Me puse de pie y busqué entre los cajones del escritorio el bloc de hojas que no sacaba desde junio. La abuela Lee me lo había obsequiado en mi cumpleaños y el último dibujo que había hecho era uno a lápiz de un cisne en un lago. Me había gustado demasiado, que lo atesoraba y pensaba en regalárselo a la abuela con un marco en su cumpleaños.

Un cumpleaños que no llegó.

A mamá, a Minhyuk y a mí nos había costado demasiado explicarle a Sora que la abuela Lee era ahora una estrella más en el cielo.

Como papá.

Rebusqué entre el pequeño tarro verde uno de mis lápices favoritos y lo tomé entre dedos. Jalé la silla del escritorio y tomé asiento, encendiendo la lamparita de la mesa.

La portada del cuaderno de bocetos era demasiado simple: la tapa frontal era café y en letras doradas, como bordadas, se leía la palabra Sketchbook. La primera página tenía una dedicatoria de la abuela que no me atrevía a leer demasiado seguido porque me orillaba a una nostalgia descomunal.

Tenía cuatro páginas ocupadas por dibujos completos, que iban desde cisnes hasta la torre Namsan. También le hacían compañía un par de bocetos inconclusos, entre ellos un retrato de mamá y varios intentos de dibujo de ojos de distintas formas y tamaños.

Por si algún día me animaba a dibujar personas.

Mi primer trazo fue bastante fino y apenas perceptible. Era un medio círculo inconcluso que terminaba en dos líneas rectas, a forma de que comenzara a dibujar un cráneo frontal. O los principios de un cráneo frontal. Varios minutos pasaron, en los que sentí como la calma se apoderaba de mi cuerpo al ser capaz de relajarme totalmente dibujando.

El sonido del despertador de mi móvil vibrando desde la mesilla junto a la cama fue suficiente para despertarme del sueño que no sabía a qué hora me habría abordado. Mi brazo derecho hormigueaba y mi espalda dolía ligeramente. Me había quedado dormido en el escritorio. Sobé mis hombros y moví los brazos hacia atrás, estirándome y escuchando la suavidad con la que crujían mis huesos.

Mi rutina mañanera comenzó en el momento en que ya había aplazado por segunda vez la alarma y había vuelto a sonar exactamente diez minutos después de la primera alarma que me había despertado.

En la cocina, mamá preparaba el desayuno y Minhyuk estaba dándole un último bocado a su desayuno antes de correr frente a mí y tenderme su corbata deshecha.

—Buenos días mamá —saludé, tomando la corbata de Minhyuk entre mis dedos y comenzando a mover las puntas hasta formar el nudo a la altura de su cuello. Cuando terminé, Minhyuk me agradeció, corrió a darle un beso en la mejilla a mamá y salió de la cocina. Se le hacía tarde para el colegio. Como siempre.

—Buenos días, cielo —respondió dándole un largo trago a su taza.

—¿Y Sora? —pregunté curioso al no verla por ningún lado.

Haphephobia [ eunhae ]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora