a c e t i l c o l i n a ( d )

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Mamá sonrió al vernos cruzar el umbral, con una tarta de zarzamora en manos.

Llevaba puesto uno de esos sombreros blancos con un chándal rosa y una camisa a rayas horizontales. Siempre le había dicho a mamá lo mucho que me gustaba verla vestida de palo de rosa. Personalmente, sentía que le daba un aire jovial.

Abrió la puerta del garaje para que pudiéramos dejar en él mi auto y salir a nuestro encuentro con mis padres.

—¡Mamá! —exclamé con felicidad al tenerla frente a mí y estrechándola en un largo abrazo corto de no habernos visto en dos meses.

—¡Hola cielo! —respondió al separarse de mí y regalándome una sonrisa que lograba menguar todos mis problemas. O la mayoría de ellos—. Hola Miyeonie —saludó a mi novia y la abrazó por unos cuantos segundos más que a mí, para después soltarla. Mamá me quitó la tarta de las manos, aunque le insistí en que la llevaría yo hasta la mesa.

Miyeon le sonrió y se enganchó a mi brazo derecho, acelerando mi ritmo cardíaco. La simple sensación de su mano rozando la piel de mi antebrazo no permitía que atinara pensamientos con claridad y amenazaba con acelerar mi respiración. Cerré los ojos con fuerza y aminoré el paso, logrando que Miyeon soltara mi brazo y caminara al frente con mamá, quien afortunadamente no se percató de la situación.

Había sido demasiado complicado mantenerlo en secreto los últimos tres años. Sobretodo el primero.

Tomé una fuerte bocanada de aire y me tragué las ganas de llorar por la repentina frustración que me estaba abordando. No sabía qué me fastidiaba más; si llorar o gritar contra el suelo. Aún así, tenía cerca de minuto y medio para compensarme mentalmente o apaciguar mi cabeza hasta que pudiera estar en un lugar alejado de mamá y Miyeon.

—¿Qué tal ha estado su viaje? Seguramente salieron tempranísimo cielo, te he dicho que nosotros íbamos a verlos —alegó mamá hasta llegar a la cocina y dejar la tarta en la mesilla.

—No se preocupe, señora Lee. Ya tenía meses que no los veíamos, Donghae ya los extrañaba.

—Ay cielo, siempre eres tan comprensible con mi Donghae —soltó contentísima pero yo no soportaba más, era una sensación sofocante.

Salí de la cocina con un paso suave que aceleré cuando estuve lejos del campo de visión de mi mamá y de mi novia y corrí escaleras arriba hasta llegar al sanitario junto a la que solía ser mi habitación en la adolescencia; abriendo la puerta con violencia y cerrándola casi como un susurro.

El vértigo que percibía me daba náuseas. Respiré profundo mientras me susurraba a mí mismo que todo estaba bien; que en cualquier otro lugar podría tener un ataque, menos aquí. Traté de controlar mi respiración y el hilo de mis pensamientos y dejando que un par de lágrimas empaparan mis mejillas al no ser capaz de controlarme.

Un par de minutos — que esperaba fueran pocos— bastaron para sentirme ligeramente aliviado, en la soledad de las cuatro paredes que habían atestiguado por primera vez cómo perdía la cordura en dos años. Las cuatro paredes que habían sido mi guarida hace tres años y que hoy volvían a serlo.

La frialdad del suelo comenzó a cosquillear en mi espalda, cuando comencé a ser consciente de mi al rededor y de que estaba recostado sobre el piso.

Me puse de pie hasta observar mi semblante en el espejo, enseñándome a un Donghae derrotado por sus emociones y sentimientos. Un Donghae derrotado por su cabeza.

Suspiré frustrado y repetí tres veces en mi cabeza lo último que me había dicho mi último psicólogo, aunque estaba seguro que no funcionaría como me gustaría.

Haphephobia [ eunhae ]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora