b u s p i r o n a ( d )

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—¡Agh!

Dejé que la garganta se me fuera en ese grito.

La punzada de dolor que me atravesó en la faringe no se comparaba a la sensación que me atravesaba el pecho y que me estrujaba el corazón conforme pasaban los minutos.

Me dejé ir como grifo cuando las luces del río Han salieron disparadas contra el agua, comenzado una batalla por ver quién podía tirar más agua: si las cascadas del puente o mis cansados ojos que seguían teniendo ganas de llorar aunque hubiera perdido la noción del tiempo que llevo así.

Miyeon no dijo nada.

No se intentó excusar, no puso un pretexto de por medio, no buscó inventarse una mentira. No me ha dicho nada más que vendría el lunes a por su ropa. Porque parecía que era el final.

Me culpé a mí mismo por ello. Porque era mi culpa. Porque es mi culpa que Miyeon haya gastado los últimos años de su vida con un hombre que ni siquiera tenía el valor suficiente de darle un beso por las mañanas. Porque de un ¿Cómo te fue en el día? no se vive, ni ayuda a menguar los últimos años en los que no hemos pasado de primera base. Bueno, los últimos años en los que apenas hemos rozado los labios antes de que mi mente gane la batalla.

Pero es que no la culpo.

Hubiera sido demasiado bueno para ser verdad.

—Disculpe señor, ¿es de usted el automóvil gris? Es que está obstruyendo el paso vehicular y me vería en la necesidad de multarlo si no lo mueve. Por favor...

El hombre de traje azul me tendió una mano para ponerme de pie pero no fui capaz de tomarla. Negué con la cabeza y me llevé el dorso de la mano hasta las mejillas empapadas.

—Ya mismo lo muevo —susurré.

Pareció ser suficiente para el policía porque asintió y palmeó mi espalda una vez, logrando que un escalofrío me recorriera toda la médula espinal.

El móvil marcaba la una de la madrugada aunque no sabía cómo habrían pasado tan rápido las últimas cinco horas.

La casa estaba hecha un desastre, no había duda. Me había desquitado contra el conjunto de jarrones repletos de rosas que había en la entrada. Contra los bonitos cuadros de ambos que adornaban las paredes y los muebles. Contra los utensilios en la cocina que había sacado considerando la idea de cocinar juntos.

No parecía ser el lugar en el que me gustaría dormir esta noche, aunque dudaba ser capaz de pegar el ojo en los próximos días. Tal vez semanas o meses.

El mismo policía que me había palmeado la espalda hizo sonar su silbato. No sabía si era un mensaje para mí o si estaba tal vez buscando poner orden en los pocos automóviles que circulaban en la madrugada del viernes, pero lo que menos me apetecía ahora era pelear con la ley, así que encendí el automóvil y di media vuelta, sin rumbo fijo. Igual no tenía a dónde ir.

Conduje por muchísimo tiempo con una misma canción en bucle. Una canción que no conocía de nada pero que no paraba de repetir en su coro que todo estaría bien a partir de ahora porque el destino era tan caprichoso.

A las cinco y tantos pude divisar el mar a lo lejos, extendiéndose a lo largo y perdiéndose contra el horizonte, marcando una línea poco perceptible entre dos tonalidades azules.

¡Bienvenido a Mokpo!

Un cartelón enorme sobre la carretera te daba la bienvenida y un mapa de la región le hacía compañía a la entrada de la ciudad.

Suspiré. ¿Qué hacía aquí? Suspiré pesado, descubriendo que la cabeza me había jugado una vez más mal. Debería estar en Seúl, no en la entrada de Mokpo. No, debería estar en otro país donde nadie supiera de mí.

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⏰ Última actualización: Dec 05, 2021 ⏰

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Haphephobia [ eunhae ]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora