sexto.

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Lo primero que vio Soonyoung al entrar a la habitación de Minghao, fue a este tumbado en la cama, semidesnudo, con sus gloriosas piernas abiertas, una invitación que podía rechazar. Se acercó a él, lo agarró con cuidado por los muslos y le colocó las piernas alrededor de su cintura. Hao respondió a aquella acción apretando el cuerpo de su adverso, para sentirlo más cerca. Sus labios se rozaron, y ambos se fundieron en un beso. Si esto fuese una historia de amor, decribiría aquel beso como algo suave, lento y delicado como los pétalos de los alhelíes, pero no. Se besaron con hambre, con ansia, a la vez que pasaban sus manos por todo el cuerpo del otro.

Soonyoung le tocó en la curva de la cintura y la cadera, acariciando su piel desnuda con un deseo desbordante. Minghao enredó las manos en el cabello del otro pupilo, tirando con cuidado de este, sin hacerle daño. Ambos se frotaban el uno contra el otro. Minghao suspiró sobre los labios de Soonyoung, y Soonyoung sobre los de Minghao. Entonces, voló la ropa.

Dependiendo del día, Soonyoung podía ser suave y cariñoso, o una bestia insaciable. Ese día, era lo segundo. Se tomó su tiempo en preparar al más alto, pero tras hacerlo, arremetió contra su entrada con fuerza, cosa que casi hizo gritar a Minghao. Sus estocadas eran fuertes, profundas, y eso al otro lo volvía loco. Minghao se corrió primero, y Soonyoung más tarde, fuera de él, ensuciándole el abdómen. Y cuando Soon se tumbó al lado de su amado, ambos se sintieron completos.

Minghao se limpió el cuerpo, apoyó la cabeza en el pecho de Soonyoung y cerró los ojos. El mayor le acarició el pelo, y comenzó a cantarle aquella canción de cuna que su madre le había cantado a él.

La madre de Soonyoung había nacido en tierras mucho más lejanas de las que se podían ver en los mapas, o eso es lo que su padre decía. Chengxiao, que así se llamaba, era más bonita que ninguna. Más que Bona, que Dawon o que cualquier otra mujer que Soonyoung podía haber visto, y evidentemente a la que más quería. Había heredado su cabello negro, y no el rubio de su padre. También había heredado la actitud tranquila y serena de ella. Pero lo mejor que ella le había dado, era aquella voz suave que Soon tenía que, según Minghao, era perfecta para cantarle para dormir.

Aquella canción había pasado de generación en generación, desde los primeros hombres y las primeras mujeres que habitaban aquellas tierras tan lejanas de las que provenía Chengxiao. Soonyoung se la había aprendido siendo muy pequeño y cuando llegó a palacio, se la cantaba a sí mismo. Después, a Minghao y a Junhui. Ahora sólo a Minghao.

Cierra los ojos
hasta que mañana el sol se ponga.
Vas a estar bien
en el mundo de los sueños no te vas a perder.
Y cuando el mañana llegue,
yo estaré aquí a tu lado
para pasar un nuevo día
con quién más amo.

Minghao se quedó dormido rápidamente. Soon lo arropó, le besó la frente y se vistió. Lastimosamente, no se podía permitir dormir con él y eso le dolía en el alma.

Se encaminó hacia el cuarto propio, encontrándose por el camino con Lee Jihoon. Y, la verdad, a nadie le gusta encontrarse con Lee Jihoon en los pasillos. Lo ignoró, yendo a encerrarse en su cuarto.

Y mientras eso sucedía, Hansol se hallaba entre las piernas de Seungkwan, como casi todas las noches. Se amaban y, aunque podían acostarse, no podían estar realmente juntos. Era triste. No sólo por Hansol y Seungkwan, sino también por Bona. Sentirse deseada era algo importante para ella. De hecho, es algo bastante importante para todo el mundo en general. Pero claro, ella estaba casada con un hombre que ni la deseaba ni la amaba, y que nunca lo haría, ya se lo había dejado claro. No obstante, tendría que tener y críar al hijo de ese hombre. Aún siendo esa su única obligación, además de tener una buena imagen, la angustiaba muchísimo.

Esa noche, no oyó a Minghao y a Soonyoung, pero sí a su esposo con su amante. Y lloró. Tal vez eso de llorar en palacio acabaría por ser una costumbre. Qué bonito es ser reina, ¿cierto?


Joshua y su séquito con aroma a alcohol fuerte estaban llegando a palacio justo cuando la luna se despedía y su amado sol comenzaba a asomar. A esa hora, todo el mundo estaba despierto excepto Wen Junhui y los guardias. Cuando escuchó el sonido de las puertas abiertas, él mismo fue a despertar a Seungkwan, que dormía junto a Bona. Supuso que él habría vuelto a su propia alcoba tras la visita a Hansol. Apuró a los reyes, y se fue al gran salón del trono, para saludar. El olor lo echó para atrás, haciéndolo incluso toser.

Jun observó al rey de Sínsoca. Su cabello estaba sorprendentemente ordenado y sus ropas limpias. Eran de cuero de caballo, que se trabajaba mucho allá, cosa que en Abdahía no. Sus hombres iban vestidos con ropas similares pero menos ostentosas. Al lado del monarca, había una mujer bien vestida, y muy guapa. Tal vez podría ser de la nobleza, pero Junhui supo desde el primer momento que no era la reina. De haber sido ella, sus ropas serían en demasía rocambolescas y su mirada sería fría y cortante. La reina Tzuyu tenía una reputación increíble de femme fatale, y a Junhui le hubiera encantado conocerla.

No dijeron nada, y en cinco minutos bajó Seungkwan con Bona del brazo. El rey se sentó en su gran trono, y ella en el de al lado, un poco más pequeño. Junhui pudo notar el nerviosismo de Seungkwan, así como también el de su esposa. Miró a Joshua, que mantenía una mirada indescifrable. Eso le dio miedo.

—Joshua de la casa Hong, rey de Sínsoca —comenzó Seungkwan—. Sed bienvenido a mi Corte, señor. Espero que os sintais cómodo durante toda vuestra estancia.

—Su majestad —contestó Joshua—. Nos llevaremos bien.

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