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Ya estaba cansada de los misterios, ¿ahora qué es lo que está en mi mis manos?, ni que fuera a ser la salvadora del mundo y la creadora de la paz mundial. Pero a pesar de mis dudas y mis miedos, me sentía intrigada. ¿Qué secretos guardaría este castillo? O peor aún, ¿qué secretos guarda el ‘‘Señor’’? Pensándolo bien, ni siquiera sé su nombre, ni su apellido, ¡no sé nada de él! Bueno, tampoco es que me interese tanto, pero creo tener derecho de saber las cosas básicas de mi secuestrador ¿cierto?
Hacía mucho calor y las ratas me fastidiaban cada día más, eran seres insoportables, pero por otro lado me entendían. Nadie las quería y no eran escuchadas, en esos momentos empecé a sentir pena por ellas…y por mí. Cuando creí que mi vida no podía ser peor, escuché unos pasos pesados que ya se me hacían muy conocidos. <<Mierda>> ya sabía muy bien quién era, mucho había durado mi penosa felicidad. Temblé cuando oí el sonido del pomo de la puerta moviéndose. Creí sentir mi alma saliendo de mi cuerpo cuando vi que la puerta se abría, dejando entrar a una alta figura, una alta, grande y musculosa figura. Me paralicé al verlo frente a mí, tan cerca. Él era el motivo de mi horrible estadía en lo que parecía ser el infierno y también el de mis pesadillas. Sus ojos azules eran tan claros que podrían ser plateados. Su boca esbozaba una fría sonrisa que no hacía nada más que poner mis nervios de punta.
Se fue acercando poco a poco, como para intimidarme (más de lo que estaba). Cuanto más se acercaba, más me alejaba, pero como solía pasar en las películas, la pared me impidió avanzar, dejándome sin escapatoria y a manos de ese monstruo. Su boca se abrió dejándome ver una perfecta fila de dientes blancos, la frialdad de su sonrisa contrastaba a la perfección con la de sus ojos. Su mirada penetrante me dio ganas de orinarme en la ropa, pero sus palabras fueron peor que eso.
-Georgia, mi hermosa e inocente Georgia –dijo en susurros.
Yo no me había movido ni medio centímetro luego de oír esas palabras, hablaba como si me conociera, sus palabras eran tiernas pero su mirada decía todo lo contrario. No sabía si esperaba respuesta pero en todo caso, no se la di. Me miraba como si pronto fuera a devorarme, eso era lo que hacían los monstruos ¿cierto? Iba por fin a responder pero me interrumpió.
-Sé que sabes que eres el elegido amor –dijo con su demoniaca sonrisa- pero simplemente no puedo dejar que tomes ese lugar. Eres tan débil, tan ingenua y tan repugnantemente tonta que me dan ganas de vomitar. –dijo poniendo cara de asco.
Y yo aún no articulaba palabra. ¿Quién era él? ¿Qué hacía yo en un lugar así? ¿De qué elegido me hablan? ¿Dónde estaba? Eran demasiadas preguntas y ninguna respuesta. Por ahora sólo tenía a un maníaco de ojos azules mirándome como si quisiese devorarme. Luego de unos segundos me di cuenta de que me había quedado mirándolo como una tonta mientras mi mente maquinaba más preguntas sin respuestas. Su sonrisa se había desvanecido y su cara era de completa seriedad. Tenía una mirada infernal y fría.
Muy fría.
-Bueno Georgia es hora de irme, espero que te lleves bien con las ratas.
Dicho esto, dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Me miró una última vez y se fue. Se fue, otra vez. Bostecé estirando mis brazos, al parecer tanto maquinar me había dado sueño. Me estiré en el frío suelo, mirando hacia el mugriento y empolvado techo. Pensándolo bien, mi estadía no era tan mala, una habitación asquerosa, una ‘‘comida’’ al día, y la dulce melodía de las ratas…
Que se jodan.
El sueño me venció y quedé rendida en el suelo, perdiéndome en las grandes hazañas de mi mente…
-Oye, despierta. –Decía una voz que no reconocía- despierta, anda, por favor, estás en peligro.
Soñolienta y malhumorada, me levanté, preparada para decirle unas cuantas cosas al que interrumpía mi sueño.
-Oye tú, muchacho, deberías ca… - No pude seguir hablando, el chico me miraba con cara de desesperación. Pronto me di cuenta de que no había ninguna rata, y que no estaba en mi habitación. – Tú, muchacho, ¿podrías decirme dónde estoy? ¡Hey! ¡Oye! ¡Me lastimas! –Pero el chico no escuchaba, halaba mi brazo como si no hubiese un mañana, arrastrándome por lo que parecía ser un bosque…esperen, ¿aquí otra vez? Pero caer por una cuesta interrumpió mis pensamientos. -¡Ay! ¡Mi pierna! - grité, estaba segura de que me la había roto. Estaba a punto de empezar a gritar groserías pero una mano grande y fuerte tapó mi boca.
-Shh, tranquila, no te haré daño. Pero necesito que hagas silencio, podrá encontrarnos. – Dijo el chico.
Yo me limité a asentir con la cabeza, dispuesta a seguir sus indicaciones. Aún con la mano del chico tapando mi boca, estaba tirada en la tierra esperando algo que no sabía. Luego me di cuenta de que no había mirado al chico y que no sabía cómo era. Moví mi cabeza hacia arriba, haciendo que pudiera ver la cara del chico: ojos profundamente negros, nariz respingona, piel pálida, labios carnosos y una mandíbula ‘’perfecta’’. El chico bajó su mirada hacia mí, haciendo que me estremeciera. Nerviosa, aparté mi mirada ¿quién era ese chico? Pero seré sincera, no estaba nada mal.
Nada mal.
-Bueno, parece que ya se ha ido –dijo el chico, retirando su mano de mi boca.
-¿Quién eres? –le digo secamente.
-Soy Alexis, un gusto –dijo con una sonrisa. ‘‘una sonrisa falsa’’, pero era una sonrisa.
-Yo soy Georgia –le digo, presentándome. Él se limitó a seguir sonriéndome. Hey, Alexis, me estás dando mala espina. Traté de borrar esos pensamientos de mi mente, y de convencerme de que él era una buena persona, pues me había ayudado.
-Ven, levántate –dijo Alexis levantándose del suelo, sacudiendo el polvo que tenía en la ropa.
Copié su acción y nos echamos a andar. Caminábamos sigilosos, atentos a cualquier sonido, pero no fue un sonido lo que me hizo parar, fue una mirada. Una mirada muy incómoda, y ahí fue que todo se puso escalofriante.
-¡Cúbrete! –gritó Alexis, con desesperación.
Pero ya era demasiado tarde.
Sólo vi como la sombra me tragaba, como todo se volvía negro. Pero antes de quedar inconsciente, divisé unos ojos verdes, tan verdes que creí que brillaban. Éstos me miraban con cautela, no sabía de quien eran. Antes de poder seguir pensando, un dolor inmenso se expandió por todo mi cuerpo, la sombra estaba a punto de comerme, primero las piernas, luego el torso, y después mi…
-¡Ah! –grité, había despertado llena de sudor, con la respiración agitada y el corazón acelerado. Fue un sueño. No.
Una pesadilla.
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