Parte 3

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Cerré los ojos con fuerza esperando a que solo fuese un mal sueño, de esos en los que pasas vergüenza de formas tan desagradables que al despertar te quedan las imágenes grabadas en la mente. La respiración agitada de Francisco y el rubor que reflejaba su rostro solo significaban dos cosas; Nervios y vergüenza.

—¡Hijo!, no sabia que se arreglaron.—Comentó su mamá, Elvira.

—Podes por favor, cerrar la puerta mamá.—Pidió él, impaciente.

—¡Hola nena!—Exclamó ella al verme. Francisco rodó los ojos y se pasó la mano por el cabello.

—Que salgas de acá. Ahora.—Reiteró tratando de mantenerse en la linea, ella cerró la puerta. Yo no sabía que decir. Me cubrí con las sabanas y me senté recostando mi espalda por la cabecera de la cama. Suspiré suavemente, por lo cansada que estaba y por ese mal rato.—Perdón mi amor, perdón. —Se disculpó. No se porque, no tenia la culpa de lo que había pasado, eso si yo aprovecharía la situación para rajar. Ya era tarde y mamá debía de estar preocupada.

—Me voy.—Murmuré, haciendo el amague de levantarme.

—No.—Pidió con la voz ronca.

—Si, le dije a mi vieja que la ayudaría con las viandas.—Mentí.

—¿De noche las prepara?—Preguntó curioso, yo asentí levemente.

—Además me tengo que levantar temprano para ir a lo de Zulema, de seguro que vos también tenés cosas más importantes que hacer.

—No hay nada más importante que estar con vos.

—Dale, afloja un poquito.—Le digo risueña, mordiendo mi labio inferior.—Ya me tengo que ir, nos vemos en la semana.—Informé levantándome. Él se quedó en la cama, mientras veía como me vestía. 

—Sos hermosa.—Dijo. Me puse colorada, para mi no era muy normal oír esas palabras cargadas de dulzura. Por eso me desequilibraba cuando él me endulzaba tanto los oídos con sus frases y discursos sobre las cosas. En especial sobre mi y mi belleza, nunca me consideré especial, así que lo que me dice me pone nerviosa, como una pendeja de quince a la que su novio le agarra la mano por primera vez. Coloqué mi cabello negro detrás de mi oreja. Una vez lista, él me acompañó hasta la puerta del edificio donde vivo.

—Bueno. Nos vemos, no te quiero quitar más tiempo.—Dije acercándome a su boca para besarlo por última vez en la noche. Él me abrazó fuerte.

—Buenas noches, saludá a Patricia de mi parte. Te amo, cuidate.—Se dio vuelta y de inmediato volvió por donde vino. Entré al edificio y subí los escalones para llegar al departamento. Entro y mamá está en el sofá viendo uno de esos programas pedorros con Aldo, mi hermano.

—En la olla hay guiso.—Me avisa, le sonrío y me acerco para besar su frente.

—Gracias.—Le digo.

—¿Donde fuiste?, te busque para que me ayudaras a hacer mi currículum.—Protestó Aldo.

—Fui a lo de Francisco, ¿mamá no te dijo?—Cuestioné sorprendida.

—No, no le dije nada.—Respondió ella.

—Que raro.—Musite. Camine hasta la cocina y me serví en un plato la comida, fui a la sala para ver televisión junto a ellos. Sentía mis labios aún arder, gracias a Francisco que me mordisqueo un par de veces. De seguro estaban hinchados y de un color más llamativo. Por suerte ni Aldo, ni mi vieja preguntaron sobre eso. Son casi las diez de la noche. Después de comer me meto a mi cuarto nuevamente, junto a mi ventana tengo un escritorio que me había regalado mi tía Alicia, hace unos cuantos años atrás, cuando nos mudamos acá. Es muy útil para mi, ahí siempre me ubico para dibujar cualquier tontería y matar un poco el aburrimiento que me carcome.
Veo mis cuadernos y los lapices intactos, me invitan a garabatear. Me acerco y me siento en la silla junto al escritorio. Enciendo la lampara que alumbra justamente hacia abajo, dándome más claridad sobre la hoja blanca del cuaderno. Agarro un lápiz y suavemente voy sombreando para empezar a dibujar una figura, lo que no se exactamente que será. Despacio levanto la cabeza y me doy cuenta de que la persiana de mi ventana esta elevada, cuando la voy a bajar, miro a través de la ventana de vidrio, que es de un tamaño considerable como para poder ver gran parte del edificio vecino, que esta separado solamente por una estrecha calle, a través de mi ventana veo la luz encendida de un departamento del edificio de enfrente, hay un hombre, bah... Que digo, es un pibe, tipo como yo, al parecer él también tiene las persianas de su ventana abierta, y no se dio cuenta, lo observó detenidamente, esta de espaldas, su cabello oscuro me llama la atención, al igual que su cuerpo, delgado y pálido, alumbrado por la luz de su velador, se está cambiando de remera, sigo viéndolo atentamente antes de bajar mi persiana, cuando él esta a punto de bajarse los pantalones se da vuelta y ve hacia mi lado, me asusto y rápidamente bajo la persiana llena de vergüenza. ¿Se habrá dado cuenta de que lo estuve espiando por más de cinco segundos?, ojalá que no, aunque... Nuestros edificios están bastante cerca uno del otro y estamos en el tercer piso ambos, soy una idiota, hubiese bajado la persiana antes y después a través de ella podía seguir mirándolo, ¿Pero que estupidez estoy diciendo?, ¿Y si me denuncia por acoso?, que mierda, solo a mi me pasa, es la primera vez que lo veo y ya hago el ridículo, espero que él no me haya visto a mi.

Persiana Americana (Gustavo Cerati)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora