Capítulo IV

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[El efecto Faith]

Maxxie

No es posible pedir cinco minutos de paz si cuento con su presencia. Lo que más me molesta es verlo en tan perfecto estado, mientras yo tengo una salud mental del asco. Es notable como me ignora; al principio le molestaba que lo mire con odio pero parece ser que ya ni se gasta, simplemente usa la fuerza cuando está cansado de mis miradas reacias o comentarios.

Amelia preparo un desayuno especial por ser el primer día laboral luego de receso y la vi tan feliz que me fue imposible negarme a asistir. Comemos en silencio mientras ella cuenta lo emocionada que esta de regresar al trabajo ya que en la oficina tienen un nuevo proyecto y va a intentar que acepten alguna de sus ideas.

He visto sus trabajos y no paran de sorprenderme. Cada maqueta que hace es única, con el más mínimo detalle que la hace inigualable y perfecta. Eligió bien la carrera que tomó, es lo que la apasiona, creo que nunca la vi tan feliz como el día que la aceptaron en la sucursal de C&B en este pueblo. Siempre me habla sobre lo exitosos que son ambos dueños y que se muere por mostrarles sus nuevos planos.

¿Quién pensaría que ambos dueños de la cadena arquitectónica más importante del país se situarían en este pequeño pueblo alejado de todo? Admito que tiene su encanto. Más aún dónde está nuestro hogar, pero así y todo me es difícil no extrañar la gran ciudad.

— Y bien ¿Estas contento por volver a clases?—pregunto mi tía, tratando de comenzar una conversación.

Levante la mirada para ver si al menos le prestaba atención a su hija, pero no. Se encontraba leyendo el periódico, ignorándonos completamente.

— Seguro— me limité a decir. ¿Qué si lo estaba? Creo que la palabra contento se quedaba corta.

El silencio nos hubiera inundado de no ser por la sarcástica risa que salió sus labios. Ni siquiera entendía lo que le causaba esa supuesta gracia, pero lo deje pasar esperando que Amelia no

— ¿Qué?— pregunto curiosa y yo quise irme lo antes posible al ver como doblaba perfectamente el periódico antes de dar la explicación que de seguro iba en mi contra.

Sus ojos se concentraron en mí y me aborreció lo parecidos que éramos físicamente. Saque sus ojos, al igual que mamá, y el cabello cobrizo que ahora lo tenía cubierto de canas.

—Sabes que es una pérdida de tiempo, ¿verdad? — me hice el desentendido y seguí con mi desayuno, estaba harto de esto pero la dejaría pasar. El notó mis intenciones y me llamo la atención dejando caer su puño en la mesa.

Amelia dio un respingo en su lugar al oír el sonido, al igual que toda la bajilla. Soltó la taza que traía en las manos y tomo ligeramente la de su padre en un signo de calma.

— Papá, ya lo hablamos. Max quiere seguir con— intento explicar por milésima vez pero Enzo la freno en seco al conocer el discurso.

— ¿Sabes cuánto me importa lo que quieres? —zafó el agarre de su hija al inclinarse sobre la mesa en mi dirección—. ¿Tienes idea de lo que es el mundo real? ¡¿Crees que todo se dará como en una patética película?!—Su tono de voz se alzaba cada vez más—. Debes entender que no todos tenemos una vida de ensueño. Métetelo en la puta cabeza, Maxxie.

El enojo crecía con cada una de sus palabras y lo verdaderas que eran. Porque por más que sueñe con el futuro que siempre quise, debo aceptar que no todos tenemos las mismas posibilidades. Mi tía tuvo mucha suerte al conseguir una beca completa en la universidad perfecta, pero no creo tener la misma dicha. Las grandes instituciones no se centran en pueblos y por más grande que sea este, está bien escondido.

Cartas de amor a la Luna Donde viven las historias. Descúbrelo ahora