Silencio incómodo

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Dawn podía jurar que, desde aquella noche donde confesó más de lo que quería, ocurrieron muchos silencios incómodos

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Dawn podía jurar que, desde aquella noche donde confesó más de lo que quería, ocurrieron muchos silencios incómodos. El primero fue en el día después de dicha charla, mientras miraba nerviosa la puerta de su habitación al pensar en que tendría que volverlo a ver. Su mano temblaba mientras estaba posada en la manija de la puerta, sintiendo luego un leve pinchazo en su pierna por parte de Piplup, quien la veía preocupado.

— No me siento capaz de ver a la cara al chico a quien me confesé anoche. — murmuró, ligeramente — ¿Si escapo por la ventana crees que se dé cuenta? — el tipo agua, enojado ahora, le volvió a picotear — ¡Auch! Sí, ya sé que debo enfrentar mis problemas. Aunque esto no es un problema como tal, ¿no? Entonces no tengo por qué... — Piplup la miró enfadado — Vale, basta de excusas... además tengo hambre.

Su inicial no podía estar más de acuerdo.

Finalmente abrió la puerta y bajó a paso lento, dirigiéndose a la cocina con muchas ideas pasando una sobre otra en su mente: ¿Qué le diría respecto a la confesión? ¿Todo está normal entre ellos? ¿Habrá cambiado de parecer y la echará de la casa? Tantas posibilidades preocupaban a la coordinadora, quien no podía sentirse más apenada por los sucesos recientes. Piplup se adelantó y corrió hacia el jardín, sabiendo que ahora él no tenía nada que hacer.

— Claro, huye cuando más te necesi...

— Buenos días, Dawn.

La imagen del pelimorado haciendo HotCakes la desconcertaron. El entrenador se encontraba de espaldas a ella, mas el puchero que hizo por la huida de Piplup fue suficiente para alertar la presencia de la joven. Paul volteó y le señaló una silla para que se sentara, junto a la mesa, mientras este terminaba por servir el desayuno en los platos que yacían puestos ahí. Dawn hizo caso y lo miró inquisitiva: no sabía qué decir o hacer ante la tranquilidad con la que Paul la recibió, sin comentar nada sobre el día anterior. Un silencio sepulcral reinaba en la cocina, donde solo los tenedores y platos sonaban de vez en cuando. El muchacho estaba como siempre y eso, aunque en un inicio tranquilizaba a Dawn, luego le molestó.

— Paul, sobre lo de ayer... — dijo ella de repente, mientras terminaba de comer — Creo que deberíamos...

— Entrenar — replicó el pelimorado, sin dejar de mirar su desayuno — Si me ganas te perdonaría, ¿cierto?

— Sí, pero no me refiero a eso ahora. — sonrojada, movía sus manos — Me refería a lo otro... lo que te dije respecto a lo que siento por... ti.

El joven de ojos oscuros se para y se lleva los platos vacíos de los dos al fregadero. Dawn mira al suelo apenada, ya no sabía cómo continuar con la conversación.

— Déjame pensarlo. — ella entonces lo mira con rapidez, asombrada por sus palabras. Paul, mientras tanto, se dedica a lavar los platos sin siquiera observarla — No tengo una respuesta para ti ahora, después de todo... mi mente es un desastre desde hace meses y luego de todo lo que ha pasado no sé si quiero pensar en dicho tema.

Sonríe para mí, sonríe para tiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora