avalancha de problemas

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Al día siguiente, una frágil ilusión de felicidad reinaba en el hogar de los Midoriya. Sin embargo, para Hisashi, la realidad lo golpeó con crueldad en cuanto pisó su oficina. Como por arte de magia, los rumores se habían esparcido, y sus compañeros de trabajo comenzaron a burlarse despiadadamente de él por tener un hijo con un quirk tan inútil.

La situación no fue diferente para Izuku. En el preescolar, el pequeño se convirtió en el blanco de las mofas de los demás niños. Mientras tanto, su «mejor amigo», Kacchan, era alabado y cubierto de elogios por los alumnos y profesores gracias a su impresionante kosei.

Inko, por su parte, intentaba mantenerse al margen; no se enteraba de mucho o simplemente decidía ignorar las miradas. Pero tras una semana, el aislamiento fue total: se habían convertido en el hazmerreír de toda la vecindad, con la única excepción de los padres de Kacchan, quienes eran buena gente. Lamentablemente, Katsuki era otra historia.

Con el paso de un año, la presión social se volvió insoportable. Hisashi, incapaz de tolerar las humillaciones diarias en su empleo, buscó refugio en el destructivo camino del alcohol. Izuku, cargando con una culpa que no le correspondía, se sentía el único responsable del sufrimiento de sus padres.

En medio de esa tormenta, Inko era el único pilar que se mantenía alegre, esforzándose el doble para intentar subirles el ánimo. Dos años más transcurrieron en esa dolorosa rutina. Un día, Izuku, ya de siete años, observaba en silencio a su madre cocinar mientras esperaba el regreso de su padre.

Cuando la puerta se abrió, Hisashi entró tambaleándose, completamente ebrio. Sin mediar palabra, el hombre soltó un violento golpe que impactó directamente en el rostro del pequeño.

—¡Hip!... Todo es... ¡hip!... tu culpa —masculló Hisashi, sosteniéndose torpemente de la pared y llamando la atención de su esposa.

Inko soltó los utensilios de cocina, horrorizada. Corrió de inmediato a revisar a su hijo, asegurándose de que la herida no fuera lo suficientemente grave como para requerir un hospital.

—¡Hisashi! ¡¿Pero qué diablos te pasa?! —gritó con el corazón en un hilo.

—Estoy bien, mamá, en serio... No importa —susurró Izuku. Con un enorme nudo en la garganta, se llevó una mano a la mejilla izquierda, tratando de ocultar el dolor.

—¡¿Me preguntas qué me pasa?! ¡Hip!... ¡Esto es lo que pasa! —bramó Hisashi con furia—. ¡Somos la burla de todos a donde sea que vayamos! En el trabajo, en el vecindario... ¡E Izuku es el payaso de su escuela! ¿Y todo por qué? ¡Porque no tuvo un buen quirk!

—¡Eso no te da absolutamente ningún derecho a golpearlo! —reclamó Inko, con los ojos llenos de lágrimas.

Sabiendo perfectamente la clase de discusión que se avecinaba, Izuku caminó en silencio hacia su habitación. Se encerró mientras los gritos de sus padres resonaban a través de las paredes.

Aquel infierno doméstico duró un año más, tiempo en el que la pareja finalmente planificó su divorcio. Por seguridad, Inko obtuvo la custodia total de Izuku debido al alcoholismo de su exesposo, quien quedó bajo la obligación legal de enviarles una pensión mensual.

La crisis y el sacrificio

Durante un tiempo, las cosas parecieron estabilizarse. Sin embargo, de un día para otro, Hisashi desapareció misteriosamente y los depósitos de dinero cesaron por completo. Esto desató una crisis económica inmediata. El salario de Inko no bastaba para cubrir el alquiler del departamento, los servicios públicos y los gastos escolares de Izuku.

Un quirk no tan inutilHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora