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EL pequeño apartamento tenía vistas a la enorme «A» de la montaña de Tucson, letra gigante que simbolizaba a la universidad de Arizona y que todos los años pintaban de nuevo los alumnos. La localidad era de casas bajas; sólo en el centro había unos cuantos edificios altos que le daban cierto aspecto de ciudad. Se extendía a lo largo y en todas direcciones, con calles anchas, mucha arena y un calor sofocante. No tenía nada que ver con Bighorn, en Wyoming, el lugar donde la familia de Antonia había vivido durante muchas generaciones.


Recordó la muerte de su madre, un año atrás. Había tenido que regresar a Bighorn para asistir al funeral, y la casa se llenaba de vecinos que se presentaban para dar el pésame o para llevar comida. Su madre había sido una mujer muy querida en la comunidad, y sus amigos enviaron muchos ramos de flores.

 

El día del funeral resultó ser soleado y brillante, de manera que la nieve brillaba con reflejos plateados. Recordó haber pensado que a su madre le encantaba la primavera. Pero ya no vería ninguna  otra.  Su corazón, siempre frágil, no había podido resistir por más tiempo; pero al menos había sido una muerte rápida. Había muerto en la cocina, cuando estaba metiendo una tarta en el horno.

 


 

El servicio fue breve, pero doloroso.  Después,  Antonia y su padre regresaron a la casa, que estaba vacía. Dawson Rutherford se presentó para dar el pésame en nombre de George; estaba demasiado enfermo como para hacer el viaje desde Francia para asistir al funeral. De hecho, murió dos semanas más tarde.

 

Dawson se prestó voluntario para llevar a Barrie al aeropuerto, de manera que pudiera tomar el avión que debía llevarla a Arizona. Y Antonia notó claramente lo mucho que la afectaba la presencia de su hermanastro. Incluso un simple trayecto de pocos minutos ponía muy nerviosa a su amiga.

 

Tenía aquel día grabado en la memoria.

 

Recordó que, poco después, su padre tuvo que salir y que ella se quedó guardando la ropa de su madre. Entonces se presentó la señora Harper, la vecina de al lado, que estaba ayudándolos. Y le anunció que Powell Long estaba en la puerta y que deseaba verla.

 

Había pasado los tres peores días de su existencia, y no se sentía con fuerzas para enfrentarse a él.

 

—Düe que no tengo nada que hablar con él —declaró con orgullo.

 

—Supongo que sabe muy bien lo que significa perder a alguien tan querido.

 

Perdió a Sally hace pocos años —le recordó.

 

Antonia sabía que su esposa había muerto. Pero no había enviado ningún ramo de flores ni se había puesto en contacto con él para darle el pésame, porque la defunción había ocurrido tres años después de que se marchara de Big-horn. Un tiempo demasiado corto como para olvidar la amargura de lo sucedido.

 

—Estoy segura de que comprenderá la situación —insistió Antonia.

 

La señora Harper se marchó y ella continuó con lo que estaba haciendo hasta que la vecina regresó cinco minutos más tarde, con una tarjeta.

 

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