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—MUY BIEN, Martín Pero creó que has olvidado algo, ¿no te parece? El arma secreta de los griegos usaban en las batallas.
Antonia hablo con suavidad, sonriendo Martín era muy tímido, incluso para tener nueve años de edad, y no quería avergonzarlo delante de los otro de la clase.

—Un arma secreta —murmuró, cuyos ojos se iluminaron al caer en la cuenta—. ¡Las formaciones militares!

—En efecto. Muy Bien.

Martín miró muy orgulloso hacia el pupitre dónde se encontraba su peor enemigo, en la segunda fila. Esperaba que no pudiera contestar a la pregunta, y parecía haberse llevado una desilusión. semana laboral. Le pareció extraño qué el reloj bailara en su muñeca.

—Bueno, vamos a recoger — Informó a sus alumnos—. Jack, ¿podrías borrar la pizarra, por favor? Ah, Mary, cierra las persianas cuando puedas.

Los dos niños obedecieron con rapidez, por qué la señorita Hayes les caía muy bien. Mary la miró y sonrió. Antonia Hayes no era tan atractiva como la señorita Bell; por lo general llevaba trajes serios, no minifalda ni camisas atractivas; Tenía un largo cabello castaño que resultaba muy hermoso cuando no se ponía aquél horrible moño y sus ojos eran grises como el cielo invernal. Faltaba poco para las navidades, y solo una semana para la vacaciones. Mary se pregunto que haría entonces la señorita Hayes. Nunca iba a ningún lugar interesante a pasar las navidades, y no hablar de su familia. Pensó que talvez no tenía a nadie.

En aquel momento, sonó el timbre. Antonia sonrió y se despidió de sus alumnos mientras salió de la clase cargando con su cartera. Después arregló un poco el escritorio y se pregunto si su padre iría a visitarla este año, por navidades. Ambos estaban muy solos desde qué su madre había muerto, el año anterior. La pérdida había resultado terrible, como terrible fue tener que ir al entierro y ver a qué Powell se encontraba allí, con su hija. Al recordar el gesto de su duro rostro se estremeció. Su expresión no se suavizó en ningún momento, ni siquiera cuando dieron sepultura a su madre. Había transcurrido 9 años y aún la odiaba. Antonia apenas se fijó en la niña de pelo castaño oscuro que iba con él; era como una cuchillo que estuviera clavado en su corazón, el recuerdo de qué Powell se había acostado con Sally  cuando aún estaban comprometidos Cómo demostrar el hecho de que su problema primogénita hubiera nacido 7 meses después de la boda.

Le dolían tanto que sólo lo miro hacia el lugar donde se encontraba en una ocasión. Y mantuvo la mirada de Powell.

Resultaba increíble que todavía la odiara después de haberse casado y tener una hija cuando seguramente habría oído la verdad por favor antes personas a lo largo de los años ahora era rico. tenía dinero, poder y una hermosa mansión. Su esposa se había muerto 3 años después de la boda y no se había casado nuevo. supuso que echaría a Sally de menos. A diferencia Suya. Odiaba la idea de recordar a la mujer que había sido su mejor amiga. Las mentiras de Sally habían tenido un precio demasiado alto, hasta tal punto de que tuvo que abandonar su hogar. Y lo peor de todo, era que Powell le había creído.

Sin embargo, habían transcurrido nueve años. Tiempo más que suficiente para que pudiera pensar en él sin sentir demasiado dolor. En aquel instante, alguien llamó a la puerta, devolviéndola a la realidad. Era Barrie Bell, una buena amiga suya, la profesora de matemáticas que siempre llevaba minifalda. Barrie era una mujer muy atractiva; delgada, de preciosas piernas y con el pelo largo y casi negro. Sus ojos verdes brillaban con cierta ironía, y era de sonrisa fácil.

El Pasado que nos une Donde viven las historias. Descúbrelo ahora