13. El entrenamiento

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Lo primero que sentí al abrir los ojos fue un terrible dolor en mi mano derecha. 

Me senté en la cama y me toqué la mano señalada con el triángulo de Los Mercenarios. Tenía la mano empapada, pero estaba completamente segura de que no era sudor. 

Con un dedo, toqué la superficie de la palma de mi mano. Me llevé el dedo a la boca, para intentar identificar el líquido que cubría mi mano. 

Tenía un leve sabor a hierro. Sangre. ¡Mi mano estaba sangrando! Intenté vestirme lo más rápido que pude, mastiqué un chicle y me fui corriendo al hospital. 

Esperé a que la puerta se abriera y pasé sujetando mi mano como si fuera mi tesoro más preciado. 

— Tenía la esperanza de que te quedarías — oí la voz de Jas. 

— ¿Y cómo lo sabías? — le contesté.

— Una corazonada, simplemente — sonrió Jas, hasta que vio la sangre que brotaba de mi mano — Pero, ¿qué te ha pasado? Ven conmigo, voy a curarte.

Me agarró de la mano que tenía sana y me llevó con ella. Hizo que me sentara en una camilla y que esperara mientras buscaba lo necesario para curarme la herida. 

Cuando encontró sus utensilios de enfermería, colocó en mi mano un algodón impregnado de un líquido que provocaba un fuerte escozor. 

— Te ayudará a que no se infecte la herida y a cortar la hemorragia — me informó Jas, ya que estaba escuchando mis quejas. 

— ¿No me vendas la herida? — pregunté con curiosidad — No creo que pueda entrenar con esta herida al descubierto. 

— Nos prohíben tapar la marca — me explicó Jas — Pero aprieta el algodón contra tu mano el mayor tiempo posible, hasta que te toque entrenar. Si te sigue doliendo vuelves, ¿vale? 

— Está bien. Muchas gracias por todo, Jas — me despedí. 

— Suerte — se despidió.

Le sonreí y le dije adiós con la mano que tenía sana. 

Volví de nuevo a mi departamento. Abrí un maletín de terciopelo que coloqué ayer dentro de un baúl. Allí dentro estaba mi bola de pinchos. La cogí por el mango. Aún tenía rastros de sangre. 

Con el arma en la mano, me fui a buscar a los demás guerreros, que estarían entrenando sin mí. 

Seguramente, Matt estaría enfadadísimo conmigo. Espero que por esto no me expulse de la asociación. 

— ¿Dónde has andado, novato? — tenía razon: Matt estaba enfadadísimo — ¿Qué has estado haciendo? Dejé claro el apartado de la puntualidad. 

— Lo... siento... Matt..., pero... la marca de mi mano estaba sangrando y... he tenido que ir al... al hospital — tartamudeé. Tenía miedo de que descargase toda su furia sobre mí. 

— ¿A ver? — me cogió de forma brusca la mano — Ya te está cicatrizando. Creo que no tendrás problemas para empezar a entrenar.  

¡Menos mal! Pensaba que iba a ser mucho peor...

— ¡Tú! ¡Thomas! ¡Ven aquí! — vociferó Matt.

— ¿Sí, Matt? — respondió muy educado el tal Thomas. 

— Entrena con Christian — le ordenó Matt — Podéis ir a aquella zona de allí. 

Thomas empezó a caminar y yo seguí sus pasos hasta que se paró en una zona arenosa. 

— Bien — Thomas cogió una bocanada de aire y, después, la soltó — empecemos. 

— Y, ¿Cómo se supone que entrenáis aquí? — pregunté, mientras balanceaba la bola de pinchos de un lado a otro.

— Simulamos una batalla de "El Ocaso". El primero que se rinda, es el que pierde — me explicó Thomas. 

Él se dispuso en un extremo. Yo me dispuse en otro. Dejamos las armas en el suelo. Todas las que vayamos a utilizar, y las nuestras. 

Primero empecé con una espada, que blandí exhibiéndola de manera elegante antes de hacerla impactar contra la lanza de metal que escogió Thomas. Chocamos nuestras armas una, dos, tres veces... mientras producían un sonido metálico. 

Intentó que su lanza fuera directa a mi cuerpo, para que me rindiera, pero yo siempre esquivaba sus intentos de impacto. 

Él no cambió de arma, aunque yo sí. Cogí mi bola de pinchos, haciéndola girar en círculo, de un lado para otro. Pero él siempre interceptaba a la bola con su poderosa lanza. 

En uno de los choques de mi bola de pinchos con su lanza, la bola produjo el efecto inverso: En lugar de tratar de herir a Thomas, me hirió a mí en la mano izquierda. La fuerza de la bola hizo que me cayera al suelo y me retorciera de dolor. 

Thomas estaba de verdad preocupado por mí: 

— ¿Estás bien? 

Lo que no sabía es que a mi lado había un pequeño cuchillo. Lo cogí, sin que él me viera, mientras seguía preocupado por mi caída. 

Empuñé el cuchillo y, cuando Thomas más cerca estaba de mí...

— ¡Maldito! ¡Me has engañado! Eso es jugar sucio. ¡No vale! — gritó indignado Thomas.

— Amigo, en esta batalla, todo vale — contesté, mientras empuñaba el cuchillo hacia donde estaba él. Lo aislé en un rincón, para que no pudiera retroceder ni escapar. Al final, tiró su lanza al suelo y gritó:

— ¡Está bien! ¡Está bien! ¡Me rindo! 

— Eso quería oír — sonreí. 

Me senté en el suelo del campo de entrenamiento, tocando la herida que me había hecho con la bola de pinchos. 

— ¿Es cierto eso que dicen? — se atrevió a preguntar Thomas, que se había sentado a mi lado. 

— ¿El qué? — pregunté, intrigada.

— Que no tienes vista. Que eres ciego. Siempre miras hacia ninguna parte, pero, sin embargo, luchas como si pudieras ver — me explicó. 

— Creo que ya sabes la verdad — le respondí bruscamente. 

Me levanté para irme hacia el hospital. Cuando estaba saliendo del campo, escuché cómo la voz de Matt me estaba llamando. 

— ¡Eh, Christian! — puso su mano en mi hombro — Le he hablado de ti al representante de los guerreros de la tribu más cercana. Y te tengo una gran noticia: ¡Mañana lucharás en tu primer combate de "El Ocaso"! ¡Enhorabuena! 

Me quedé petrificada. 

¡No podía empezar a luchar ahora! No tan pronto. Necesitaba más tiempo.

— Te felicito. Lo harás muy bien — me animó Thomas.

— Gracias — contesté con una voz casi inaudible — Ahora, déjame. Tengo que irme al hospital. 

— Lo siento. ¿He hecho algo mal? — Thomas pensó que me había enfadado con él, pero no era así. Me sentía demasiado mal para estar allí. Necesitaba estar sola. O, al menos, no con él. 

— No es nada contra ti. Pero, de verdad que necesito irme — le respondí.

Y, acto seguido, desaparecí de aquel campo de entrenamiento, en camino al hospital. 

El OcasoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora