3. Tengo miedo

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Palpé el suelo para poder encontrar mi bola de pinchos. Mis manos sentían la tierra árida de la superficie de The Desert. Will cogió su apreciada espada: Ya podía oír su filo. Will y yo comenzamos un entretenido combate.

Nuestras armas chocaban la una con la otra. De vez en cuando cambiábamos de arma y de estrategia. Todo lo necesario para ganar al oponente.

Hacía unos pequeños instantes en los que no oía a Will. No percibía sus movimientos, ni siquiera sus quejas por haberle ganado. Aunque tal vez él no diera el combate por perdido...

— Will, no te escondas detrás de mí. ¿Eso es todo lo que sabes hacer? — le reproché sin girar la cabeza.

— ¡No estoy detrás de ti! — me gritó.

— No me engañes. Tu voz te ha delatado.

— ¿Y qué te hace pensar que estoy detrás? Eres ciega, no puedes verme.

— No hace falta ver para sentir el mundo que te rodea. Hay que saber apreciar cada detalle, cada sonido, cada olor... Hay que mirar el mundo desde otra perspectiva. Al escuchar tu voz, tu respiración, tus pisadas... Son pequeños detalles, pero al saber interpretarlos como es debido, puedo saber... ¡QUÉ ESTÁS DETRÁS DE MÍ! — me giré hacia él nada más pronunciar esas últimas palabras, sosteniendo ahora en la mano un puñal.

El combate duró poco. Tras unos impactos entre su espada y mi puñal, Will soltó su arma, que cayó al suelo, en señal de derrota.

— Papá tenía razón. Esa maestría con la que manejas las armas... Es increíble — se dirigió Will a mí, casi sin aliento.

— El único problema es que no soy un hombre — cerré los ojos.

— Ojalá pudiera cambiarte el lugar — apoyó su mano en mi hombro.

Estaba empezando a darme cuenta de que mi hermano tenía una parte sensible. Una parte que jamás había conocido. Jamás había expresado sus sentimientos, ni siquiera cuando murió papá. Se mantenía frío, distante... Únicamente se atrevía a abrir su corazón cuando estaba conmigo en pocas ocasiones. Y esta ocasión era una de ellas.

Se hizo un silencio profundo. Un silencio tan hondo que se podían escuchar nuestros pensamientos. 

— Tengo miedo, Christine — dijo sentado en el suelo. Yo me senté a su lado. Cogí su mano y la sujeté fuerte.

— ¡Estás temblando, Will! No te preocupes, yo estoy aquí. Cálmate y cuéntame, ¿de qué tienes miedo? — no le solté la mano, pero dejé de apretarla tan fuerte.

— Tengo miedo de lo que pase hoy, mañana, dentro de una semana. Tengo miedo de quedarme solo en el mundo. Tengo miedo del destino, de la vida, de la muerte. Tengo miedo de "El Ocaso". Tengo miedo de pensar que, o mato, o me matan. Tengo miedo de convertirme en un guerrero sanguinario para salvar la vida. Tengo miedo de no poder elegir qué hacer con mi vida. Tengo miedo... de todo — Will se echó las manos a la cabeza. 

— ¡Anímate, Will! Dentro de unos días cumples dieciocho. Vas a poder combatir en "El Ocaso" y ganarte la vida luchando. Y lo harás tan bien como papá. Vas a ser uno de los guerreros más importantes, ya verás — le calmé, acariciándole el rostro. 

— No me voy a ganar la vida, me voy a buscar la muerte. Odio luchar. Desde que murió papá he odiado luchar. No quiero acabar como él. Yo no sé luchar, cualquiera me ganaría. Tú me ganas siempre. Hay guerreros muy buenos allí fuera — señaló el muro, que ocultaba la extensa estepa que había entre tribus — Me van a matar a la primera, Christine. ¡Y lo peor de todo es que no puedo elegir qué hacer con mi vida! 

— Aunque te parezca que las mujeres tenemos toda la vida resuelta, no es así. Vosotros sois los guerreros, los valientes que representan el coraje de las tribus. Nosotras... nosotras somos las que estamos detrás de todo. Lavamos la ropa, nos ocupamos del hogar, cuidamos a los niños... ¿Sabes? Vosotros no sois los únicos que no podéis elegir. A vosotros os condenan a muerte. A nosotras nos condenan a la esclavitud. Yo, a mis dieciséis años, no sé cantar, ni bailar, ni lavar, ni curar. Lo único que sé hacer es luchar — confesé.

— Yo no sé qué voy a hacer en unos días. Tengo demasiado miedo. Nunca he estado en un combate de "El Ocaso". No sé cómo actuar cuando yo participe en uno — su voz se quebraba de vez en cuando. 

Traté de animarlo. Cuando se tranquilizó algo le invité a levantarse del suelo y después me ayudó a mí a levantarme. Cuando los dos estábamos de pie, lo abracé fuerte y le susurré al oído: 

— Ya se está haciendo tarde. ¿Qué te parece si hoy hacemos algo nuevo?

El OcasoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora