Cuesta abajo

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Existe una delgada línea entre seguir con vida o morir.

Esa línea suele ser invisible ante el hecho de que los humanos olvidamos nuestra fragilidad y cómo en cualquier segundo podemos pasar de un bando para otro.

Es por esto por lo que vivimos arriesgándonos como si fuésemos inmortales, como si aquella línea no estuviera ahí desde que nacemos, en constante movimiento dependiendo de nuestros actos.

No es hasta que sentimos cómo nuestra respiración se debilita y todas nuestras fuerzas se transforman en una lluvia de suspiros, cuando comenzamos a verla en nuestro camino.

Le gritamos, la maldecimos, luchamos contra todo para que desaparezca y poder seguir con vida, sin embargo, cuando ese momento llega poco y nada hay que hacer porque la muerte tiene nuestro nombre entre sus listas.

No obstante, hay ciertas ocasiones en donde la muerte disfruta de aquel sufrimiento y prefiere alargarlo antes de tomarte la mano y llevarte con ella.

Eso fue exactamente lo que pasó cuando sentí cómo un balde de agua fría recayó sobre mi cuerpo afiebrado y mi respiración volvió a través de un extraño suspiro de vida.

—Levántate mierda —vociferó uno de los soldados mientras tomaba mi brazo y lo jalaba para que bajara del camión.

No hice nada más que intentar que mi cuerpo reaccionara ante aquellos estímulos mientras sentía cómo todo mi ser temblaba por todo lo que estaba pasando.

Parpadeé un par de segundos tratando de enfocar a mis sentidos bajo la tutela de una noche incomprensible donde cientos de personas nos encontrábamos en línea y los tiros de fusilamiento no dejaban de resonar entre nosotros.

Varios de la fila fueron separados para ser fusilados en grupos de no más de veinte personas mientras el resto solo agachábamos la mirada en un intento de pensar que no seríamos los siguientes.

Habíamos perdido de tal forma nuestro lado humano que ya no nos indignaba el sufrimiento o muerte del otro, sino que agradecíamos que haya sido esa persona la siguiente en la lista de la muerte antes que nosotros.

Después de aquella selección, a cada uno se nos vendó privándonos de nuestra vista y obligándonos a que el miedo nos consumiera por completo ante la oscuridad infinita que nos rodeó de un momento a otro.

Nuestros sentidos intentaban abrazar nuestros temores y convertirlos en esperanza al saber que al menos habíamos sobrevivido a la lista de selección, pero aun así era imposible mostrarse tranquilo frente a un destino incierto en donde caminábamos al lado de la muerte sin consuelo alguno más allá que nuestra fuerza interna de seguir con vida.

Empuñé mis manos mientras mi cabeza me repetía una y otra vez el nombre de Ro con el fin de sacar fuerzas ante la posibilidad de que si sobrevivía a lo que estaba pasando podría reencontrarme con ella fuera de las fronteras de la dictadura, no obstante, aquel acto solo me regaló un par de suspiros de vida antes que me quebrara por completo en el momento en que me quitaron mis ropas dejándome desnuda frente a un par de hombres que hablaban en portugués, quienes a pesar de que traté con mi séquito de conocimiento sobre el idioma, entenderlos, fallé en el intento.

Los gritos a mi lado no tardaron en aparecer mientras yo no entendía lo que sucedía hasta que sentí cómo me tomaron de mis brazos y piernas, comenzando a amarrarme los pies para quedar suspendida en el aire sintiendo cómo mi sangre bajaba a mi cabeza y mi fiebre aumentaba dejando que un par de vómitos cayeran en algún lado del suelo por todo lo que estaba sintiendo.

Los hombres no tardaron en aplicarme algo que quemó mi piel mientras ellos reían en aquel idioma que parecía el de la mismísima muerte.

Todo mi ser temblaba pero sobre todas las cosas sentía que en cualquier momento no iba a resistir y finalmente moriría, no obstante, aquello era desear en alto para alguien como yo.

La despedidaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora