Su respiración contra la mía, sus brazos sedimentando caminos que ella se había encargado de construir a través de besos húmedos por la noche, sus pasiones al este y cada una de sus caricias decorando mi amanecer, eran las razones por las que Ro se ganaba todas mis primeras sonrisas.
¿Y cómo no hacerlo? si aquella mujer solo con estar junto a mí me hacía sentir como un barco en un mar en calma esperando echar sus anclas en las tierras firmes de sus pechos.
Me recosté de mejor manera sobre la lluvia de lunares que ella tenía en sus montañas morenas mientras el horizonte de aquel paisaje era la pequeña sonrisa que esbozó ante las cosquillas que siempre le producía el más mínimo roce entre nuestros cuerpos.
—Éstos si son buenos días —murmuró sin abrir los ojos mientras yo me ponía sobre ella y comenzaba a besar su cuello sintiendo sus manos bajar por mi espalda hasta que finalmente encontró su lugar favorito al apretar mi trasero, provocando que ambas riéramos por el descaro con el cual vivíamos la cotidianidad.
Su cabello rizado despeinado se mezclaba con mi pelo claro que rozaba en sus pechos mientras creábamos un arcoíris con todos los colores de las emociones que se nos salían del pecho pensando en la otra.
—¿Por qué sos tan jodidamente sexy? —sentenció entre risas mientras sus zafiros seguían cada uno de los besos de miel que sembré en la playa de su rostro.
—Porque así nací y así moriré —concreté a lo que Ro prefirió no decir nada y solo se decidió a alcanzar mis labios conquistándome como la primera vez.
Con ella volvía a nacer cada día que pasábamos juntas como si cada amanecer me ofreciera un nuevo tipo de sonrisa y nuevos continentes a bautizar en el lienzo a construir que era su piel.
Las peleas, los regaños, los enojos y todo lo malo dejaba de tomar importancia cuando me recordaba que éramos afortunadas de tener otro minuto más de vida juntas, ya que en un mundo lleno de sombras sin color alguno, nosotras emitíamos cada una de las tonalidades que quisiéramos, teniendo la oportunidad de volver a pintar un mundo que iba más allá de nuestras cicatrices.
—Te amo —murmuró mientras posaba su rostro sobre mi cabello con leves caricias que alimentaban mi alma—, no tenés ni idea de cuánto has mejorado mi vida.
—Es por el buen sexo, no mientas —agregué entre risas y ella ladeó la cabeza divertida.
—Quizá es por lo que simboliza ese anillo —señaló tomando mi mano para que ambas observáramos en silencio el anillo de plata que me había regalado hace un par de días cuando había regresado de Argentina.
En un principio no supe qué decir sobre aquel gesto porque todos mis miedos se agolparon en mi garganta, sin embargo, Ro no exigió palabra alguna, sino que solo regó mi corazón con esa ternura innata que ofrecía a todos los que ella quería.
—¿Qué simboliza?, quiero volver a escucharlo —sugerí buscando sus ojos azules los que no tardaron en llenarse de emoción ante mi pregunta.
—Significa que desde que te conocí has sido una mujer independiente, una luchadora de esas que aparecen en las páginas de los libros de historia, pero siempre hay una parte oscura que necesita a un corazón más para que lo acompañe porque a veces no se puede luchar sola —dijo acariciando con delicadeza el anillo—. Significa que te ofrezco el mío para que guíe tu camino, así cada vez que estemos lejos, podrás tenerme —aseveró sin dejar de sonreír—, significa que no voy a permitir que sigas luchando contra las cicatrices del ayer sin tenerme ahí recorriendo tu piel.
—¿Vas a estar siempre para mí? —pregunté sintiendo cómo mis lágrimas caían ante tantos años de tempestad siendo solucionados por un mar de esperanza, el cual estaba comenzando a cubrir mis heridas con palabras de amor y gestos inefables.
ESTÁS LEYENDO
La despedida
Historical FictionFernanda Abarca no sabía que su color favorito pasaría a ser el tono azulado de esas pupilas salvajes hasta que conoció a Rosario Peralta. Tampoco sabía que Argentina se quedaría con una gran parte de sus recuerdos mientras que su tierra no dudaría...
