—Ro —susurré mientras todo mi cuerpo temblaba ante la debilidad que sentía por llevar sobreviviendo tres días con un poco de agua y apenas un pan duro que nos habían ofrecido por primera vez en la mañana.
Intenté recostarme de mejor manera y callar todas las voces que mi estado afiebrado atraía.
Un par de lágrimas rodaron en mi rostro tratando de que el silencio y la oscuridad dejase de absorberme por completo.
La desesperanza se había sembrado en mi interior con la misma fuerza avasalladora con la que lo hizo el miedo a morir en este lugar.
Los días que entre comillas había clasificado como tranquilos se convirtieron rápidamente en una pesadilla cuando comenzaron a seleccionarnos para ir a un cuarto oscuro donde nos separaban en cuatro filas distintas, dentro de las cuales siempre existía una a la que llamábamos la de la muerte, ya que en ésta ubicaban a más de diez personas y las fusilaban con ametralladoras mientras las paredes se teñían con la sangre roja que los soldados afirmaban que era menos valiosa que la de ellos.
Mi primera reacción frente a ello fue sentir cómo mi garganta se cerraba ante la horrible crueldad con la que actuábamos los seres humanos, hasta que después de más de tres selecciones ya lo tomaba con normalidad e intentaba no pensar si la línea en la que estaba era la de la vida o la de la muerte.
Ya ni siquiera sabíamos a qué día estábamos ni mucho menos las razones por las que estábamos en este lugar.
Ya no había distinciones concretas entre los hombres y las mujeres, ya que más de una vez habían traído a un par de prisioneros para matarlos en nuestro camarín como también habían sacado a un par de nosotras para fusilarlas probablemente en el sector donde se ubicaban los hombres.
El miedo y la desesperación absorbieron nuestra rutina donde no había minuto en que no pensáramos que íbamos a morir y aunque los golpes se habían vuelto algo de todos los días, los gritos de dolor no dejaban de carcomer mi cordura y muchas veces había tenido que dormir tapándome los oídos mientras me repetía una y otra vez cualquier canción que me hiciera olvidar que estaba en aquel lugar.
A veces pensaba en cómo era amanecer en los brazos de la morena, otras me refugiaba en su risa y en los hoyuelos que aparecían en su rostro de una forma tan inocente que la hacían parecer tan surrealista, a tal punto de que más de una vez había puesto en duda los años que llevaba a su lado.
Era increíble cómo un par de días me habían arrebatado mi dosis de humanidad a tal punto de que mis recuerdos parecían una fantasía y aquella tortura mi realidad eterna.
Como si jamás hubiera vivido más allá de esas colchonetas en el suelo y las frías paredes que separaban a todas las almas en desgracia que se encontraban en los camarines.
A diferencia de los dos primeros días, las mujeres que nos encontrábamos recluidas habíamos dejado de emitir cualquier sonido, estábamos tan enfrascadas con nuestros propios demonios que era imposible darle voz a alguna de nuestras palabras.
Ya ni siquiera existía mirada alguna que tuviera un brillo que pudiese ser catalogado como humano. Todas éramos muertes vivientes como si supiéramos de que no había una línea que nos diferenciara de a todos los que habían fusilado y torturado durante el tiempo que llevábamos recluidas.
El silencio era nuestro peor verdugo como también lo era la realidad y la soledad.
Suspiré en un intento de no pensar en la música que sonaba a todo volumen y que, aunque trataba de apalear los gritos, realmente no lo hacían, solo provocaban que toda nuestra piel se erizara porque cuando comenzaba la música, sabíamos que también era el inicio de los momentos de tortura y selección, por lo que varias de nosotras al escuchar la música procedían a llorar y rezar por sus vidas.
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La despedida
Fiction HistoriqueFernanda Abarca no sabía que su color favorito pasaría a ser el tono azulado de esas pupilas salvajes hasta que conoció a Rosario Peralta. Tampoco sabía que Argentina se quedaría con una gran parte de sus recuerdos mientras que su tierra no dudaría...
