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-¡Paa! -gritó Fabricio al entrar a casa, dejando caer su mochila en el sillón como cada día. Corrió hacia la cocina, donde encontró a su padre Daniel-.
Daniel se giró con una sonrisa cansada, pero llena de amor al ver a su hijo. Extendió los brazos, inclinándose apenas para recibir el beso que Fabricio le dejó en la mejilla.
-Hola, mi amor -le saludó con ternura mientras acariciaba suavemente su cabello-. ¿Cómo te fue hoy?
-Bien, pa... -repondió con un tono algo inseguro, como si estuviera midiendo las palabras-. Pero... necesito hablarte de algo.
-Claro, chiqui. Contame, pero mientras anda poniendo la mesa que la comida ya está, ¿Sí?
Fabri asintió sin decir más y fue hacia el mueble de madera donde guardaban los platos. Instintivamente tomó tres, como lo había hecho durante tanto tiempo. Pero luego se detuvo, y uno de ellos se le escapó de las manos, golpeando suavemente la encimera con un ruido sordo.
Tres platos. Siempre tres.
Se quedó un momento observándolos, ese tercer plato vacío que ya no hacía falta. Lo dejó de nuevo en su lugar, tragando saliva con fuerza, y regresó a la mesa solo con dos.
Mientras colocaba los cubiertos, su mente seguía buscando la forma de decirle a su padre lo que le preocupaba. Sabía que Daniel iba a entenderlo, que jamás lo juzgaría, pero aúna sí... tenía miedo. Miedo de decirlo mal, de no ser suficiente, de fallar al intentar ayudar.
Finalmente, cuando se sentaron a la mesa y sirvieron la comida, Daniel lo miró con esa paciencia infinita que siempre tenía cuando sabía que su hijo quería abrirse.
-¿Y bueno? -dijo cun suavidad, sonriendo de costado-. ¿Qué es lo que pasa, chiqui? Sabés que podés contarme lo que sea, yo no te voy a juzgar. Sin miedo.
Fabricio jugueteó un momento con la servilleta entre sus dedos.
-Sí, lo sé, pa -sonrió nervioso-. Es solo que... no sé si me corresponde contarlo.
-Un compañero -musitó, rascándose la nuca-. Pasa que... a este chico todos lo molestan, pa. Lo he visto llorando en los baños y... no deja que nadie se le acerque. Siempre actúa como si no le doliera, pero yo sé que sí. Dicen que tiene problemas en su casa... y encima lo molestan en la escuela. Yo, claramente, no soy psicólogo ni nada, pero me da cosa verlo así. No quiero que esté solo si está mal. Quiero acercarme, ayudarlo de alguna forma... aunque sea acompañarlo.