bir (1)

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El sol cayó aquella tarde más despacio que nunca. En realidad, pareció quedarse un rato más de lo normal bailando en el horizonte con las olas del mar. Pareció contarles secretos eternos a las nubes intentando atrasar el atardecer. Pareció brillar con más intensidad y durante más tiempo mientras el hombre sentado en el suelo del paseo junto al Bósforo tocaba la guitarra.

El sol adoraba escucharle y procuraba quedarse más,
siempre más,
para disfrutar de su voz lo máximo posible.

Pero el sol tenía que irse, y en su despedida junto a la línea de lo que parecía el fin del mundo, le dejó su legado a la mujer que acababa de llegar.

Una mujer que, al igual que el sol, retrasaba su partida para escuchar la música de aquel hombre.

La mujer se llamaba Hande Erçel.
Y el hombre se llamaba Kerem Bürsin.

Y aunque ellos no se conocían todavía, el sol ya los había presentado en otra vida.

Desapareció dejando una tenue luz sobre ellos que hizo brillar el cabello de la mujer y que marcó la silueta del hombre como si fuera una presencia más.
Desapareció y les empujó a mirarse, a sentirse.

Kerem siempre había soñado con ser actor. Era algo que pedía a los tréboles de cuatro hojas cuando era pequeño y en las hojas que escribía con deseos cuando fue adolescente, las que quemaba el día de año nuevo.
Pero el destino no le estaba ayudando y le había llevado a ser un artista callejero que alegraba la vida de los transeúntes a la vez que conseguía algo de dinero para pagarse los estudios.

Al principio le fue difícil porque nadie se paraba a oírle y escuchaba risas a sus espaldas y burlas que casi le llevaron a rendirse. Sin embargo, ese verbo nunca había estado en su vocabulario, así que Kerem se levantó sobre sus propios pies y se plantó cada tarde a las orillas del Bósforo.

Y, eventualmente, la gente se quedó a escucharle.
Y la gente comenzó a aplaudirle.
Y la gente empezó a dejarle monedas.
Y Kerem hizo crecer la sonrisa más bonita en su cara como agradecimiento.
Y así fue pasando el tiempo.
Día a día.
Mes a mes.
Lira a lira.
Hasta que algo cambió.

Porque de repente había una mujer que se quedaba cada atardecer. Una mujer que miraba. Y le miraba. Solo a él.
Y sonreía. Y le sonreía. Solo a él.

Y Kerem, que nunca había creído en nada, comenzó a creer en ella,
en su sonrisa,
en su presencia.

Y dejó de cantarle al agua y al sol para cantarle a ella.
A esa mujer de ojos dulces.

Así que, como cada tarde desde hacía demasiado tiempo, crearon esa burbuja en la que solo estaban ellos dos.
Porque daba igual que hubiera gente allí, también escuchándole, cuando Kerem solo podía verla a ella. Cuando Kerem no quería hacer nada más que no fuera mirarla y dedicarla cada canción.

Hande, separada del resto, con un café en la mano, cerraba los ojos y le escuchaba.
Y sentía una conexión inexplicable.
Y es que, sin conocerle, sin siquiera saber su nombre, soñaba con su voz.

Eran dos extraños unidos por un horizonte de melodías que les llegaban al alma.

Kerem ansiaba acercarse, pero se escondía detrás su guitarra, esperando que las letras de las canciones hablaran por él.
Y Hande le entendía, porque no necesitaban hablarse cuando la música les unía de esa forma.

No obstante, un día salió de un rodaje y estaba más cansada que nunca y estaba algo triste también y el hombre a orillas del Bósforo cantó Chantilly Lace y ella sonrió por primera vez en casi 24 horas y se dio cuenta de que tenía que darle las gracias.
Así que escribió una pequeña nota y simplemente le puso eso.

Inara ➳ hankerHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora