PRÓLOGO El principio de todo.

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Su mirada se encontraba en el suelo, precisamente sus manos.

El color rojizo que estas cubrían le hacía temblar grandemente, no se podía creer la clase de cosas que se encontraba ejecutando. En su niñez jamás se imaginó que terminaría de tal forma, siempre creyó que sería alguien de bien y aun así, se encontraba agachada con sus manos llenas de sangre, la perteneciente a gente inocente y unos no tan inocentes. ¿Cómo las cosas acabaron así?

Una pregunta a la cual seguía sin tenerle una respuesta.

Un sonido agudo que llego a sus oídos le hizo estremecerse y llevar una mano a su oreja, provocando que finalmente levantara la vista del suelo. Todo a su alrededor estaba completamente destruido, lleno de llamas y cadáveres. Podía escuchar los gritos de agonía de las personas a su alrededor que eran asesinas por personas como él. Alguien se le acercó y le gritaba algo, pero no tenía buena audición y por eso no le estaba entendiendo, su voz se escuchaba con eco. No era extraño que no pudiera oír, después de todo, no muy lejos de donde estaba arrodillada, explotó uno de los tantos cañones que lanzaban.

La persona que le habló lo levantó del suelo y la arrastro en una cierta dirección, todo a su alrededor parecía alentarse mientras más se movía. De pronto, sintió un empujón y antes de poder volver a reaccionar, sentía el calor en su espalda, otro cañón dio contra el piso causando que la persona que lo movió, terminara hecha pedazos. Ella terminó con muchas más heridas de las que ya se encontraba y más aturdida puesto que se golpeó la cabeza, lo supo cuando sintió la sangre caer.

No le quedaba mucho tiempo, se daba cuenta de ello por su propio estado.

Con la poca fuerza que aún le quedaba, intento levantarse del suelo, pero repentinamente terminó sintiendo un tirón, al llevar su mirada en dicha dirección, se encontró con una persona. Trataba de balbucear algo, pero jamás se le iba a entender, se daba cuenta que no le quedaba mucho tiempo de vida, ya que un gran pedazo de concreto se encontraba sobre la mitad de su cuerpo.

-A-a... ayu... da.

Escuchó en un hilo de voz, antes de observar como la mano le dejaba ir, el pobre chico dio su último aliento.

No tendría más de quince años el chico que acababa de pedirle ayuda y aun así, murió sin conocer los placeres de la vida, un chico que probablemente no sabía ni leer ni escribir. Sintió un fuerte dolor en su pecho y llevo su mano para cerrarle los ojos al pobre niño que acababa de dejar esa vida. Se levantó de su lugar, aun estando aturdida, el sonido que se producía no muy lejos de allí se escuchaba lejano. Gente gritando, flechas atravesando personas, cañones destrozando el lugar, personas quemando casas, dentro de poco ese sitio sería reducido a cenizas.

¿Cómo todo terminó de esa forma?

Aunque se lo preguntara, no iba a obtener respuesta.

Caminó un poco, viendo todo el caos a su alrededor, desviando la mirada de las personas muertas que dejaba a su paso. Detuvo su andar de golpe cuando delante de ella se encontraba lo que antes fue una pequeña capilla, la estatua que caracterizaba el lugar se encontraba tirada de medio lado, a pesar de todo, se encontraba en buen estado a comparación de su alrededor. Al ver esa estatua que reflejaba la divinidad, se preguntó dónde estaba esa persona que se supone debía de velar por ellos en esa catástrofe.

Aun cuando la irá fue lo primero que sintió, terminó arrodillada frente a la torcida estatua de mármol. Unió sus palmas para cerrar los ojos un instante, esa posiblemente se trataría de su última plegaría, esperaba lograr que llegara a ese ser místico que los protegía. Respiró hondo antes de abrir los ojos y mirar al cielo un instante, el cual estaba cubierto por nubes negras, suponía que debido al fuego.

Mi niño amadoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora