Pacto de Sangre

300 29 25
                                    

Por la barbas de Merlín...

La mirada desconcertada de Draco Malfoy se estaba clavando exclusivamente en mis tetas.

—¡¿Puedes dejar de mirar?! —giré sobre mis talones y me cubrí con mis manos, sin lograr ocultar demasiado, en realidad—. Hurón pervertido.

estás exhibiéndote frente a mí —su voz áspera se introdujo en mis oídos—. Y soy un hombre, Weasley. No puedo evitar mirar a una mujer desnuda así como así, incluso si se trata de una comadreja.

—Vete al infierno —atiné a decir mientras recogía mi sostén y mi vestido esparcidos por el suelo.

—Ya estuve allí —una mueca se formó en sus labios—. Anoche, ¿lo recuerdas?

Me detuve en seco, casi olvidando que debía cubrirme para que aquel ser odioso no me comiese con la mirada.

—¿De qué hablas?

—Oh, además de pobretona eres descerebrada —Malfoy se sentó en la cama, y pude notar que tenía que esforzarse para no formar una mueca. Seguramente los efectos del alcohol estaban provocando malestar en su cuerpo también.

—¿De qué demonios estás hablando, Malfoy? —repetí, alzando la voz. No contaba con la paciencia suficiente para entrar en su jueguito de insultos adolescentes—. Dime si tú recuerdas algo porque...

—Sexo —me cortó, alcanzando sus pantalones y poniéndoselos—. Hemos tenido sexo.

—No, claro que no —no sabía por qué había negado de esa forma, dado que me había despertado en la misma cama que él, desnuda, aún un poco borracha y sin memoria—. No podría... yo no podría...

—¿Ponerle los cuernos a San Potter?

—Ya no estoy con Harry, hemos terminado —y era una verdad que aún me dolía, pero que ambos habíamos acordado dado que el amor se había desvanecido hacía meses.

—Sí, no dejabas de decir eso anoche, Weasley —Malfoy se puso de pie, acercándose—. Que tú y San Potter no se amaban más, que no lo podían haber arreglado, que él tampoco se había esforzado mucho. Bla, bla, bla —alzó una ceja—. Cúbrete si no quieres que mis ojos estén ahí de nuevo —dijo sin ningún tipo de vergüenza, señalando mi pecho.

—Eres un idiota —le di la espalda y me coloqué el sostén y el vestido de un tirón, sin importar realmente cómo lucía.

—Ayer no parecías pensar lo mismo —oí que se movía a mis espaldas, sigilosamente—. En realidad, tus comentarios decían todo lo contrario.

Me giré para enfrentarlo, complemente cubierta —o al menos de una forma decente, porque el vestido rojo que llevaba no era especialmente largo y tendido—, pero no esperaba encontrarlo a dos centímetros de distancia.

Malfoy tenía una mirada juguetona que no se molestaba en disimular. Y se clavaba despiadadamente en la mía.

—Por lo visto, ayer no estaba en mis cabales —contraataqué, sin inmutarme con sus acciones de animal a punto de atacar a su presa.

Bueno, si así es cómo te refieres a que habías bebido la mitad del bar, pues incluso no estando en tus cabales has terminado en mi cama —Malfoy arrastró sus palabras de forma petulante tal como lo recordaba, acercándose otro centímetro.

Un intenso olor a alcohol, cigarrillo y —válgame Merlín— sexo inundó mis fosas nasales hasta penetrarse dolorosamente en mi cerebro. Dios. De sólo pensar que hacía unas pocas horas atrás había compartido un encuentro íntimo con aquel cuerpo, las náuseas se abrían paso en mi esófago.

El hurón y su comadreja Donde viven las historias. Descúbrelo ahora