CAPÍTULO 01

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Amistoso regalo

Joshua.

El olor a sexo invade la alcoba así como mis fosas nasales en medio de un trío con dos lindas y rubias prostitutas que me envió el líder de la mafia coreana «Su-ji Park» a cambio de armamento pesado.

No sé si me vio la cara de pendejo, pero las disfrutaré y luego negociaré con él, porque mi mercancía no se cambia, se vende, y a un precio alto.

—Siéntate —le ordeno a una de las chicas que obedece de inmediato con una sonrisa traviesa.

Se sienta en mi cara con el coño al aire mientras la otra arremolina, succiona y lame mi miembro como si fuera el mejor de los manjares «joder». Tiene una que otra arcada de vez en vez y no lo cubre todo con la mano pero, valoro el esfuerzo.

Empiezo a lamer y succionar los fluidos que destila la chica sentada en mi cara logrando que gimotee al mismo tiempo que aprieto sus muslos conteniendo el derrame que todavía no me apetece soltar.

La polla me palpita, tengo la respiración agitada, la chica se corre en mi cara y yo la saboreo gustoso «dulce». Un par de lametones más por parte de la otra chica y me corro en la boca de la chica con un derrame largo.

El sonido del intercomunicador hace tanto estruendo que me irrita, la chica que me usó mi cara de asiento se hace a un lado mordiendo el lóbulo de mi oreja mientras que la otra hace lo que quiera con mi cuello.

Presiono el botón rojo que palpita contestando la llamada.

—¿Murió? —inquiero.

—Sí, señor —habla Nicole, mi mano derecha— Lo enterrarán en unos minutos en un cementerio cerca de nuestro territorio.

No sé si darle las gracias a Dios o a Satanás.

Por fin murió la escoria que mató a mi hermano.

—Envíales el pésame a su hijita y a su nieta —aprieto la mandíbula cuando el glande de mi polla roza con la entrada húmeda de una de las chicas— Ya sabes, el regalo.

—Enseguida.

Me es inevitable sonreír antes esta buena noticia. Tomo el vaso de whisky y le doy un sorbo.

Oprimo el botón colgando la llamada y la chica que me cabalga estampa sus labios contra los míos en un beso desesperado.


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Atlanta.

Dejo reposar mi cabeza sobre el asiento del auto admirando el espectáculo que ofrece el cielo al pintarse de gris claro «Una auténtica belleza».

Siento un peso en el hombro izquierdo y el aroma a vainilla que se cuela en mis fosas nasales me hace acariciarle con delicadeza el suave cabello castaño a mi hija.

—Ya sabes lo que tienes que hacer —le digo.

—Sí, mamá —levanta su cabeza hasta conectar su mirada con la mía— Sabes que soy buena actuando.

Le beso la coronilla y sonrío al ver que se toma en serio su papel.

Se sorbe la nariz con un pañuelo mientras las lágrimas le humedecen las mejillas, la vestimenta negra hace que la miel de sus ojos resalte.

Qué estúpido fue Sullivan al pensar que mi padre era mi talón de Aquiles. Mi verdadera debilidad está a mi lado secándose las lágrimas.

Escondo la glock en mi bota, Ataliah hace lo mismo con una navaja.

Me dirán mala madre pero, ni siquiera la entrené yo; salí un día y cuando regresé a la mansión, ya ella sabía dar tiros certeros en los blancos. Casi me daba un infarto cuando la ví sujetando el arma pero era algo que tarde o temprano sucedería.

Los autos se detienen y mis escoltas bajan examinando el perímetro. Nos hacen una seña y salimos del auto.
Se siente raro estar en un cementerio luego de tantos años. Siempre he pensado que venir sin una razón de peso es de mal agüero.

Observo cómo sacan el ataúd de mi padre como sin ningún atisbo de delicadeza. En el fondo me duele que haya muerto porque no era mal padre, pero estoy tranquila porque vivió lo suficiente y como quiso.

Colocan el ataúd sobre una base metálica para bajarlo, miro hacia los lados sintiendo algo raro. Todo está tranquilo y eso no era lo que queríamos.

Enterrar a mi padre en un territorio cerca de los Sullivan era una estrategia para que ellos vinieran hasta aquí buscando explicaciones y aprovechar el momento para pegarles un tiro en la frente a Joshua y a Joseph de una vez por todas, pero nada es como queremos.

—¿Sucede algo? —pregunta Atalaiah al notar mi inquietud.

—Esta tranquilidad no me está gustando.

Empiezan a bajar el ataúd y mis alertas se activan cuando veo a un chico delgado, pelirrojo, con gafas de sol y vestido de negro caminando con una pequeña caja en nuestra dirección. Mis escoltas también se ponen alerta y dejan a un calvo bajando el ataúd.

—¿Atlanta Hamilton? —grita el chico.
No respondo, saco el arma de mi bota y el chico lanza la caja al aire y echa correr a la entrada del cementerio.

Todo parece suceder en cámara lenta. Unos de mis escoltas le pega un tiro a la caja y esta hace una pequeña explosión en el aire mientras derrumbo al chico a punta de tiros.

Miro de reojo si ya bajaron el ataúd, el calvo está de cuclillas cubriéndose la cabeza con las manos.

Camino hacia lo que quedó de caja y frunzo el ceño cuando veo una pequeña hoja doblada intacta.

—Señorita, puede ser peligroso —advierte uno de los escoltas.

—Sin peligro la vida no sería bonita.

Me agacho tomando la hoja, y sonrío irónica al ver el mensaje dentro de ella:

Un amistoso regalo para expresar nuestras condolencias. Lástima si todavía tienes las manos intactas al momento de leer esto.

Arrugo la hoja y la tiro al suelo. Un tiro en la cabeza calva del hombre que bajaba el ataúd es suficiente para que caiga en el agujero que seguramente él mismo hizo.

Ingenuos Sullivan, no saben con quién se meten.

EFÍMEROS (EN PAUSA)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora