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Habían pasado tres días desde el cumpleaños celebrado en la mansión Phantomhive.

El eco de la celebración, la música, y el movimiento de los invitados se habían desvanecido, dejando la mansión en su habitual silencio elegante. Los corredores resonaban con pasos medidos, y únicamente el leve crujido de la madera bajo los pies o el pasar de algunas hojas rompía la calma.

Ciel se encontraba en su despacho, revisando varios informes extendidos sobre su escritorio. La expresión de su rostro, concentrada y severa, apenas dejaba entrever los pequeños recuerdos de la celebración reciente.

Los recientes asesinatos en Whitechapel comenzaban a dibujar un patrón inquietante: todas las víctimas eran mujeres, todas encontradas en callejones oscuros, siempre de madrugada, siempre con una violencia que parecía deliberada y calculada. La mente de Ciel trabajaba con rapidez, uniendo piezas invisibles para otros, mientras Sebastián permanecía junto a él, impecable como siempre.

—Los informes policiales siguen siendo incompletos —murmuró Ciel, dejando uno de los documentos a un lado—. Ocultan demasiados detalles.

—Lo habitual cuando la policía teme sembrar pánico entre la población, mi lord.

Ciel levantó apenas la mirada, con los ojos azul profundo reflejando una determinación fría.

—Entonces tendremos que obtenerlos por otra vía.

No necesitó decir más. Sebastián inclinó ligeramente la cabeza.

—Entiendo.

Al poco tiempo, abandonaron la mansión. El aire de Londres los envolvió: húmedo, gris, con el eco de la ciudad mezclándose con el aroma de la lluvia reciente. El carruaje avanzó hasta detenerse frente al establecimiento más peculiar al que Ciel acudía cuando necesitaba información que otros no podían ofrecer: la funeraria de Undertaker.

Como siempre, el interior olía a madera vieja, incienso apagado y humedad atrapada entre ataúdes. Las sombras parecían más densas allí dentro, apenas atravesadas por la luz tenue que entraba desde la puerta.

Undertaker apareció tras el mostrador, su sonrisa habitual curvando ligeramente el rostro.

—Oh... si no es el joven conde Phantomhive... qué visita tan poco alegre para una mañana tan hermosa.

Ciel ignoró el comentario y fue directo al punto.

—Necesito información sobre Whitechapel.

Undertaker inclinó ligeramente la cabeza, saboreando la petición.

—Información... hm... —sus dedos largos golpearon suavemente la madera—. Moneda corriente no me interesa. Pero un pequeño entretenimiento... eso siempre mejora mi humor.

Ciel frunció apenas el ceño.

—No tengo tiempo para tus juegos.

—Entonces tu señorito se irá sin nada —respondió Undertaker, su sonrisa ampliándose aún más.

Sebastián observó al hombre durante unos segundos antes de inclinarse ligeramente hacia Ciel.

—Mi lord, permitidme un instante.

Sin añadir palabra, lo acompañó hacia fuera. Ciel no protestó, aunque claramente le desagradaba interrumpir. La puerta se cerró tras ellos.

Durante unos minutos solo se escuchó el murmullo lejano de la calle. Entonces, desde dentro, estalló una carcajada tan fuerte que incluso hizo vibrar ligeramente el cristal de la entrada: una risa grave, prolongada, completamente descontrolada.

Ciel alzó la vista. Sebastián abrió de nuevo la puerta.

—Podéis pasar.

Al regresar al interior, Undertaker seguía inclinado sobre el mostrador, riéndose todavía, limpiándose una lágrima bajo las gafas.

—Magnífico... absolutamente magnífico... hacía tiempo que no me divertía así...

Ciel dirigió una breve mirada a Sebastián, que permanecía impecable, como si nada hubiera ocurrido. Sin decir palabra, volvió al asunto principal.

—La información.

Undertaker soltó una última risa baja antes de incorporarse. Su tono se volvió más pausado y solemne.

—Las calles hablan mucho cuando uno sabe escuchar... y los cadáveres hablan aún más.

Tomó uno de los informes dispersos y lo deslizó hacia Ciel.

—No todos los detalles llegaron a la policía... o mejor dicho, no todos los dejaron circular.

Ciel bajó la vista hacia el papel. Undertaker apoyó ambos codos sobre el mostrador.

—En varias víctimas no solo hubo cortes violentos.
Hizo una pausa breve.
—Se extrajo un órgano.

Ciel levantó la mirada.

—¿Un órgano?

—Sí... con mucha delicadeza.

La sonrisa de Undertaker desapareció lentamente.

—No fue un corte torpe ni improvisado. Fue limpio... preciso... casi elegante.

Incluso Sebastián fijó más la atención.

—Una extracción realizada con una exactitud que difícilmente podría ejecutar alguien sin conocimientos anatómicos —continuó Undertaker—. La precisión del corte sugiere práctica médica... o al menos alguien que haya estudiado medicina de cerca.

Ciel guardó silencio unos segundos. La naturaleza del caso cambiaba por completo. No se trataba simplemente de un asesino impulsivo. Había método. Había conocimiento. Había intención.

—¿Qué órgano? —preguntó finalmente.

Undertaker sonrió apenas, disfrutando de la reacción contenida.

—El útero.

El silencio se prolongó. Ciel no apartó la mirada del informe. Sebastián, inmóvil, permanecía atento a cualquier pensamiento que cruzara por la mente de su lord.

—Entonces el objetivo no es solo matar —dijo finalmente Ciel—. Hay una razón concreta detrás de cada víctima.

—Eso parece —respondió Undertaker—. Y quien lo hace sabe exactamente dónde cortar.

Ciel tomó el documento.

—Necesito fechas exactas, ubicaciones y nombres.

Undertaker deslizó varios papeles más.

—Ya sabía que preguntarías eso.

Mientras Ciel revisaba cada dato, Sebastián observaba el patrón junto a él:

Whitechapel.
Madrugada.
Mujeres.
Siempre la misma brutalidad cubierta por precisión.

Finalmente, Ciel dejó los papeles en orden.

—Con esto basta por ahora.

Undertaker sonrió de nuevo.

—Oh... yo diría que esto solo acaba de empezar.

Al salir de la funeraria, el aire frío volvió a envolverlos. Durante varios pasos, Ciel permaneció en silencio. Pensando. Uniéndose a las piezas.

—Medicina... —murmuró al fin.

Sebastián caminó a su lado.

—Eso reduce considerablemente el círculo de sospechosos, mi lord.

—Y significa que quien lo hace no actúa por simple locura.

Sus ojos azules se endurecieron.

—Hay intención detrás de cada corte.

El carruaje los esperaba al final de la calle. Y aunque Londres seguía moviéndose como cualquier otro día, algo en aquella información había cambiado el peso del caso. Porque ahora Jack el Destripador ya no era solo un monstruo oculto entre sombras. Ahora tenía método. Y eso lo volvía mucho más peligroso.

Daddy's little.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora