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El carruaje avanzaba lentamente por las calles silenciosas de Londres. La niebla persistía, apenas levantada por el movimiento de las ruedas, y el aire olía a tierra húmeda y madera quemada. Ciel permanecía sentado erguido, las manos apoyadas sobre sus rodillas, el rostro imperturbable, pero con la mente cargada de recuerdos y emociones que no podían expresarse en palabras. Cada movimiento, cada respiración contenía la tensión de lo ocurrido la noche anterior. Sebastián estaba a su lado, impecable y atento, su presencia era un muro de seguridad frente a cualquier imprevisto, un ancla que mantenía a Ciel anclado a la realidad incluso cuando su mundo interno parecía tambalearse.

La iglesia se erguía solemnemente al final de la calle. Sus altas ventanas góticas dejaban filtrar rayos de luz que dibujaban patrones de colores sobre el suelo de piedra. La puerta principal estaba abierta, invitando a entrar en un espacio donde cada sombra parecía susurrar historias del pasado. La atmósfera que los recibió fue pesada, solemne, cargada de respeto y memoria; un silencio que parecía hacer eco del dolor de quienes habían perdido a Angelina Dalles, Madame Red. La majestuosidad del edificio gótico, con sus columnas altas y vitrales que filtraban la luz del sol de manera casi mágica, contrastaba con la crueldad de la noche que acababan de vivir en Whitechapel.

Ciel descendió del carruaje con pasos medidos, cada uno resonando sobre los adoquines húmedos de la calle, una cadencia que marcaba determinación. El vestido rojo que había elegido para Madame Red, cuidadosamente doblado, descansaba en sus manos. No era un color típico de luto, pero Ciel había decidido que aquel tono intenso representaba mejor a su tía, su vida y su espíritu: fuerte, desafiante y, a su manera, hermoso incluso en la muerte. Cada paso hacia la entrada era una decisión silenciosa, un acto de afecto que reemplazaba cualquier palabra, un gesto que demostraba que incluso en la pérdida, la memoria podía ser preservada con respeto y belleza.

Dentro, la iglesia estaba llena de asistentes. Sus rostros eran una mezcla de respeto, tristeza contenida y curiosidad reverente. La atención se centraba en la figura inerte frente al altar: Angelina Dalles, Madame Red. Su cuerpo estaba cuidadosamente preparado, la serenidad del descanso final contrastando con la violencia de la noche anterior, con los ecos de la tragedia que aún vibraban en la mente de Ciel. Cada asistente permanecía inmóvil, conteniendo la respiración, respetando el momento, conscientes de que la presencia de Ciel imponía una autoridad silenciosa que no necesitaba palabras.

—No —susurró Ciel, apenas audible—. El blanco… no… no le va a ella.

Sebastián inclinó levemente la cabeza, consciente de la intención de su joven amo. Comprendía que aquel acto no era un capricho; era la manera de Ciel de rendir homenaje, de decir todo lo que las palabras no podían expresar. Ciel se abrió paso por el pasillo central, cada paso firme y calculado. Con delicadeza, colocó el vestido rojo sobre el cuerpo de Madame Red, cubriendo su figura con la tela brillante que parecía recuperar algo de la vida que la muerte había arrebatado. La tela no solo decoraba su cuerpo; era un acto de memoria, de reconocimiento, un último saludo entre sobrino y tía.

Sebastián, con un gesto apenas perceptible, elevó su mano y cientos de pétalos de rosa roja comenzaron a descender desde los altos ventanales. Flotaron en el aire como susurros de memoria y respeto, acompañando el acto silencioso de Ciel, decorando la escena con una delicadeza que contrastaba con la crudeza de los recuerdos que la noche anterior había traído. La luz que atravesaba los vitrales iluminaba los pétalos en su caída, creando un espectáculo casi etéreo, como si la iglesia misma recordara y honrara a la fallecida.

Elizabeth Midford se mantenía cerca, observando con respeto, dejando que la gravedad del momento la envolviera. Cada asistente se inclinó ante el féretro, reconociendo la solemnidad del acto, y luego comenzaron a retirarse uno a uno, dejando a Ciel y Sebastián en la quietud del centro de la iglesia. La sensación de aislamiento no era soledad; era la calma que precede a la aceptación, un espacio donde el dolor podía ser contemplado sin distracciones, donde la memoria se mantenía intacta.

Cuando la ceremonia en la iglesia terminó, Ciel no volvió de inmediato a la mansión. Caminó hacia el cementerio adyacente, el paso firme, el rostro tranquilo y contenido. Cada movimiento parecía un puente entre la violencia reciente y la paz que el respeto demandaba. Allí, entre la tierra fresca y la sombra de los árboles, se encontraba la lápida que marcaba el último descanso de Mary Jane Kelly. La luz del sol de la tarde caía suavemente sobre la piedra, iluminando su nombre como un recordatorio de que incluso quienes habían sido víctimas anónimas tenían un lugar digno donde descansar.

Undertaker estaba sentado junto a la tumba, en silencio absoluto. Su sonrisa usual había desaparecido; en su lugar había un respeto profundo y solemne. Observaba la escena con ojos que habían visto demasiado, pero incluso él parecía comprender la importancia de aquel momento.

—Lo hice como me pediste —dijo con voz tranquila—. Fue un entierro digno.

Ciel permaneció unos segundos más, observando la lápida, respirando hondo. Sebastián estaba a su espalda, inmóvil, guardián constante, asegurándose de que cada gesto, cada respiración de su joven amo, se desarrollara con la solemnidad debida.

—No dudaré de mi camino —dijo finalmente Ciel—. Y tú… no me traiciones.

Sebastián inclinó ligeramente la cabeza, impecable incluso en ese pequeño gesto.

—Siempre a tu lado, mi lord.

El funeral había concluido, pero el peso del momento y el recuerdo de Madame Red permanecían, silenciosos, como una sombra que acompañaría a Ciel y a Sebastián en cada decisión que siguiera. La vida continuaba, pero el recuerdo de aquella mujer y la solemnidad de su despedida perduraban, una lección de memoria, pérdida y deber que ningún tiempo podría borrar.

El aire del cementerio estaba impregnado del aroma de la tierra removida y de las flores frescas. Los árboles se mecían suavemente con la brisa, como si compartieran un lamento silencioso. Ciel dejó que sus ojos recorrieran el paisaje, comprendiendo que la violencia de la noche anterior y la sombra de la muerte no podían alterar lo que él debía recordar: que incluso en la oscuridad más profunda, la memoria y el respeto podían ser faros de guía. Sebastián lo acompañaba, constante y silencioso, listo para protegerlo de cualquier amenaza, pero también para permitirle vivir este momento a solas con sus pensamientos.

Cada pétalo que aún flotaba en el aire parecía contar una historia, un recuerdo atrapado en el tiempo. Cada sombra que se movía entre las lápidas parecía susurrar secretos de un pasado que había moldeado a Ciel, que le había enseñado la necesidad de actuar con resolución, incluso cuando la emoción lo golpeaba con fuerza. La vida de Madame Red, la violencia que había presenciado, los sacrificios y las pérdidas: todo convergía en aquel instante, y el joven lord comprendía que su camino no podía ser detenido ni por el dolor ni por la memoria.

Finalmente, Ciel respiró hondo, ajustó la postura y giró para mirar a Sebastián. La sombra de Madame Red quedaba atrás, pero su recuerdo lo acompañaría siempre. Sin palabras, sin gestos innecesarios, ambos emprendieron el regreso a la mansión, llevando consigo la solemnidad de la despedida, la memoria de lo perdido y la firmeza del deber que definía a los Phantomhive.

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⏰ Última actualización: Mar 19 ⏰

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