Cogí mi paraguas y me fui. Las calles estaban vacías; tan solo un par de señoras dando un paseo y un niño corriendo para no mojarse. Esto en Madrid no pasaría. Hasta en el día más lluvioso hay ambiente.
Después de caminar durante veinte minutos, llegué a una especie de palacio. La verdad que estaba un poco perdida, pero no me parecía tan mala idea no encontrar el camino de vuelta. El estilo de la construcción era inglesa. Sí, amo el arte. Sin embargo, lo más espectacular no era la base arquitectónica, sino las impresionantes vistas al mar que se podían contemplar desde allí. La lluvia había parado, pero las grandes nubes y el cielo gris no permitían disfrutar en su plenitud del bello paisaje que tenía delante de mis azules ojos. Desde mi posición, podía ver una playa enorme separada por una especie de roca. Quizás ese enorme pedrusco dividía la playa en dos. Desde pequeña me ha encantado la playa. Todos los veranos voy con mi padre a la costa danesa a disfrutar del calor y a darnos un chapuzón. Eso si, siempre con crema solar. Odio ser tan blanca y quemarme tan fácil.
Anocheció rápido y me la jugué volviendo a casa, sin tener ni idea de si mi madre había recogido y ordenado todo. Me dirigí otra vez hacia nuestro encantador hogar (que se note la ironía) y por el camino me di cuenta de que me agradaba esa paz que predominaba en el ambiente. A penas se escuchaban coches y no había niños gritando en las calles; algo difícil de ver en Mártires de Alcalá.
Entro a casa y... ¡Sí! ¡A mi madre la había dado tiempo a recoger todo! Eso si, esa felicidad no se la mostré a ella, no vaya a ser que pensara que estaba a gusto. Si algo admiro de mi madre, es la capacidad de saber hacer cualquier cosa. Es una excelente chef, tiene conocimiento sobre cualquier tema, le encanta hacer actividades nuevas, muestra atención en mí... Oye, que a lo mejor esto todo os parece algo normal, pero conozco a muchas madres que no muestran interés en sus hijos. Pero tranquilos, seguía enfadada con ella. Soy un poco testaruda ¿verdad? Me senté en la mesa y empezamos a cenar. Mi madre había traído unas pizzas de Madrid, ya que no tenía tiempo para cocinar.
Estaba deseando que la cena acabara. Mi madre no paró de hablar de lo mucho que me gustaría San Sebastián y los grandes amigos que haría. Estaba harta de escuchar siempre lo mismo. ¿No podíamos hablar de otra cosa? Hoy me tocaba limpiar los platos. Recogí todo lo más rápido posible y fregué en unos pocos minutos. A lo mejor dejé algo sucio, no me extrañaría. Llegué a mi nueva habitación y me tumbé en la cama. A penas presté atención a mi nuevo cuarto. Las paredes son rosas y la cama es cómoda. ¿Qué más queréis que os diga?
Cogí mis cascos de la mesilla y abrí Spotify. Todas las noches antes de dormir, me gustaba escuchar música tranquila mientras pensaba en mis cosas. Esta vez no puse Lukas Graham, sino Shawn Mendes; otro artista que amo con todo mi alma. ¿Habéis imaginado alguna vez en asistir a un concierto en el que canten todas vuestras canciones favoritas? Sería impresionante.
La luz solar me despertó. No tenía ningún reloj a mano por lo que no sabía que hora era. Supongo que... ¿Las nueve?, ¿Las diez quizás? ¡¿Cómo?! ¡Eran casi las doce del mediodía! Odiaba despertarme tan tarde; sentía que había desperdiciado una mañana entera y además me levantaba muy cansada. Me dirijo a la cocina para comer algo y ahí estaba mi madre, sentada en una silla leyendo el periódico. <<¿Has dormido bien verdad?>> - me dijo riéndose. Le di los buenos días y me dirigí al frigorífico. Tenía mucha hambre. Me preparé unas tostadas y me bebí un vaso de leche. No era el desayuno perfecto, pero... es lo que hay.
Ya eran las cinco de la tarde. Mi madre se había ido a rellenar unos papeles para el trabajo y me quedé sola en casa. Allí me encontraba, en el sofá, mirando el techo fijamente como si estuviera en otro planeta. Me pasé aproximadamente treinta minutos así, sin hacer nada. Me levanté, me duché y decidí salir a la calle. Tampoco hacía un día estupendo, pero aunque sea no llovía.
Esta vez decidí acercarme a la playa. Tardé unos veinticinco minutos y me senté en la orilla del mar a pesar de estar un poco húmeda. Por lo que podía entender, si algo destaca de San Sebastián son las playas. Hacía un poco de frío, pero la paz que sentía no la había tenido desde hacía mucho tiempo. No se escuchaba nada; únicamente el sonido de las olas y el graznido de las gaviotas. Estaba tan a gusto... Comencé a pensar en mis amigos de Madrid. Llevaba dos días sin verlos y ya los echaba de menos. Sobre todo a María.
A María la conocí con doce años. Fuimos compañeras de clase en el instituto y desde el primer momento que hablamos nos hicimos inseparables. Nos poníamos juntas en todos los trabajos, a veces iba a su casa e incluso a veces faltábamos a las clases para ir al parque de El Retiro. Mi madre jamás me dejaría faltar a las lecciones y mucho menos con esa edad, pero ahí está la gracia. Nunca he hablado de esto con ella, pero supongo que somos mejores amigas, y espero que lo sigamos siendo a pesar de la distancia. Ayer me escribió para preguntarme si habíamos llegado, pero no tuvimos tiempo para hablar mucho más.
Ya eran casi las ocho de la tarde y tenía que volver a casa. Al entrar me di cuenta de que mi madre ya había llegado. Me preguntó que había hecho durante la tarde, pero digamos que no elaboré mucho mi respuesta: <<He dado un paseo>>. Cuando entré en mi habitación me di cuenta de que a lo mejor estaba siendo un poco antipática con ella. Consideré que era hora de perdonarla, así que fui a la cocina, le di un abrazo y le pedí perdón por comportarme como una niña, aunque por dentro seguía creyendo que las razones para enfadarme eran lógicas.
Desde ese momento nuestra relación madre-hija volvió a la "normalidad". Hablábamos, nos reíamos... Después de cenar, mi madre y yo retomamos los capítulos de Teen Wolf. Es nuestra serie favorita y decidimos verla juntas por segunda vez. Todavía estábamos en la tercera temporada, en mi opinión la mejor. La mudanza nos quitó mucho tiempo y no tuvimos mucho tiempo para seguir viendo la serie.
Me sentía muy a gusto; me gustaba la sensación de estar con ella haciendo cualquier actividad. Pienso que pasar tiempo con la familia es muy importante. Ojalá papá estuviera aquí.
Después de ver dos capítulos, mi madre dijo algo que acabó con la felicidad que sentía en ese momento: <<Creo que es hora de irse a la cama. Mañana tienes que madrugar para ir a clase>>. Espera, ¡¿qué?! Mañana empezaba el instituto y no lo sabía. Nadie me había dicho nada. Estaba flipando.
Por si eso no era suficiente, mi madre me dijo que tenía que ir media hora antes para que me dieran el uniforme del instituto. Los nervios se apoderaron de mí en ese instante. De verdad que no podía creer como, a falta de menos de doce horas para comenzar las clases, no tenía la vestimenta todavía. No sabía ni a que aula tenía que ir, pero peor aún, no sabía que empezaba ya las clases.
Al día siguiente me levanté a las seis de la mañana. Supongo que, como todos los adolescentes, odio madrugar. Desayuné algo rápido y me di una ducha de agua caliente para despertarme. Estaba tan dormida que no sabía si estaba viva. Tan solo llevé una mochila con un par de cuadernos y bolígrafos. Por lo que me dijo mi madre, ellos me darían todo el material escolar necesario. También metí una bolsa para guardar la ropa.
Allí me encontraba, delante de mi nuevo instituto, empezando mi nueva vida. Tardamos unos diez minutos en llegar en coche; estaba a las afueras de la ciudad. ¿Cuál era el nombre instituto? Os preguntaréis. Eskibel. Ese era el nombre. Por lo que me dijo el director una vez dentro del edificio, era un colegio concertado plurilingüe de gran prestigio en la ciudad. La verdad es que no me tragué esas palabras. ¿Qué queréis que me diga? ¿Qué la enseñanza es pésima?
El director, que tenía un cierto parecido a Neville Longbottom de la saga de Harry Potter, me entregó el uniforme. Tengo que admitir que me lo esperaba más feo. Es mejor ir con espectativas bajas para que luego te sorprendas o la decepción no sea tan grande. Falda escocesa oscura de cuadros, camisa blanca, jersey azul marino de cuello en pico, medias azules marino, zapatos negros, y un abrigo para la lluvia también azul marino. Esa es la ropa que tenía que llevar hasta final de curso.
El Sr. Longbottom (así se llamaría a partir de ahora), no hizo más que decirme maravillas sobre mis nuevas compañeras de clase y no paró de hablar bien del colegio. Una vez más, me esperé lo peor.
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Supongo Que Estoy Enamorada
Romance"Imaginaros que tenéis que dejar el lugar en el que lleváis viviendo desde pequeños y abandonar a todos vuestros amigos. ¿No suena tan divertido verdad? Pues eso mismo, es lo que estoy haciendo en este instante: dejar atrás mi vida". Lucía abandona...