Víctima

75 17 12
                                        

La joven encadenada tenía apenas quince años. Unos meses separaban nuestra diferencia de edad.
A medida que iba aproximándome a la costa, podía sentir como el terror que sentía Andrómeda se anclaba profundamente en mi pecho, como si fuese mi propio terror.
El monstruo marino gigantesco se había desvanecido de repente y las criaturas que me acompañaban poco a poco fueron dispersándose. Quizá desistían de acompañarme a la batalla por su gran peligrosidad.

Icé la improvisada vela a favor del viento y la balsa se alzó como caballo encabritado sobre las olas. Golpeé la costa casi lanzándome al agua. Andrómeda al escuchar el estruendo levantó la cabeza y vi los caminos de lágrimas que bajaban por sus mejillas.
Se mantuvo esquiva al verme acercando, como si no me reconociera. Estaba tan aterrorizada que solo ruidos y sollozos salían de su garganta. Su cuerpo desnudo estaba húmedo, una mezcla entre sudor, agua marina y lágrimas. Sus muñecas y tobillos estaban encadenados a la roca de esos acantilados. Aquella era una especie de zona de ejecución a los prisioneros de guerra o para los traidores del reino.
Una muerte espantosa y desesperante. Si no te ahogabas al subir la marea o por acción del violento oleaje, morirías deshidratado y hambriento, siendo solo tus súplicas oídas por el vasto océano. La presencia del encandilante sol y animales salvajes también contribuía a tu dolor y lento descenso a la locura y la desesperación.

Andrómeda parecía recién estar encadenada, pues no tenía quemaduras solares en su cuerpo desnudo. Había unas marcas sobre la piel donde tocaba el metal, debido al forcejeo por intentar liberarse.
—¡¿Quién eres?! —preguntó al fin tratando inútilmente de esconder su desnudez haciéndose un ovillo y cubriéndose de arena.

Verla tan vulnerable jamás podrá borrarse de mi memoria. Los recuerdos de ella, una joven alegre y aventurera, casi implacable, parecían tan lejanos e insípidos que el día de hoy atesoro profundamente en mi corazón.

—Andrómeda. Soy yo, Akila. Nos conocemos desde jóvenes.

Ella me miraba con horror y se recogía hacía la roca. No entendía porque ella no me reconocía. Una furia interna desconocida me estaba carcomiendo por dentro.

—Jamás reconocería a un monstruo como tú.

4. El mar hostil [BG#4]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora