- ¡Dios mío! -Exclamó Mew mirando con gesto sombrío el andamiaje que cubría la parte delantera del castillo- . Déjame pasar -ordenó imperiosamente.
-La puerta delantera no se puede abrir... tendrás que venir a la puerta trasera -dijo Gulf.
Salvajemente consciente de la potente presencia de Mew na su lado, acortando sus largas zancadas para adaptarse a los pasos más cortos de él, Gulf avanzaba sin aliento hacia la parte trasera.
- Lo la... lamento, Mew ... de verdad- tartamudeó sinceramente mientras avanzaban por un pasillo poco iluminado que conducía a la cocina situado en el sótano.
Nada más pisar la sala, Mew lo examinó con sus ojos oscuros más fríos que el hielo.
-¡Cuando termine de desenterrar esta traición que de nada te servirá ocultar, entonces sabrás lo que verdaderamente significa lamentar algo!
Conmocionado por el nivel condenatorio de aquellas palabras, Gulf palideció aún más. ¿Acaso opinaba que debería haber abortado? ¿Consideraba una traición que hubiera dado a luz a unos niños que él no habría querido que tuviera? Sintió un nudo en el estómago.
- A veces las cosas no salen como esperamos, Mew ...
- En mi vida no... Nunca había ocurrido hasta que apareciste tú -puntualizó Mew con frialdad.
Ante una acusación que él sabía con seguridad que tenía mucho de verdad, Mew apoyó una débil mano en el respaldo de un sillón hundido y lo miró con impotencia, tomando nota detallada de su aspecto. Su elegante traje gris marengo de tela carísima se adaptaba a sus anchos hombros y a las largas y potentes piernas como sólo un fabuloso traje hecho a medida por un sastre experto podía hacer. El viento le había revuelto el reluciente pelo negro, pero su corte perfecto facilitó que los mechones rebeldes volvieran a su sitio.
Tras una breve inspección al humilde entorno con sombría mirada de despreció, Mew fijó su mirada en él sin previó aviso.
En el momento que Gulf colisionó con aquellos relucientes ojos negros de largas pestañas fue como si se encontrara en medio de una tormenta eléctrica. Sintió un arrebato de calor que le recorrió el delgado cuerpo, que se tradujo en el rubor enfebrecido de sus mejillas.
El silencio resonaba estruendosamente en sus oídos, y el corazón le latía a un ritmo frenético dentro del pecho. Un deseo poderoso como debilitante se había apoderado de él, humedeciendo su piel de sudor, arrebatándole hasta la capacidad de respirar y de vocalizar. ¿Qué era lo que tenía aquel hombre? Se lo había preguntado infinidad de veces. ¿Lo obvio? Era increíblemente guapo. Alto, moreno y con un cuerpo literalmente escultural. Debía la herencia de su fabulosa estructura ósea, de pelo negro como el ébano y del tono dorado de su piel a su abuela materna, una condesa italiana.
-Veo que no tienes nada que decir en tu defensa -dijo Mew Mew, arrastrando las palabras.
- Aún estoy aturdido -replicó Gulf con sinceridad.
Aturdido. No podía estarlo más que él, decidió Mew con repentina ferocidad. Encontrárselo viviendo así, en la vil miseria, iluminándose con velas como en un cuento gótico, carente de comodidades. Iba vestido como un artista pobre y estaba delgado como un palo. Era obvio que se había hundido irremisiblemente sin el apoyo económico de los Suppasit durante dieciocho meses.
Tal y como él había esperado y pronosticado. Contempló sus pies desnudos, recordó como había corrido casi a través de la áspera grava del sendero, y el más extraordinario dolor despertó en su interior. Furia tenida de frustración emergió de su interior arrastrándolo todo. Carecía del sentido común suficiente para protegerse de la lluvia, había dicho de Gulf una vez Emilie.
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Una noche con su esposo - Mew Gulf
RomanceADAPTACIÓN El matrimonio de Mew y Gulf había sido breve, pero intensamente apasionado. Se habían separado casi inmediatamente después de casarse y Gulf había desaparecido, pero Mew nunca había llegado a pedir el divorcio. Dieciocho meses después...