Capitulo Siete

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Mew lo contempló, observando abstraídamente que llevaba un conjunto que parecía una prenda de luto y que su rostro carecía de su brillo habitual. 

Su cerebro pareció detenerse en la segunda referencia a la edad de los pequeños. Un año. Pero eran demasiado pequeños. ¿Qué había tratado de decirle? ¿Prematuros? ¿Les ocurría algo? ¿Estaban enfermos? La imagen de que algo pudiera amenazar a aquellas dos desvalidas criaturas lo aferró como una gélida en la espina dorsal.

 — Ellos son tus hijos –concluyó Gulf-. Debería habértelo dicho en cuanto vi que pensabas otra cosa. Pero que pensaras que pudieran ser de otro hombre me dejó anonadado y furioso. Y dado que no parecías molesto por la idea, no quise llevarte la contraria. 

— Mis hijos... — repitió Mew como si no alcanzara a comprender lo que estaba diciendo—. ¿Qué les pasa? ¿Están enfermos? 

— No, claro que no. Ahora están bien y crecen sanos. Mew ¿Entiendes lo que acabo de decirte? 

— Has dicho que son mis hijos –repitió Mew, aún con la misma expresión, aunque sus cejas arqueadas empezaron a arrugarse. 

— De verdad, no entiendo de dónde sacaste la idea de que no eran... 

— El contable de Emilie dijo que los niños habían salido del hospital en otoño. Supuso que acababan de nacer –su habitual volumen de voz se elevó al tiempo que fruncía el ceño-. J ́etaisvraiment fâché... -murmuró Mew en francés. 

Gulf vio cómo se dirigía hacia el ama de llaves, que estaba esperando en el vestíbulo para desearle buen viaje. 

Mew recordó cómo Gulf, cuando volvía a casa, salía a recibirlo al puente, arrojándose literalmente a él como si llevara fuera un mes, sin importarle con quien estuviera. Diplomáticos y banqueros de alto rango por igual se quedaban fascinados ante su impredecible energía, su encanto natural, sus increíbles piernas... 

Y no había duda de que a partir de ese momento se enfrentaba a un futuro en el que nadie lo recibiría así... Ah, c ́est la vie, suspiró Mew, y felicitándose por su autocontrol y su frialdad ante una crisis, informó a su ama de llaves que no iría a París. A continuación, salió a la calle y tomó aire profundamente varias veces pera contrarrestar la irritante sensación de mareo que lo había asaltado. 

De haberse considerado una persona emocional, tal vez se hubiera preguntado si lo que estaba experimentando era una mezcla de sorpresa y el más intenso alivio. Pero siendo como era un extraño para todo lo relacionado con semejante autoanálisis, y un hombre que solo razonaba en términos prácticos de causa y efecto, Mew decidió de lo que estaba experimentando eran los efectos del alcohol. 

Se dirigió entonces al helipuerto felizmente entretenido pensando en otros hechos que tal vez no fueran tan obvios para Gulf como para él. En primer lugar, pensó sonriendo para sus adentros, Dominik quedaría reducido a un pensamiento pasajero de lo que podría haber sido, pero no iba a ser. Todos los niños merecían a sus dos progenitores juntos bajo el mismo techo. 

Inmóvil junto a uno de los ventanales del comedor, Gulf lo observaba acercarse al helicóptero sin comprender. Mew hablo con su piloto, el pelo reluciente al sol y una mano metida en el pantalón del bolsillo con aire despreocupado. Gulf no podía creerlo. Parecía relajado en vez de un hombre al que acababan de darle una noticia se esa importancia. Tal vez sólo había salido para tranquilizarse y él no supiera leer el lenguaje corporal. 

Después de todo, ¿cuándo había sabido Gulf entender lo que ocurría dentro del complejo cerebro de él? Mew regreso entonces a la casa, exhalando un potente aire de determinación, y se dirigió directamente hacia las escaleras.

Una noche con su esposo - Mew GulfDonde viven las historias. Descúbrelo ahora