Helaena escucha por accidente una conversación entre sus dos hermanos justo después de ser anunciado su compromiso con Aegon y decide que es hora de darle una lección.
Una que ella aprendería a través de un libro prohibido llamado La Sombra de la Pa...
Cuando Helaena por fin lo tuvo entre sus manos pudo leer el título del libro; la Sombra de la Pasión. Era un libro rojo con apenas el título en su portada, cuando lo abrió se encontró con muchas letras. La introducción decía: “dos amantes se aman por igual, y ambos gozan ante la acción del amor. Si ambos gozan, expulsaran la semilla de la creación.”
Un poco más para abajo Helaena vio el primer dibujo, dos personas besándose, abrazadas desnudas. En el dibujo pudo apreciar las lenguas de ambos y más abajo los pechos de la mujer, y más abajo el pene erecto del hombre. Se sorprendió al verlo, nunca había visto uno pero los hombres no debían ir así siempre, sino no podrían caminar.
Cambió de página viendo la segunda imagen. Los dos ahora se encontraban acostados, con el hombre encima y este besaba los pechos de la mujer. Mientras esta, le tocaba el pene echando la cabeza hacia atrás.
Helaena comprendió que el placer de los hombres se encontraba en su entrepierna, y si quería recibir una reacción de ellos, debía atacar allí.
Escondió el libro debajo de su cama, y salió de su habitación dispuesta a encontrar a su hermano Aegon. Cuando lo vio, lo encontró dormido justo en la puerta de su habitación. Supuso que se había desmayado por el alcohol de nuevo.
“¿Aegon? ¿Aegon?” —lo movió por los hombros y él se removió incómodo.—
“¿Queeee?”
Su voz ronca salió de su boca. Helaena se levantó dejándolo ahí tirado. Desde ahí, vio a su hermano pequeño caminando desde lejos por el pasillo.
Corrió hacia él y lo agarró del brazo haciéndolo entrar a una de las habitaciones vacías.
“¿Qué ocurre, Helaena? ¿Estás bien?”
“Me han prometido con Aegon.”
“Lo sé. Me lo dijo él mismo. Enhorabuena.”
“¿No hubiese querido ser tú?”
Aemond levantó los hombros indiferente.
“No, yo soy el menor. Aegon debe casarse ya.”
“¿Por qué hablas como madre? Solo pareces un loro. Escuché que lo hubieras preferido, que te prometiera a mi para cuidar de nuestra sangre y no sé qué más.”
“Bueno, si. Pero no puedo hacer nada.”
“Pero solo me querrías para eso, ¿para la persevación de nuestra sangre?”
“Tú eres especial, eres nuestra hermana. Así que debes unirte a uno para que la sangre de ...”
Aemond se detuvo cuando Helaena comenzó a deshacerse de los nudos de su vestido. No supo como sus sirvientas los ataban tan rápido puesto que ella tardó un rato en quitarlo.
“¿Qué haces, Hel...”
El príncipe se volvió a callar una vez la princesa logró deshacerse de los nudos del vestido y lo tiró a un lado con sus pies quedando desnuda frente a él.
“¿Acaso no soy hermosa?”
Helaena dirigió sus propia manos a sus pechos, turgentes y grandes, blandos, blancos y con unos pezones rosas.
“N-no es eso. Pero-”
“¿Pero qué?”
Se acercó a él abrazándolo, como había visto en el dibujo y acercó su boca a la del príncipe dándole una caricia, cuando él no se opuso, sacó la lengua posándola sobre la de él. Era raro, y húmedo pero placentero.
Aemond la abrazó por las caderas desnudas, haciendo que sus cuerpos se pagaran más íntimamente.
“Hela...”
La princesa bajó la mano por el pecho masculino, llegando hasta el borde de su ropaje inferior, metiendo la mano hasta tocar el pene del peliblanco. Al contrario del que había visto, este estaba flácido. Pero al tocarlo, sintió una reacción, un movimiento en él y apartó la boca mirando hacia abajo.
“¿Estás siempre así?”
Aemond le apartó la mano, la apartó a ella, dirigiendo la mirada hacia cualquier lado excepto a ella.
“Vístete, Helaena.”
Él salió de la habitación y Helaena respiro irritada. Algo estaba haciendo mal, y no lo entendía. Debía investigar más en aquel libro. Si ese no era su punto, ¿dónde debía tocar al príncipe?