Prólogo

60 7 0
                                    

Después de estos diez días llenos de una distracción inefable, me cuesta reconocer que me siento como en casa

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Después de estos diez días llenos de una distracción inefable, me cuesta reconocer que me siento como en casa. Este lugar..., lo siento tan mío; como si hubiese nacido justo en el área más tranquila de South Beach. No sé qué me tranquiliza más: el movimiento de las palmeras a través de la brisa, estar viviendo de momento en una pequeña y pintoresca casa a exactamente once pasos de la playa, o haber encontrado mi propia máquina personal de malteadas.

De vez en cuando, me encargo de concentrar mis pensamientos en una sola cosa. Y era el qué pasará cuando llegue el momento de regresar a Georgia. En si acaso estos catorce días con Bruce se irán a la tumba de los recuerdos, o si nos visitaremos mutuamente cada dos meses, o si, solo tal vez, tomará en consideración mudarse. No lo sé. Solo sé que... no me sentiría tan en mi lugar si él no formara parte de esta loca historia.

Mientras en mi cabeza mis pensamientos toman lugar a ver cuál será el primero en adueñar a mi pobre cerebro, mis ojos aprecian la hermosa vista que hay desde el luminoso ventanal que tiene la casa de Bruce. Logro escuchar ligeras zancadas que se dirigen hacia mí. Es Bruce. Mi Bruce. Pero aún así no le doy la cara.

—Creo que alguien ha pedido una malteada, ¿o me equivoco? —Dice Bruce sujetándome cuidadosamente la cintura por detrás.

—¿Qué haría sin mi máquina humana de malteadas? —le dije para luego darle una probada al licuado—. Mhm... es buenísima, ¿Qué le agregaste?

—Bueno —Dice Bruce mientras me balancea hacia él, en un pequeño roce de sus manos y mi cintura—. Pues, es mi secreto.

Termina por decir el cubano, mientras se aproxima a juntar sus labios contra los míos, guardando mis mejillas en las palmas de sus manos de la forma más dulce y firme. Aquí, justo en este pequeño encuentro de nuestros labios, es donde lo entiendo. Lo entiendo todo. No me podría alejar de él ni por más desesperada que estuviera. Porque cuando estoy a su lado, es como estar surfeando una buena ola sin prisa; en calma. Con el aire apresurado a mover las hebras de tus cabellos, porque el momento es el adecuado y por ende el ambiente también lo es. Porque cuando estoy con Bruce... Me siento en casa. No son tanto las playas de Miami, no.

Es él.

Culmino el beso, separándome poco a poco del castaño. Dejamos pasar algunos segundos en silencio, mientras me preparo mentalmente para anunciar lo seguido. Y una vez estoy a punto de hacerlo, cuando mi boca se mantiene levemente abierta preparando la bomba, Bruce se me adelanta y suelta un:

—Lo siento Maite, pero por favor... no te vayas.
Si no fuera por la situación, creería que está a punto de darme un colapso. Siento una punzante sensación en el pecho; tan grande que quiero llorar. No me salen las palabras, por lo que sólo procuro sacar un:

—¿Qué dices Bruce?

—¿En serio no sabes que digo? Maldición Maite. Te estoy diciendo que te amo. Estoy tan enamorado de ti que no me sorprendería quedar loco. No quiero que te vayas... pero menos que te olvides de mí.

Qué loco pensar en que solo bastan menos de catorce días para hacerte creer en los famosos rollazos a primera vista. Bueno, para no hacerlo tan fácil, pongámosle un "rollazos a primera vista tres días después". Pero en realidad se sabe (el lo sabe, yo lo sé), que todo el odio que en algún momento mandamos al otro, era irritación causada por la influencia de las apariencias de cada uno en nuestras mentes.

Es como yo, y me gusta.

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
14 DÍAS: como una vida enteraDonde viven las historias. Descúbrelo ahora