Descansa Abuela

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Amairi sentía su cabeza zumbando mientras trataba de enfocar la vista. Todo a su alrededor era un torbellino de gritos, polvo y confusión. Apenas era consciente de los golpes en sus brazos. Un hombre se acercó rápidamente y la ayudó a levantarse.

—Vamos, niña. Debemos salir rápidamente de aquí. No hay tiempo —dijo el hombre con firmeza. Era el padre del general Phillip.

Amairi intentó correr, ya olvidada de los incómodos tacones. Solo veía fragmentos de la escena a su alrededor, como si su mente no pudiera procesar todo lo que ocurría.

Una tercera explosión sacudió el salón, esta vez desde el lado opuesto. Los gritos se intensificaron, y el caos se desbordó. Amairi observó horrorizada cómo una cuarta explosión hizo colapsar parte del hermoso techo de cristal que había admirado horas antes.

Los escombros cayeron con fuerza, enterrando a varias personas debajo. Sin pensarlo dos veces, Amairi se soltó del brazo que la sostenía y corrió hacia el desastre para ayudar a quienes aún estaban con vida.

—¡Señorita, no vaya! Debemos irnos ahora mismo —le gritó el padre de Phillip, pero Amairi no le prestó atención.

—¡Ayúdeme! Necesitamos levantar esta columna -gritó ella, señalando una estructura de metal que había atrapado a varias personas. Entre ellas, distinguió un vestido azul celeste.

Amairi se acercó y vio que la joven atrapada era Laiss, la chica que había sido molestada en los jardines.

-¡Laiss, despierta! Tenemos que salir de aquí -le gritó, sacudiéndola ligeramente, pero Laiss seguía inconsciente.

Sin perder tiempo, Amairi se colocó junto a la columna caída e intentó levantarla con todas sus fuerzas. Logró elevarla unos centímetros, pero no lo suficiente para liberar a las personas atrapadas.

De repente, una figura apareció a su lado. Era el padre de Phillip.

-Yo la sostendré. Ayude a sacar a la joven -dijo con determinación mientras levantaba la estructura más alto.

Amairi asintió y tiró de Laiss con todas sus fuerzas, logrando sacarla de los escombros. Laiss seguía sin reaccionar.

-¡Laiss, despierta, por favor! -le rogó mientras le daba pequeños golpes en las mejillas. Lentamente, los ojos de Laiss comenzaron a moverse.

-¿Qué...? ¿Qué acaba de pasar? -preguntó aturdida, tratando de enfocar su mirada.

-Debemos salir de aquí -respondió Amairi con urgencia, mirando a su alrededor mientras más personas emergían de entre los escombros, algunas ayudando a los heridos.

El padre de Phillip llegó a su lado y ayudó a Amairi a sostener a Laiss mientras la guiaban hacia la salida. A pesar del caos, Amairi sentía una determinación creciente: no podía abandonar a nadie que aún pudiera ser salvado. Cada paso hacia la seguridad era una lucha, pero también un recordatorio de que, incluso en el caos, podía marcar la diferencia.

Amairi sintió que algo captaba su atención. Miró hacia el enorme espacio en el techo, ahora expuesto al cielo nocturno tras las explosiones. Figuras negras comenzaron a descender a través del agujero. No había claridad sobre lo que estaba sucediendo, pero entonces, un grito desgarrador resonó:

-¡ESTAMOS BAJO ATAQUE!

La multitud entró en pánico. Las personas corrían desesperadas tratando de escapar, pero el caos empeoró cuando un grupo de hombres encapuchados apareció, cerrándoles el paso. Armados con espadas y dagas, los atacantes intimidaban a todos a su alrededor. La guardia real intentó contenerlos, pero era evidente que estos intrusos eran mucho más veloces y fuertes.

La Sangre del Mar: La Chica Maldita Donde viven las historias. Descúbrelo ahora