Capitulo III

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Jack

       Parpadeaba tan desesperadamente como podía, una vista enrojecida era lo único que no me permitía enfocar, era mi propia sangre. 2:30 am marcaba el reloj, era la tercera vez que veía esa misma hora, mi cuerpo trataba de reaccionar, ya no era dolor lo que no me impedía levantarme y volver a intentarlo, era cansancio, cansancio de sentir dolor por tanto tiempo. Mi mente amenazaba con irse al olvido otra vez cuando pude escuchar el rechinar de una perilla gastada, el sonido hizo eco en aquel cuarto de estudio gris, tan sepulcral como quien se encontraba dentro, una ironía para el destino de ambos. Dicen que cuando la muerte se acerca ves tú vida pasar por tus ojos, el trance del cual te encuentras hace que el tiempo se torne aún más lento y agonizante, no es cierto. Es preciso, rápido y fugaz, como abrir una puerta, apuntar y escuchar un arma disparar repetidas veces sin cesar.

     Mis ojos se abrieron casi al mismo tiempo que mi cuerpo cayó al piso, el golpe no hizo que me percatara de mi respiración acelerada. Era mi cuarto, oscuro y frío pero era mi cuarto. Me reincorporé en el suelo, solo para tener una mejor vista de mi habitación y corroborar que era un simple mal recuerdo o mejor dicho un sueño que reproducía un mal recuerdo. Me desate del amarre de mis sábanas y pude levantarme del frío suelo, sentado mi mente vagaba en busca de su norte, una dirección fija en la cual enfocarse, una sensación de calma a la cual aferrarse.

     Procuré volver a dormir pero no antes de ver mi reloj despertador, efectivamente 2:30 am.

 
   A veces soy capaz de ver ese niño a mis alrededores, dulce, tierno y con una gran sonrisa. Está allí jugando en una realidad paralela a la nuestra, sus pequeños shorts cafés algo sucios por alguna travesura en un árbol, lo disfruta, disfruta corretear ignorando cualquier conflicto que lo distraiga de su deleite. Un pequeño inocente sin preocupaciones inicia su vida pero sin saber que quizás esa sea muy corta.

    Mojando mi pan en aquella taza de café en el único restaurante que me agradaba podía verlo, me acompañaba, era una de esas pocas veces que me agradaba verlo, daba vueltas en la silla frente a mi, quizás si la cocinera pudiera también percatarse de eso, obtendría un pequeño regaño pero como dije, eso no era posible.

    No fue hasta que Tom entrará por la puerta de la cafetería que aquel pequeño se desvanecía, un adiós temporal si bien significaba. Después de saludar a quizás 6 personas presentes en aquel lugar podía ver a mi amigo—el único que tenía— acercarse con su abrigo color verde oscuro y su cabello rojizo oculto en aquel gorro del cual nunca se desprendía acercarse hacia mi mesa.

—  Sólo los grandes hombres tienen la habilidad de la puntualidad y ya hemos visto que sólo uno de los dos lo es.- Dijo estrechando mi mano para luego quitarse su abrigo y sentarse a compartir un grato desayuno.

— Evidentemente ese soy yo.- comenté a lo cual esté solo asintió con una sonrisa.

— ¿Algo en especial que tomar Tom?

    Rosalin la mesera aparecía de algún lugar para tomar la orden, sin embargo podía sentir su mirada puesta en mi desde ya hacía varios minutos.

— Un capuchino grande linda, nada más.- dijo pícaramente con la mirada puesta en el trasero de esta chica apenas se dio la vuelta.

   Un don Juan no le hace justicia simplemente él va más allá.

— Si ya regresaste de tu viaje por las curvas de tu víctima puedes decirme que tienes hasta ahora.- comenté amargamente mientras me disponía en tomar mi café.

La casa de Techos altos Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora