A las cinco y media de la mañana sonó la alarma y, con su tercer y estruendoso timbre, Ahsley Kingsley despertó sobresaltada. Se incorporó en la cama de inmediato en un acto reflejo de su cuerpo al que ya estaba más que acostumbrada. A más recta quedase su espalda al incorporarse, más sentía Kingsley que se alejaba de la pesadilla que la había atrapado con sus garras en la almohada. Apagó el despertador en su mesilla de un golpe seco y apartó el frío sudor que bajaba por su cuello con el dorso de la mano. Sus gestos fueron rápidos, cortantes, guiados por la memoria muscular, por la constante repetición de despertar siempre de la misma forma. Sus ojos se toparon con la foto de Joshua en el marco sobre la estantería, junto a los libros apilados. Ojos despiertos, felices y curiosos, que la observaban llenos de la esperanza y la vida que cabe en un chico de dieciséis años, mientras la abrazaba a ella en la imagen. Joshua podía sonreír con los ojos, Kingsley así lo creía. Su vecina se lo repetía cada vez que se cruzaba al chico por los pasillos: «¡Hay que ver lo que sonríe este niño con una mirada!».
La mirada sonriente de Joshua se apagó con tres disparos en un aparcamiento hace ya casi un año, el día de su cumpleaños.
Uno en el pecho, otro en el estómago y el último en la frente.
Con el primero Joshua ya estaba muerto, eso es con lo que Kingsley se consolaba cada noche. Creía que impactó directo en su corazón, así que todo acabó ahí al hacerlo trizas. De no haber sido así, Joshua habría muerto desangrándose como un cerdo y revolviéndose en un dolor agonizante con una bala perforándole el estómago. Hasta el tercer disparo, una ejecución casi por piedad.
Al menos eso pensaba, porque nunca encontraron su cuerpo, tan solo su sucia camiseta rota e impregnada de sangre. Lo que sabía, lo sabía por declaraciones de testigos. Testigos que, tras la visita adecuada, cambiaron repentinamente su versión de los hechos.
Ashleytragó saliva y carraspeó. Con el primero ya estaba muerto, no sufrió,simplemente sus ojos se apagaron. Estaba y ya no. Era un consuelo horrible,pero una madre se aferraba a lo que podía. Eliminó la sequedad de su boca al beber del vaso de aguajunto al despertador, intentando frenar el temblor de su mano derecha. Apretólos dientes y se levantó de la cama, encaminándose directa al armario, dejandoatrás las pesadillas y la mirada brillante de su hijo, que desde hacía un añodejó de brillar para siempre.
El sol ya empezaba a asomarse tras los bajos edificios cuando se vistió con ropa deportiva y salió de casa. Este alumbraba las calles con sus suaves luces naranjas, que se reflejaban en el rocío de la mañana. Ashley pisó uno de los charcos con sus ágiles zancadas y la imagen del cielo en él se desdibujó, perdiendo por momentos sus tonos morados y azules. El frescor en el viento terminó por despertarla del todo e inundó sus pulmones de ese aroma húmedo que desprendían los escasos árboles de la zona. Corrió durante al menos media hora a un ritmo medio, agradable, lo suficiente como para sentir el pulso latiendo con fuerza en sus sienes. El sudor ya no era frío, ahora calentaba su cuerpo y su piel mientras que sus músculos ardían a cada movimiento, llenándose de sangre. Correr desconectaba su mente, solía hacerlo todas las mañanas y algunas noches después del trabajo si tenía tiempo. Le ayudaba a evadirse, casi prefería pasar más tiempo trotando por Las Vegas que en casa. A sus cuarenta y cuatro años, correr hacía que se mantuviera en forma, así que eran todo ventajas. No pensaba en los casos, se sentía sana y no se acordaba de su hijo muerto en un tiroteo.
O eso se decía a sí misma.
Porque sabía que nadie salvo ella se encargaría de detener a los culpables del asesinato y por eso la apartaron del caso. Estaba demasiado involucrada, le decían. ¿Cómo no iba a estarlo si de su hijo solo quedó una camiseta y un charco enorme de su propia sangre sobre el asfalto? ¿Qué gilipollez era esa?
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Hasta que el Infierno se congele
FantasyTras hartarse de ver los milenios pasar desde su trono y movido por una idea, Lucifer sale del Infierno quebrantando todas las normas. Tras ganar un combate amañado que debía perder, Kailan Miller huye del ring en mitad de la madrugada. Un coche ca...
