8. LA CARA B

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Tuve un micro infarto al abrir los ojos y darme cuenta de que no estaba ni en mi cama, y mucho menos en mi casa. Palpé el otro lado de la cama en busca de ese rubio tatuado que había hecho que volviese a la adolescencia, pero no encontré nada. Me di la vuelta y la cama estaba vacía. Tenía la sensación de haber visto a Justin levantarse en algún momento, pero no estaba del todo segura. Había caído rendida en lo que parecía más un coma que un sueño profundo.

Miré mi teléfono. No había novedades en el frente. Eran las seis de la mañana y la calle aún seguía sumida en la más absoluta oscuridad. Me destapé y el olor a sudor y sexo me golpeó. Era gratificante volver a sentirse así después de tanto tiempo, pero ese perfume pedía a gritos que me diese la ducha que no había acabado de darme unas horas antes.

Me levanté de la cama con las agujetas martilleando mis muslos y me deslicé arrastrando los pies hacia la, ya conocida, ducha. Dejé el agua corriendo y me puse bajo ella. Estaba exhausta. El espectáculo de la noche anterior había dejado en evidencia que necesitaba ir al gimnasio. Tenía el cuerpo entumecido y me tiraban hasta la punta de los pies. Había sido corto, sí, pero demasiado intenso como para racionalizarlo. Era como si toda esa tensión acumulada se hubiese transformado en una sesión de sexo animal. Habíamos hecho lo que deseábamos y en contraposición a lo que pensaba previamente, ese rugido interno que me provocaba no había desaparecido. Esa electricidad se había quedado impertérrita, y no, nunca me juzgué por ello; si Justin ya era irresistible estando vestido, desnudo era algo que debía estar prohibido. Y no es un decir, deberían meterlo en una caja de cristal, lo suficientemente cerca como para que todos pudiesen admirar su belleza, pero con la distancia necesaria como para no caer a sus pies.

Salí de la ducha y me envolví en la misma toalla en la que lo había hecho la noche anterior. Recorrí el cuarto a tientas en busca de algo cómodo para ponerme, y lo encontré en la única silla que habitaba la estancia. Una camiseta negra de Justin cubrió mi pecho hasta las nalgas y me permití fantasear durante un momento en el espejo. El olor que permanecía en ella hizo que un escalofrío me recorriese, haciendo que dejase de recrearme en mi reflejo pensando que me podría acostumbrar a aquello.

Sopesé las opciones que tenía: esperar a Justin allí, ir en su búsqueda o volver a mi casa. La tercera opción fue descartada inmediatamente. Había pocas cosas de las que tuviera menos ganas que de tener que abandonar ese sueño por voluntad propia. No, la tercera opción no era factible. La primera, en cambio, era bastante apetecible, pero teniendo en cuenta que estaba recién levantada y duchada, buscarle por la casa parecía la mejor estrategia.

Me deslicé por la puerta con una risilla nerviosa al pensar en su encuentro. El pasillo estaba oscuro, pero la luz del salón subía por las escaleras marcando el camino. Me acerqué con sigilo. Unas voces, varias y entre susurros se empezaron a escuchar cuando bajé el último peldaño. Me fui asomando al salón poco a poco.

Desde mi perspectiva sólo se veía una esquina de la estancia en la que estaba Justin de espaldas, sentado en un sillón bajo de cuero negro. A su lado, en el suelo, descansaban amontonados decenas de clínex empapados en sangre y una maleta. Sentí cómo se me paraba el corazón. Definitivamente aquello no había sido un rasponazo tonto, fuera lo que fuese. Me dispuse a socorrer a Justin con los nervios a flor de piel, cuando una melena rubia hizo que parase en seco. Tiffany se puso de rodillas frente a Justin con un botiquín en la mano. Comenzó a curarle con una expresión de preocupación que teñía su rostro.

       —Te dije que con los puños no valía Justin —susurró Tiffany agachándose un poco, hacia lo que presuponía que era su pecho.

       —Estaba gallito hoy —murmuró una voz familiar, era Fredo.

LO QUE HAY DETRÁS DE TUS MENTIRASDonde viven las historias. Descúbrelo ahora